¿Y SI AMLO NO FUERA EL PRESIDENTE?



Hace tiempo pregunté si habrá alguien en este momento que ya se haya arrepentido de haber votado por Andrés Manuel López Obrador. Porque quizá muchos que lo hicieron ya han sido afectados por sus malas decisiones. Pero parece ser que una encuesta respondió a mi duda. Y es que dice que la popularidad del presidente de la República al contrario de lo que he pensado, ha ido en aumento los últimos meses.

Por lo cual cambio mi pregunta por esta otra: ¿Cómo estaríamos si López Obrador no hubiera ganado la Presidencia? 

Supongamos que José Antonio Meade fuera ahora mismo el presidente y que su primera decisión de gobierno hubiera sido cancelar la construcción del aeropuerto de Texcoco, a pesar de ser la obra que impulsó su antiguo jefe y de la que él mismo fue parte en su planeación, organización y ejecución.

Supongamos, también, que periodistas, empresarios, expertos y otros levantaron la voz para decir que la cancelación era un error que ocasionaría un grave daño económico a las finanzas del país, y que de cualquier forma se estaría pagando con dinero público la misma cantidad por un aeropuerto que ya no será construido. Es decir, exactamente igual a lo vivido en los pasados meses durante el gobierno morenista.

¿Cómo hubiera reaccionado AMLO?

López Obrador siempre ha sido un hombre hábil para identificar oportunidades que le den ventaja ante el establishment y notoriedad frente al pueblo bueno y sabio. Así que no es difícil imaginarse que hubiera protestado con rabia, inclusive siendo la cancelación del NAIM su principal promesa de campaña. Aquí no estaría protestando para ganar votos, sino utilizando información nueva y fresca para desprestigiar a la mafia del poder.

No creo que se hubiera cruzado de brazos. Lo más creíble es que instalara un plantón en el zócalo de la Ciudad de México o tomado la zona de construcción. Y que sus seguidores colmaran de insultos las redes sociales y demandaran la inmediata construcción del aeropuerto. Hasta quizá pudieron alegar que era mejor construir que cancelar. Hubieran linchado mediáticamente a Meade y haberlo declarado traidor a la patria.

Ahora, supongamos que Pepe Meade decidió combatir el huachicoleo y que los resultados obtenidos fueron exactamente los mismos que los de AMLO: desabasto de combustibles en algunas regiones del país, psicosis colectiva, compras de pánico, funcionarios y legisladores de Morena burlándose de la sociedad por la escasez de gasolina, la compra sin licitación de 571 pipas y a través de un empresario señalado de recibir contratos multimillonarios en la opacidad con el gobierno de Peña Nieto, y el presidente insultando a los que criticaron su falta o pésima estrategia contra el robo de hidrocarburos.

¿Hubiera aceptado López Obrador que Meade dijera que no había otra manera de enfrentar el delito? ¿Se hubiera callado ante la escasez de combustibles y por la mala decisión de dejar de importar gasolinas que fue la causa principal del desabasto? Y, finalmente, ¿no evidenciaría que el empresario Héctor Raúl Fernández López, ligado al PRI y vinculado con los malos manejos de Pemex, fue uno de los beneficiados de la adquisición ilegal de los autotanques? No lo creo.

Y, además, imposible creer que AMLO aceptara que la lucha anti-huachicol haya significado hasta hoy un ahorro para el gobierno federal de “aproximadamente” 5 mil millones de pesos, tal como lo anunció él mismo hace un par de días.

Imaginemos ahora que el presidente José Antonio Meade sale todas las mañanas a divulgar públicamente las acciones de su administración, cosa que tal vez el tabasqueño considerara una práctica para la autopromoción, digna de líderes populistas.

Y que un día de tantos apareciera con uno de sus funcionarios nada más para crucificar ante los medios de comunicación a diez ex servidores públicos de los que no tiene ninguna prueba de que hayan cometido delitos, pero diga que todos ellos son unos inmorales. Digamos que Meade juzgó los actos por su moralidad y no por su legalidad. Por ejemplo, que en su alocada cabeza condenara moralmente la interrupción voluntaria del embarazo que la ley permite.

