La
tierra volvió a sacudirse en Chiapas. Esta vez no fue de 8,2, sino de 6,5 de
magnitud. Y con ello otra vez el miedo, el salir corriendo como posesos a la
calle, los gritos, las crisis nerviosas y el terrible recuerdo del 7 de
septiembre. Sin duda fue un duro recordatorio de que por más avances
tecnológicos y más descubrimientos haga la ciencia, la naturaleza sigue
teniendo el control.
Casi
dos horas después un amigo me preguntó dónde me había agarrado el sismo, que
sucedió a las diez y catorce minutos de la mañana en las cercanías de Ciudad
Hidalgo. Le dije que en casa. Primero escuché los gritos de la vecina y luego
sentí que todo se movía. La verdad no busqué protegerme, sino salí corriendo a
la escuela de mi hija. La encontré sentada en la plaza cívica con todos los
demás alumnos del kínder. Las educadoras fueron hábiles para ponerlos a salvo.
Las felicito y les doy mi más sincero agradecimiento.
La
humanidad ha presenciado terremotos a lo largo de la vida que han sido capaces
de destruir países enteros. Como el ocurrido el 26 de diciembre de 2004 en
Indonesia, frente al norte de Sumatra. Esa sacudida que alcanzó los 9,3 de
magnitud provocó un tsunami que dejó casi 230 mil muertos en Sri Lanka, Islas
Malvinas, India, Tailandia, Malasia, Bangladesh y Myammar.
América
Latina es una región muy expuesta a sismos por su ubicación cercana a placas tectónicas
en movimiento. El de Chile, por ejemplo, en 1960, es el terremoto de mayor
magnitud registrado en el mundo. Tuvo lugar en Valdivia y dejó entre 5 mil 700
y diez mil muertos, con más de 2 millones de damnificados. Fue de 9,5 e hizo
que la ciudad se hundiera cuatro metros bajo el nivel del mar.
Ese
terrorífico sismo se sintió en diferentes partes del planeta. Provocó la
erupción del volcán Puyehue y un tsunami que se propagó por todo el Océano
Pacífico, llegando hasta localidades de Hawái y Japón, que están a miles de
kilómetros de distancia. Imborrable de la memoria será aquella fotografía donde
se ve a una persona de mediana estatura metida hasta los hombros en una grieta que
se abrió en la calle.
El
país chileno ha sido el más golpeado del continente. En 1868 sufrió un seísmo de
magnitud 9; el de 2010 fue de 8,8; el de 1730, 8,7, y en 1939 un sismo de 7,8
causó la pérdida de 24 mil vidas. En esa lista de potentes y más mortíferos
terremotos están también Ecuador (8,8), Perú (66 mil muertos), Guatemala (23
mil muertos) y Nicaragua, nación que en diciembre de 1972 vio morir a más de 10
mil personas en un cataclismo de 6,2.
Si
algo sabemos de los desastres naturales es que no tienen misericordia de nadie ni
distinguen raza o clase. El 12 de enero de 2010, verbigracia, el país más pobre
de América quedó devastado tras el terremoto de magnitud 7, con epicentro a
escasos 15 kilómetros de la capital de Haití, Puerto Príncipe.
El
desastre arrojó entre cien mil y 300 mil víctimas mortales, 350 mil heridos y
más de un millón y medio de personas quedaron sin hogar. Miles de edificios se
hundieron o cayeron, incluidos el Palacio de Gobierno y la Sede de Naciones
Unidas.
La
pobreza generalizada, la falta de recursos, la precariedad de las
construcciones, las aglomeraciones humanas y la debilidad del Estado
contribuyeron a hacer de esa una de las catástrofes humanas más graves de la
historia.
NO
CANTAMOS MAL LAS RANCHERAS
En
esta breve lista, los mexicanos no cantamos mal las rancheras.
Hay
registros desde los años mil 400 de decenas de sismos de más de 5 de magnitud
ocurridos en todo México. Incluso se sabe que durante el reinado de Axayácatl hubo
intensos terremotos que dejaron en ruinas todas las casas y edificios en el
Valle de México. De acuerdo a los vestigios encontrados, esos fuertes
movimientos de tierra originaron grietas y deslaves en los cerros que rodean el
valle y hasta un tsunami en el lago de Texcoco.
Pero
nuestra mayor pesadilla data del 19 de septiembre de 1985. Cuando un terremoto
de 8,1 afectó la zona centro, sur y occidente del territorio nacional,
especialmente la Ciudad de México.
