PRIMERA
PARTE
El
chico se paró frente a él, un señor de aproximadamente cuarenta y cinco años de
edad. Lo sujetó de la camisa y le dio uno, dos, tres golpes en la cara y lo
derribó en el suelo. Tomó una piedra del interior de su mochila y corrió por
las escaleras que llevan de la entrada principal a las oficinas. Evidentemente
había estado planeando hacer eso junto con sus compañeros, quienes también causaban
destrozos por todo el lugar.
Era
martes 20 de diciembre de 2016. La mañana estaba calurosa. Los empleados de la
Secretaría de Educación Federalizada apenas iniciaban sus actividades cuando
fueron avisados de que tenían que salir del edificio por la puerta del
estacionamiento del lado sur. Por ese día las labores se suspendían.
La
consternación fue grande. Unos cien muchachos, estudiantes normalistas,
irrumpieron en el lugar y destrozaron todo lo que encontraron a su paso. En la
calle interceptaron a algunos trabajadores y los golpearon. Una secretaria fue
lastimada por dos jóvenes que la jalaron de los cabellos mientras intentaba
subir a su coche. A una maestra le robaron su bolso y a otra le estallaron el
medallón y el parabrisas de su vehículo.
Dentro
de las instalaciones hicieron pintas. En una de las paredes escribieron en
letras grandes y en color rojo la palabra “CENECH”, que corresponde a las
iniciales de la Coordinadora Estatal de Normalistas del Estado de Chiapas.
El
normalista que había golpeado al señor en la entrada de la SEF, aventó la
piedra y rompió el cristal de una de las puertas. El ruido de los cristales
rotos se escuchó hasta la avenida. Sus compañeros hicieron lo mismo. Después en
grupo causaron un terrible desorden. Arrojaron los anaqueles, los archiveros,
destruyeron sillas, escritorios y sacaron al patio de actos cívicos varias
cajas con papelería, que quemaron.
Se
llevaron todo lo que pudieron cargar, como computadoras, electrodomésticos y
otros equipos electrónicos.
Y
así como llegaron, así se fueron. Los “estudiantes” subieron a las dos unidades
del transporte público Conejobus que habían secuestrado previamente y se
marcharon por la calle principal de la colonia 24 de junio. Pero no fue todo
ese día.
SEGUNDA
PARTE
Las
luchas estudiantiles en Chiapas habían sido motivadas en el pasado en exigencia
de apoyo alimenticio, becas, mejores instalaciones, construcción de aulas y
canchas deportivas, suministro de equipo de cómputo, entre otros, como aquella que
fue duramente reprimida por el gobierno de Pablo Salazar, quien envió a la
antigua prisión de Cerro Hueco a más de un centenar de personas entre estudiantes
de la Escuela Normal Mactumatzá, profesores y padres de familia.
Incluso
un trabajador de ese instituto murió de un disparo en el pecho mientras
conducía el autobús en el que se trasladaba un grupo de normalistas que había
realizado minutos antes una serie de protestas en la explanada del parque central
de Tuxtla Gutiérrez. Ese asesinato, supuestamente a manos de la policía estatal,
quedó impune.
Ahora,
hay que ver que los estudiantes que integran la Cenech comenzaron sus manifestaciones
en apoyo al movimiento que la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la
Educación (CNTE) emprendió contra la Reforma Educativa. Sin embargo, sus
métodos de protesta han sido cada día más violentos. Si en un primer momento su
actuación se limitó a sumarse a las marchas y plantones, actualmente vandalizan
comercios, edificios públicos, secuestran camiones, toman casetas de cobro, botean,
saquean tiendas de conveniencia y golpean a todos los que se oponga a sus
abusos.
Aquel
día, minutos después de abandonar las instalaciones de la SEF, los normalistas llegaron
a la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado. Los trabajadores no
fueron sorprendidos como los anteriores. Sabedores de lo que había ocurrido
momentos antes con sus similares, tomaron las correspondientes precauciones
para desalojar el lugar, aunque habían quedado unos cuantos para continuar con
las labores de fin de año.
