Algunos dudaron
que pudiera sobrevivir al trance de inicios de siglo y no faltó quien
especulara sobre el inevitable fin de un partido alimentado por el poder. Pero,
luego de doce años, el PRI recuperó la Presidencia de la República. Hoy, sin
embargo, la historia es distinta.
Durante muchos
años se creyó que el PRI era tan solo un apéndice electoral del poder. Un
organismo de vida artificial. Un dependiente absoluto de lo que su benefactor
tuviera a bien entregarle. En fin, un animal con vida prestada.
Nació en Querétaro
en 1929 bajo la inspiración de Plutarco Elías Calles. Su primer nombre fue
Partido Nacional Revolucionario. Se le conoce como PRI desde 1946.
A largo de su
existencia ha tenido 15 presidentes de la República, a finales de los ochenta (1989)
gobernó en las 32 entidades federativas y mantuvo el poder político hasta el
2000. Era todo un imperio que el premio Nobel de literatura, Mario Vargas
Llosa, calificó de “dictadura perfecta”.
No obstante, hubo
un tiempo que los gobiernos del PRI fueron reconocidos como los más
progresistas de América Latina, entre otras cosas, por impulsar el desarrollo
del país, la paz interna y las buenas relaciones internacionales. La correcta
distribución de la riqueza fue una de sus prioridades.
Cuando la segunda
guerra mundial golpeaba con fiereza en Europa, el PRI impidió que movimientos
radicales como el de Mussolini en Italia, Hitler en Alemania y Franco en España,
que acabaron con la vida de 62 millones de personas, se desarrollaran en
México. Podemos recordar que durante ese terrible periodo decenas de ciudades
fueron destruidas y hubo una migración masiva hacia a diferentes naciones
alrededor del mundo. Hay que reconocer que ante la presión internacional
producto de la guerra, el PRI logró darle al país la autonomía política que
necesitaba.
Antes del 2000,
año del nacimiento de la alternancia democrática en México, la maquinaria del
tricolor era imparable, tanto que ni las matanzas, ni la corrupción, ni los
abusos de autoridad y ni los fracasos políticos obstaculizaron que el PRI
mantuviera el poder.
Y EL PRI…
En 1968 y 1971,
los mexicanos fueron testigos de dos masacres de estudiantes que fueron ordenadas
desde la Presidencia. Y el PRI siguió en el poder.
En 1981 las malas
políticas económicas del presidente López Portillo provocaron una de las crisis
financieras más terribles de la historia. Paradójicamente, sucedió en un
periodo en que hubo un detonante en la industria petrolera nacional. ¿Dónde
quedó aquello de que deberíamos prepararnos para administrar la riqueza?
Un año después, la
deuda externa alcanzó los 59 mil millones de dólares, la inflación fue de 90% y
el dólar pasó de 24.50 a 57.20 pesos. Y el PRI siguió en el poder.
El 14 de enero de
1981, aparecieron 12 cadáveres en el drenaje profundo de Atotonilco de Tula,
Hidalgo. Según investigaciones, el autor intelectual fue Arturo, El negro,
Durazo, jefe de la policía capitalina, quien acumuló tanto dinero que se mandó
a construir un chalet con galgódromo, caballerizas, canchas de tenis,
estacionamiento techado para sus autos de lujo, una réplica de la famosa
discoteca Studio 54 y, en Zihuatanejo, edificó su propio Partenón de 20 mil metros
cuadrados. Y, frente a eso, el PRI siguió en el poder.
El lema de
gobierno de Miguel de la Madrid fue “La renovación moral”, pero toleró la
corrupción, el nepotismo y los conflictos de interés de los secretarios de
Estado, funcionarios, gobernadores y líderes sindicales y sociales, como
Joaquín Hernández Galicia, La Quina, que se enriqueció con la venta de plazas
sindicales y hasta se supo que importaba armas de fuego desde Estados Unidos.
El 6 de julio de
1988, ante el pretexto eléctrico conocido como “la caída del sistema”,
Cuauhtémoc Cárdenas perdió la elección presidencial y el PRI siguió en el poder
con Carlos Salinas, quien, al finalizar su sexenio, en 1994, dejó al país
literalmente en bancarrota: se llevó hasta el papel sucio del baño y huyó a
Irlanda.
Ese mismo año, el
23 de marzo, el candidato priista a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, fue
asesinado de un disparo en la cabeza durante un mitin en Lomas Taurinas, en
Tijuana, Baja California.
