¿Ha visto alguna
vez los retratos de Francis Bacon? Son cuadros majestuosos, pero bastante
horrendos. En ellos el cuerpo de quien es retratado se descompone hasta hacerse
irreconocible. Los músculos se tuercen y los rostros se distorsionan. Quien
aparece sentado en una silla no se sabe si es un hombre, un animal o un
alarido. Las caras y las piernas se pierden en el óleo y el color se disuelve
en tensiones que resultan muchas veces imposibles de discernir. Es el arte de
la desfiguración.
¿No ha sido eso
nuestra política en los últimos años? Una política que arremete contra sus
fundamentos: los principios del equilibrio del poder, el sentido de la
representación, la canalización del conflicto, el mando de la ley y la
procuración del interés común. Una política que ha perdido por mucho los elementos
básicos de la democracia para conducirnos a un pluralismo sin tono, sin color,
sin una imagen clara y entendible: totalmente desfigurada como lo que pintaba
Bacon.
Esa situación no
debe tomarse a la ligera. Porque lo que pasa en la política es un fenómeno que
a todos nos afecta. No hay que olvidar que de la política dependen nuestros
gobiernos y de lo que éstos hagan pende nuestra estabilidad social, el
crecimiento y el futuro inmediato de nuestros hijos.
Mucho se nos ha
contado que el siglo XXI llegó de la mano del reformismo. Cambiar para alcanzar
un mejor presente. Se nos ha dicho que, gracias a una serie de cambios ambiciosos
en materia política y de democracia, nos soltamos de las cadenas del siglo XX
para establecernos finalmente en los tiempos que nos demanda el mundo. Pero, la
verdad, el problema de México sigue igual o peor que hace diecinueve años o,
incluso, desde 1994.
Lo que ocurre en
el interior de nuestros partidos políticos es reprobable. Todo lo que hay son pleitos
de posiciones pero sin posición, sin propósitos reales, de poderes sin rumbo. Y
eso ha derivado en una vida política que no gasta esfuerzos en pensar ni decir
para qué se quieren las cosas, para qué los puestos, para qué las candidaturas
y para qué el poder.
Se pensó que la
creación de más partidos políticos sería un error. Empero, eso vino a
enriquecer la democracia, a vigorizar las propuestas y a multiplicar las alternativas
de gobierno que, lamentablemente, se perdió en el camino. Lo que tenemos hoy es
una profunda descomposición del sistema de partidos.
Esa brújula que es
la ideología de cada militancia está difuminada, borrada o, en algunos casos, extraviada.
Llegamos al punto de no saber quién es quién. Da lo mismo si se mira a la
derecha, a la izquierda o al centro. Porque en realidad no hay ni derecha ni
izquierda ni centro. Sólo hay congregaciones de políticos que pelean por espacios
internos de poder como si eso fuera si único fin en la vida, y en eso se les va
la vida.
Por ese vacío de
ideales, los partidos están en crisis y la vida política nacional no tiene
motivaciones ni propósitos públicos. ¿En qué creen? ¿Qué apoyan? ¿Contra qué
están, en qué se distinguen? Por ese vacío todos se ven igual, la gente los
mira como si fueran la misma cosa.
Ahora que están de
moda las causas, los partidos se cuelgan de la que les dé más ganancias. No les
importa cuál sea con tal de obtener cierta presencia mediática, limpiar algo su
mala imagen o simplemente ir con lo que el momento indica. Sólo así se entiende
que no haya contrapesos.
¿Cuál de todos
apoya la iniciativa privada, las libertades individuales, la defensa de los
derechos humanos? ¿Cuál prefiere la intervención del Estado en todas las
actividades del país? ¿Cuál vota a favor del mercado global y cuál por
encerrarse? ¿Cuál ofrece una estrategia de seguridad, de pacificación, de
mejorar las condiciones laborales, educativas o de salud? Ninguno, la vida se
les va en el discurso de coyuntura y ataques sin sentido ni propuesta.
El PRI, sin duda la
institución política con los mejores y más progresistas estatutos, está
desdibujado y no importa cuán precisos o fundamentados estén sus críticas al
presidente de la República, al gobierno o al partido de éste, si al perder la
brújula y erigirse como la militancia más corrupta y represiva de la historia, también
perdió toda posibilidad de ser oposición.
¿Realmente qué
bandera tiene cada partido?