Ocurrió
diecisiete minutos después de las siete de la mañana, frente a las costas de
Michoacán. La cifra oficial fue de alrededor de 10 mil muertos, pero las
organizaciones que participaron en las labores de rescate afirmaron que la
cifra pudo llegar a los 40 mil sólo en la capital del país. Expertos en el tema
catalogaron el grado de intensidad del sismo como VIII (destructivo) o IX (muy
destructivo).
Los
que sobrevivieron al terremoto aseguran que la réplica se sintió mucho peor. Ésta
sobrevino al día siguiente pasadas las siete de la noche. La magnitud según el
Sistema Sismológico Nacional fue de 7,3. Terminó por colapsar las edificaciones
dañadas del sismo anterior, causó alarma y pánico en toda la población.
Esa
tragedia rebasó por mucho la capacidad del gobierno de Miguel de la Madrid,
quien apareció públicamente minutos después del segundo terremoto. A los dos
días, llegó a una de las áreas de mayor afectación, se paró sobre un montón de
escombros, posó para las cámaras de televisión, pronunció su discurso y después
de eso nada se volvió a saber de él respeto a la reconstrucción, la ayuda a las
familias, el rescate y la organización de albergues y atención médica para los
heridos.
Inmemorable
fue la declaración que dio a la prensa: “La tragedia es grande, pero la capital
de México no está arrasada. México tiene los suficientes recursos y unidos
pueblo y gobierno, saldremos adelante. Agradecemos las buenas intenciones, pero
somos autosuficientes”.
En
el ensayo “No sin nosotros. Los días del terremoto”, Carlos Monsiváis describió
que entre el horror de la catástrofe, las ruinas, los muertos, los heridos y
las pérdidas materiales, apareció por primera vez en la historia lo que
atinadamente denominó el empoderamiento de la sociedad civil: un ejército de
hombres y mujeres organizados para el socorro de las víctimas, el rescate de
personas, el levantamiento de cuerpos, la instalación de albergues, el acopio
de alimentos, medicinas y ropa, la preparación de la comida, la limpieza de
escombros, etcétera, es decir, tomó el poder para llevar a cabo todo lo que el
gobierno no pudo y se negó hacer.
Ese
el más dañino y significativo terremoto en la historia del país.
Dice
un dicho que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar, pero un sismo sí.
Irónicamente, otro 19 de septiembre, 32 años después, un nuevo terremoto de 7,1
dejó 369 muertos, cien desaparecidos y una cantidad considerable de heridos
nada más en la Ciudad de México. Y evidenció las lecciones no aprendidas del 85.
LA
CULTURA QUE NOS HACE FALTA
Ayer
mucha gente volvió a poner el grito en el cielo. No es para menos. El temblor
que nos sorprendió el 7 de septiembre de 2017 mientras muchos ya dormían, no
puede olvidarse así de fácil.
Amigos
y familiares me cuentan todavía que no pueden sentir un leve movimiento bajo
sus pies porque se aterran. Les viene a la mente aquella eterna sacudida de 8,2
de magnitud que tuvo como epicentro el municipio de Pijijiapan, Chiapas, que ha
sido la más fuerte en la historia de México. 98 personas murieron esa ocasión
en distintos estados de la República.
Ayer,
al momento de ver a mi niña sentada en la plaza cívica de su escuela, me sentí
impotente. Ella estaba a salvo, pero ¿qué pasaría si otro terremoto como el de
hace casi dos años volviera a sucedernos? ¿Estamos preparados?
Creo
que además del esfuerzo que los gobiernos han venido haciendo últimamente para
prepararnos ante eventuales acontecimientos naturales, nosotros como
individuos, como familia, como sociedad, deberíamos hacer consciencia de los
daños, aprender las lecciones del pasado y tomar en serio la cultura de la prevención.
En otras palabras, atesorar la vida.
A
nadie le hace mal saber sobre el triángulo de la vida, conocer las zonas de
seguridad de su propia casa, escuela o lugar de trabajo. Y por qué no tener
preparado un botiquín de primeros auxilios, víveres y la documentación de la
familia. Los profesionales recomiendan además de eso tener listo un directorio
telefónico, no colocar objetos pesados sobre muebles altos y revisar con
regularidad la estructura de las viviendas. ¿Por qué no hacerlo?
No
sé usted, pero yo ayer escuché a algunos quejarse de que la alerta sísmica siempre
suena cuando ya está temblando. Supongo que no se dan cuenta que tan sólo se
trata de un aparato de advertencia. Creo que antes de reclamar sería mejor prepararnos
y saber qué hacer cuando está temblando. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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