Le siguió el
homicidio de José Francisco Ruiz Massieu, ex cuñado de Carlos Salinas. Luego ocurrió
la detención de Raúl Salinas, bajo acusaciones de homicidio, enriquecimiento
ilícito y lavado de dinero. Se dijo que había almacenado una fortuna superior a
los 160 millones de dólares, proveniente del narcotráfico. Y el PRI siguió en
el poder.
La debacle llegó
en el 2000, de la mano del “error de diciembre”, suscitado durante los primeros
días de la administración de Ernesto Zedillo; después de la matanza de Aguas Negras,
donde murieron 17 campesinos el 28 de junio de 1995 supuestamente ordenada por
el gobierno priista y de la masacre de la Acteal, el 22 de diciembre de 1997,
en la que un grupo paramilitar ligado al PRI cometió una de las cacerías
humanas más dolorosas de la humanidad.
DESPUÉS DEL 2000
Al ser oposición,
el PRI siguió siendo el partido ideológicamente amorfo que siempre fue. Durante
12 años, se aferró a ser un partido con millones de militantes, miles de
ambiciosos y una maquinaria política profesional.
Bajo las dos
presidencias del PAN, ejerció una oposición frívola que supo respaldar lo
irrelevante mientras bloqueaba las iniciativas centrales del gobierno. Nunca
perdió el poder. Si por un lado se enfrentaba al gobierno panista; por el otro,
ejercía el poder en los estados, en los municipios, en el Congreso, en los
sindicatos, en múltiples agencias de representación. Siguió gozando de
privilegios, sin cargar con responsabilidades.
La victoria de
2012 fue muy distinta a la esperada. Asumió la Presidencia, pero sin
autocrítica, sin reforma interna, sin un planteamiento serio de su programa.
Que haya ganado las elecciones no significó que hubiera borrado su descrédito.
Es más, la presidencia de Peña Nieto fue un retorno al autoritarismo, a la
corrupción, al abuso, a la arbitrariedad.
El “Nuevo PRI”
nunca existió. Simplemente fue una organización vieja en la piel de un régimen
joven que no pudo mostrar prácticas distintas, cambiar su ideario, ni modificar
su reglamentación interna.
Por tanto, pasó de
tener 463 legisladores en 2015 a 361 en 2017. 4 de sus exgobernadores fueron
encarcelados por corrupción y, ayer 13 de agosto, Rosario Robles, ex titular de
Sedesol fue puesta bajo prisión preventiva por el delito de ejercicio indebido
del servicio público.
Hoy, el PRI es
sinónimo de corrupción. Está relegado en San Lázaro y en el Senado apenas 14 de
los 128 integrantes son priistas. En 2018 fue aplastado por Morena. Y actualmente
gobierna en 12 estados.
¿ALITO?
Sin duda, el PRI desaprovechó
la oportunidad de reformarse desde la oposición. Y pagó muy caro
electoralmente. Así que, por primera vez en sus 90 años de historia, los
priistas tendrán que mirar al pasado para hacer una verdadera reflexión sobre las
causas de la derrota y, a partir de ello, reconstruirse.
Alejandro Moreno,
elegido nuevo dirigente nacional, es idealizado como el hombre que representará
un parteaguas en la historia del PRI, pero su tarea no es apta para cualquiera.
Él es un político
de prestigio, de respeto, de resultados, que se ha mantenido alejado de los
escándalos. Y esa imagen deberá procurar inspirar en su partido. Deberá acabar
con la tradición de encubrimiento y connivencia, de opacidad y corrupción.
Su trabajo no será
solamente convertir al PRI en una verdadera oposición, sino devolverle la
esencia, retomar los rudimentos que lo erigieron en una institución política de
vanguardia y hacer que éste vuelva a acercarse a la sociedad, a la que por años
abandonó y defraudó.
El mayor reto no
será la elección de 2021. No. Será limpiar la estructura, fortalecer la
democracia interna, darles voz y voto a las bases, colocar la transparencia
como eje transversal de las decisiones, refrescar el discurso y empezar a
cobrarle cuentas a quienes abusan y abusaron del poder con el respaldo de las
siglas.
Moreno Cárdenas tendrá
que transformar sustancialmente la imagen pública del PRI, lograr que se le
aprecie como un partido compatible con las exigencias éticas de la democracia.
Nuestra sociedad
ha cambiado y lo que busca es certidumbre. Por lo cual, Alito tendrá que matar
al dinosaurio. Recoger lo mejor de su historia y ofrecer un nuevo proyecto al
extenso antipriismo que existe en el país. ¡Chao!
yomariocaballero@gmail.com
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