En primer lugar, el radicalismo de López Obrador hubiera condenado a Meade de haber cometido un abuso de poder y atentar contra el buen nombre de los ex funcionarios a los que exhibió sin ninguna justificación.

Después lo tacharía de hipócrita, de fariseo. Sacaría a la luz los conflictos de interés reales en el gobierno. Como los que hay, por ejemplo, con el padre de la actual secretaria del Trabajo Luisa María Alcalde, que toda su vida ha servido de litigante a intereses de caciques sindicales como Carlos Romero Deschamps, quien tanto daño le ha hecho al patrimonio nacional y a la vida de los agremiados.

O como el secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, quien está ampliamente relacionado con empresas privadas y ha sido asesor de Telmex. Desde antes de asumir el cargo ha venido diciendo que está abierto a revisar la posibilidad de permitirle a la empresa América Móvil, también propiedad de Carlos Slim, ofrecer los servicios de televisión.

Y qué decir de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, quien junto a su esposo tienen dos notarías y están vinculados con consorcios como Banorte. La señora, además, fue consejera del grupo financiero que controla la familia Hank, históricamente ligada al PRI.

No olvidemos a José María Rioboó, uno de los empresarios más beneficiados durante los gobiernos de López Obrador y Marcelo Ebrard en el Distrito Federal. Y a Alfonso Romo, jefe de la Oficina de la Presidencia, un capitalista regiomontano que enfrentó su primer caso de conflicto de interés cuando visitó con el entonces presidente electo las instalaciones de Agromod, empresa de Romo, que se está encargando del programa de siembra de un millón de hectáreas de árboles maderables y frutales.

Eso hubiera hecho AMLO de no ser el presidente, pero como lo es, ni modo de quemarse a sí mismo.

Y hablando de quemados, ¿puede figurarse usted, lector, lectora, la magnitud del reproche de López Obrador frente a la tragedia de Tlahuelilpan, donde ya suman 130 muertos y ningún detenido por la explosión de un ducto de Pemex?

De haber sido Meade Kuribreña el presidente, AMLO hubiera aprovechado la mortandad para capitalizarlo políticamente. Podemos suponer que entre sus recriminaciones hubiera asegurado que los muertos fueron producto de una mala ejecución de la estrategia contra el huachicol del gobierno federal. Que esa desgracia pudo evitarse si el que manda en el país fuera honesto. O, mejor dicho, que si él fuera el presidente los culpables ya estarían en la cárcel. Mejor aún, que esa catástrofe no hubiera ocurrido en su gobierno porque ya nadie tendría necesidad de robar.

A todo esto sumémosle las marchas, los plantones en la capital del país, la toma de las estaciones de Pemex, la polarización, el ajusticiamiento mediático, etcétera, etcétera…

EL QUID

Lo más lamentable en todo esto es que la gente sigue aplaudiendo los errores, se enorgullece cada vez que el presidente insulta a sus críticos y no le importe que sus propias expectativas sean alimentadas por las ocurrencias de quien se imagina el Cuarto Padre de la Patria.

Obvio, hay muchas otras decisiones de este gobierno que han nos afectado directa o indirectamente, como la cancelación de los recursos a las estancias infantiles. Pero supongo que con éstas basta para hacer un llamado a la reflexión.

Se entiende que el respaldo incondicional al presidente es parte de esa luna de miel. Porque todavía creen que López Obrador es ese presidente que todos estábamos esperando, salido del pueblo y para el pueblo, quien en verdad se preocuparía por los pobres, por los humildes, por darnos un mejor futuro y es muy poco tiempo para desconfiar en él. Sin embargo, los hechos ahí están. Y es responsabilidad de todos abrir los ojos y tomar las cosas como vienen.

Criticar a AMLO no es estar a favor del PRI ni de nadie más. Es un simple ejercicio de contrapeso al poder que vitaliza la democracia. Y así como usted se indignó ante los abusos de los anteriores gobernantes, ¿por qué no censurar los de ahora?

Por lo tanto, hay que hacer un llamado a la congruencia, a la razón, a la inteligencia. Y no actuar como fanáticos, mucho menos como déspotas ante la oposición. Porque el respaldo popular no debe ser coartada del capricho. Piénselo. ¡Chao!

@_MarioCaballero

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