En
la víspera del 31 de diciembre de 2018, cuando todo el mundo está pensando en los
festejos de año nuevo, Hugo se encerró en el garaje de su casa, se puso una
cuerda de rafia alrededor del cuello y se colgó de una viga. Como todo suicidio,
el suyo fue una tragedia que entristeció a muchísima gente, incluso a aquellos
que sólo lo trataron de saludo.
Quienes
lo conocieron dicen que Hugo era un muchacho alegre. Buen mozo. Tenía un
talento singular para la música. Su padre, que tocaba en un trío, le enseñó a
tocar la guitarra. Hugo fue mucho más allá y logró dominar el bajo, el
contrabajo, el bajo sexto, el teclado, el acordeón y la batería. Sólo a la
tarola le sacaba más de veinte diferentes tonalidades. A pesar de ello, nunca
ambicionó la fama. A la verdad, las ofertas de trabajo de grupos profesionales
nunca le faltaron.
Vivía
en el lado sur oriente de la ciudad. Siempre en la misma casa donde nació hacía
casi cuarenta años. Vivía con su madre y tres de sus hermanos, todos mayores de
edad y trabajadores. Los otros, más grandes que él, ya habían formado sus
propias familias y encontrado otro hogar.
Cabe
decir que su trabajo de músico le daba a ganar lo suficiente para
independizarse, pero nunca se vio viviendo en otra casa donde no estuviera su
mamá, como muchas veces les contó a sus amigos. Por eso, el cuarto que él mismo
había construido en la segunda planta estaba completamente amueblado. Tenía
refrigerador, estufa con campana, televisor, cama king size, comedor, closet,
juguetero y muchos instrumentos musicales. “Para cuando llegue la indicada, no
le haga falta nada”, decía. Porque, sí, era soltero. Aunque novias no fue precisamente
lo que le hizo falta.
Hugo
era acomedido. Cuando no estaba ensayando o trabajando, se la pasaba ayudando
en cualquier cosa a sus amigos y compadres, que los tenía a puños. Pero había
una familia por la que él sentía mucho aprecio, y era muy bien correspondido.
Con ellos pasaba tardes y noches enteras cantando, platicando, compartiendo una
copa o simplemente sentados frente al televisor. La noche que decidió poner fin
a su vida estuvo con ellos varias horas, que vivían a escasos cincuenta metros
de su casa. “Mañana regreso temprano a ayudarte a preparar la botana”, le dijo
a su comadre. Una hora después todo el vecindario lamentaba su muerte.
Se
despidió de sus compadres y fue a su casa. Eran alrededor de la diez de la
noche. Tuvo que aventarle piedritas a la ventana del cuarto de su hermano Edgar
para que le abriera la puerta, ya que había vuelto a perder las llaves. Le
abrieron. “Otra vez borracho, Hugo. ¡Qué bárbaro contigo! ¡Ya párale, carnal!”,
le dijo, con buen tono. Ciertamente, Hugo tenía problemas con la bebida. No al
extremo de quedar tirado en las calles, pero lo suficiente para preocuparse.
Apenado,
le dio las gracias a su hermano y fue al baño a cepillarse los dientes. Luego
se dirigió a la cocina, donde se sirvió agua en el mismo vaso de siempre, uno
de cristal que nadie más usaba. Cuenta su hermano que charlaron por unos diez
minutos y después él se subió a su cuarto a dormir. Hugo se quedó sentado en la
mesa del comedor. Al poco tiempo, un grito fuerte, de espanto, despertó a la
familia y a muchos vecinos.
Fue
una de las hermanas de Hugo quien lo encontró colgado. Ella era la única del
hogar que tenía automóvil. Al llegar, abrió el portón y se topó con esa
terrible imagen que la perseguirá hasta el final de su vida.
Corrió
a tratar de levantar a su hermano abrazándolo de los pies. Hugo todavía se movía,
pero su rostro ya estaba morado. Sus dos brazos colgaban en los costados. A los
pocos segundos llegó Edgar y junto con tres vecinos lograron descolgarlo.
Durante varios minutos le realizaron maniobras de resucitación, y nada. Después
los paramédicos, al revisarlo, informaron que ya no presentaba signos vitales.
Según
cuentan sus familiares, dejó un recado póstumo. Les pedía perdón a todos por lo
que había hecho, especialmente a su madre, a quien le decía que la amaba como a
nadie más en la vida. Su última petición fue que cuidaran a sus sobrinos.