El
encargado de uno de los varios locales comerciales que están ubicados en la
acera de enfrente de la dependencia, vio lo que pasó:
“Llegaron
en dos camiones del Conejobus. Eran como cien o más personas. Estaban
encapuchados y tenían palos y piedras. Se metieron a la Secretaría y corrieron
a todos aquellos que todavía estaban ahí. A un señor que vende chucherías en el
corredor le tiraron su venta y le pegaron. Hasta aquí pude oír cómo rompían los
cristales de las ventanas del primer piso. Fue un escándalo. Tiraron cosas, pintaron
en las paredes y un montón de documentos volaron por los aires cuando los
aventaron desde las ventanas del segundo piso. Ni siquiera el cajero del banco
se salvó. Lo peor fue que quemaron doce carros de la Secretaría con bombas
molotov”, relató esa persona.
Ese
agravio fue noticia de interés nacional. Todo México se enteró que la Cenech
había sido capaz de cometer un atentado que poco le faltó para ser un acto
terrorista. De todos los vehículos que estaban en el estacionamiento del
organismo, sólo ocho quedaron intactos, los demás fueron reducidos a chatarra.
Nuevamente,
así como llegaron se fueron, a bordo de los microbuses secuestrados.
A
través de los medios se conoció que tanta violencia había sido en demanda de “una
segunda vuelta” del examen de admisión para ingresar al Servicio Profesional
Docente. Como quien dice que todos esos vándalos eran los normalistas ineptos,
los que no fueron aptos para estar frente a grupo, que irónicamente pedían una
revancha para demostrar que detrás de todo ese despliegue de salvajismo tenían
un gramo de inteligencia y urbanidad.
PARTE
FINAL
La
Cenech es una organización que aglutina alrededor de diecisiete escuelas normales
de las que año con año egresan cientos de maestros. Pero en realidad se trata
de un puñado de estudiantes que se organizó para exigir plazas automáticas sin la
necesidad de sustentar ningún examen.
Entre
esas escuelas son la Mactumatzá, la Normal del Estado y la Normal Indígena
Jacinto Canek las que protagonizan los desmanes, los constantes ataques a las
vías de comunicación, la privación ilegal de la libertad, el vandalismo y los
saqueos.
A
finales de enero de 2016, a las siete de la mañana, 200 estudiantes bloquearon
la autopista de Chiapa de Corzo y retuvieron a un autobús de turistas que
viajaba hacia la Ciudad de México. A los pasajeros los obligaron a bajar. Dos
horas después levantaron el bloqueo y llevaron el vehículo a una colonia del
norte de San Cristóbal de las Casas, donde minutos más tarde llegaron a una
empresa de autotransporte y exigieron que les dieran cinco camiones para viajar
a Tapachula. Ante la negativa rompieron los cristales de las puertas, macetas y
robaron dos tiendas ubicadas dentro de las instalaciones. Quienes cometieron el
crimen fueron los normalistas de la escuela Jacinto Canek.
En
el presente año, casi todos los días han cometido un abuso. Por ejemplo, el 7
de enero, alumnos de la Mactumatzá, a bordo de dos autobuses y una camioneta
estaquitas color roja, dañaron las instalaciones de la Secretaría de Educación
estatal. Apilaron sillas, mesas y les prendieron fuego. El día 4, a las ocho de
la noche, presuntos normalistas encapuchados rompieron cristales, hicieron
pintas, dañaron mobiliario y quemaron algunos objetos en la Secretaría de
Planeación. En una pared escribieron: “No más represión estudiantil”, como si
el actual gobierno del estado no les hubiera demostrado bastante tolerancia e
invitado al diálogo.
El
17 de enero, en Tuxtla Gutiérrez, alumnos de la Mactumatzá realizaron bloqueos
en el libramiento norte, a la altura de la empresa Coca-Cola. Como ya es costumbre
cerraron las vialidades atravesando vehículos de comercios privados que
previamente vandalizaron. Ese mismo día, en el centro de la ciudad, destrozaron
una unidad del Conejobus que brinda servicio a las personas con discapacidad.
Por mencionar algo.
EPÍLOGO
¿Dónde
están pues las consecuencias para este grupúsculo de normalistas que hace lo
que les viene en gana mientras la sociedad sigue pagando los daños?
Llegó
la hora de restaurar el orden público. El gobierno actual debe aprovechar toda
la legitimidad que posee para hacer respetar el Estado de Derecho y responder a
esa confianza que recibió de los electores. Porque permitir hoy que esos
bárbaros obtengan una plaza del magisterio de forma automática, es consentir que
el crimen esté por encima de la ley. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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