El PAN, por
ejemplo, organismo que se acusa de tener un predominante pensamiento derechista
–que lo tiene-, siempre prefiere decir que es humanista sin que nadie sepa con
qué se come eso. Y ojalá fuera humanista, pero lo único que tiene en su capital
político son prejuicios, creencias sin identidad y casos de corrupción tan
escandalosos que ninguno en su dirigencia ha dicho nada.
Se oponen al
aborto, al matrimonio igualitario y a todo aquello que se consideraba inmoral
hace doscientos años. A contrapelo, hay casos de panistas que encubren a sacerdotes
pederastas.
El PRD es un
partido a la deriva, convertido en una tribu de caníbales. Nada queda de
aquella institución que alguna vez albergó entre sus filas las fuerzas
izquierdistas y que representó la oposición más genuina y llena de argumentos
inteligentes. Si alguna vez hubo una verdadera alternativa política fue el Sol
Azteca.
Hoy, por
desgracia, no es un partido sino un corporativo que cada día amanece más
abandonado. El conflicto interno parece ser su única política pública y de
seguir por esa senda pronto toda su militancia podrá caber en un cubículo.
Bajo lo que
llamamos derecha, izquierda y centro en nuestro espectro partidario no hay
ideas, sólo pleitos, tribus, canonjías, complicidades, golpes y grupos
políticos que sólo buscan el poder por el poder mismo.
Sin embargo, todo
ese fenómeno tiene en buena parte su fundamento en lo que la prensa ha llamado gatopardismo
político o camaleonismo.
GATOPARDISMO
El origen del
término gatopardismo surge de la novela italiana “El gatopardo” del escritor
Giuseppe Lampedusa, publicada a mediados del siglo pasado, que en lenguaje
político se refiere a la premisa de “cambiar todo para que nada cambie”, es
decir, la estrategia de simulación para evitar cambiar el sistema que favorece
a unos cuantos y perjudica a todos, haciéndonos creer que ahora sí va a revolucionar
la forma de gobernar cuando en realidad los planes son muy distintos.
En el gatopardismo
caben todos los actores políticos que no cuentan con ideales, que no tienen
formación ideológica, sólo hambre de poder. Si no tienen oportunidades de
crecer dentro de su militancia, brincan a otra. Por eso vemos la rapidez con
que cambian de partido como si se cambiaran de ropa interior para seguir en el
juego, según sean sus conveniencias y no sus convicciones.
Un ejemplo del que
sabemos los chiapanecos es Carlos Morales Vázquez, todavía alcalde de Tuxtla
Gutiérrez, quien empezó en el PRI, donde pasó largos años sin pena ni gloria. De
ahí saltó al PRD, con esas las siglas logró ser regidor de la capital
chiapaneca y legislador federal, pero sin hacer nada en beneficio de la
sociedad.
Hoy es de Morena,
pero en lo que puede ser su único acto de honestidad asegura que no es
militante de ese partido sino sólo fue candidato externo. Por eso dice que no
tiene ningún compromiso con ningún morenista y no ve cuestionamiento alguno en
que su “gobierno” esté plagado de priistas, pues él se siente orgulloso de
haberlo sido en algún momento.
Por el mismo
motivo, ha dicho que no le debe nada a nadie: ni al presidente López Obrador,
ni al gobernador del estado, ni a los que votaron por él.
Otro caso reciente
es el de un grupo de priistas ligados al ex candidato a la gubernatura Roberto
Albores Gleason, que está saltando al partido Chiapas Unido en busca de
posiciones de poder. Entre ellos está Jorge Constantino kanter, señalado de desviar
los recursos del programa Prospera a la campaña de Albores. O Carlos Enrique
Arreola Moguel, ex alcalde con presuntos nexos con bandas criminales, quien
presume ser coordinador distrital de ese partido en Cintalapa, municipio que
gobernó con autoritarismo y corrupción.
¿QUÉ REMEDIOS HAY?
El vacío de
ideología y gatopardismo son razones que impiden a mucha gente identificarse
con los partidos. Es la desfiguración política cuyo único remedio tal vez sea el
voto consciente e informado de los ciudadanos.
Llegó la hora de
abrir los ojos para ver lo que sucede y abrir la boca para debatir lo que
realmente importa. De lo contrario, seguiremos siendo gobernados por
hambrientos de poder y más vulnerables a la trampa y el crimen. ¡Chao!
yomariocaballero@gmail.com
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