¿POR QUÉ?
¿Qué
lleva a una persona a quitarse la vida? Un estudio cuenta que el suicidio está
íntimamente relacionado con enfermedades psiquiátricas: más del 90% de los
suicidas presentan un trastorno de ese tipo. Los más comunes son depresión
(64%), alcoholismo (15%), esquizofrenia (3%), ansiedad (3%).
Muchos
consideran que suicidarse es una cobardía. Otros no. Lo real es que cada
cuarenta segundos una persona pone fin a su existencia en el mundo, según datos
de la Asociación Internacional de Prevención del Suicidio. Es decir, más de un
millón y medio de vidas perdidas al año.
Sin
embargo, esto es sólo una parte del problema, ya que por cada suicidio
consumado más de 25 personas lo han intentado y muchos más han tenido
intenciones de hacerlo. Y se estima que por cada suicidio cerca de 135 personas
sufren las repercusiones emocionales de la muerte, que representa la pérdida de
un amigo, un padre, un hijo, un hermano. Así, pues, cerca de 108 millones de
personas son afectados anualmente por los comportamientos suicidas.
Llamado
también como “la puerta falsa”, muchos chiapanecos la han cruzado últimamente
creyendo que es la salida (salida errónea, por supuesto) a sus problemas
físicos, sentimentales, morales o económicos. En el caso de Hugo nunca se supo.
Muchos sospechan que quizá tomó la determinación por el alcoholismo. Sus
familiares lo atribuyen a la pérdida de su padre, quien fue su mejor amigo.
Actualmente,
la cifra de suicidios en Chiapas ha aumentado de forma preocupante en los
últimos meses, sobre todo en jóvenes entre 15 y 28 años de edad. Aunque, de
acuerdo con la Sociedad de Criminólogos, también se ha disparado el número de
niños que se quitan la vida por una fuerte razón: el acoso escolar o
“bullying”. La depresión es otra de las causas.
Hoy,
Chiapas es la entidad número 12 con más suicidios en todo el país. Según el INEGI,
el año pasado hubo al menos 160 casos (1 cada dos días en promedio), y en lo
que va de 2020 ya se reportan 14, entre éstos un migrante que se ahorcó en la
ciudad de Tapachula. Muy lamentable fue el caso de Yuri Esther Reyes May, la
adolescente de 15 años que transmitió su suicidio por Facebook.
¡AYUDÉMONOS!
Si
bien la ciencia ha tratado de responder la incógnita de por qué la gente se
suicida, no podemos dejar de aceptar que también nosotros tenemos algo de
culpa. Nos hemos desobligado de supervisar a nuestros niños, a nuestros
jóvenes, de platicar con ellos, de ser sus padres, sus amigos, sus maestros.
Consecuencia de ello son sus adicciones y su bajo rendimiento escolar, por
decir algo.
Por
tanto, ¿qué hubiera pasado si a todos los que tomaron la decisión equivocada
alguien les hubiera prestado un poco de atención o, al menos, escuchado?
Creo
que, llegado a este punto, todos deberíamos hacer algo como sociedad. Sobre
todo, sabiendo que el suicidio es la segunda causa de muerte entre jóvenes de
15 y 24 años de edad, y la quinta en niños de 10 a 14 años.
Los
psiquiatras son los profesionales de la medicina más adecuados para ayudar a la
gente que presenta ese problema. Pero la más grande ayuda está en los que
amamos, en los que nos rodean, con los que convivimos. Está también en nosotros
mismos. Elevando la autoestima, aceptándonos como somos, agradeciendo por lo
que tenemos y hasta por lo que no tenemos, ¿por qué no?
A
mí me dolería perder a un ser querido en esas condiciones. Ayudémonos, todos, a
vivir con alegría, con intensidad, fomentando la tolerancia y el respeto.
Vivamos soñando que viviremos por siempre. No sabemos a dónde iremos después de
morir. Mientras tanto, aprendamos a convertir nuestros miedos y frustraciones
en experiencias; nuestras debilidades en fortalezas; a andar de puntitas por la
vida para que la muerte nunca nos escuche.
Haciendo
eso, tal vez, logremos dibujar una sonrisa en esa hermosa persona que nos dio
la vida y a la que le debemos tanto. Ojalá Hugo lo hubiera hecho, y así su
madre se hubiera evitado tanto dolor. ¡Chao!
yomariocaballero@gmail.com
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