Es
cierto: preocupa el sentido maniqueo con que Andrés Manuel López Obrador
percibe a la oposición. Quienes lo cuestionan, quienes dudan de las maravillas
que presagia la Cuarta Transformación, quienes critican las decisiones que está
tomando, quienes denuncian los efectos de las políticas que se pondrán en
marcha, son para él conspiradores de la democracia. No sus enemigos –dice-,
sino los enemigos del pueblo.
El
presidente electo defiende con garras su derecho a polemizar. Nadie está en
contra de eso. La verdad nadie quiere ni votó por un presidente amordazado.
Aunque sería mucho mejor verlo debatir. Lamentablemente, lo que siempre sale de
su boca no son argumentos que intenten desbaratar la opinión de sus
adversarios, sino un intento de destruirlos moralmente.
Hace
pocos días alguien advirtió sobre los posibles costos de la consulta del Nuevo Aeropuerto
Internacional de México, y de inmediato recibió el iracundo improperio de López
Obrador. Es decir, quienes anticipan los costos de sus juicios son deshonestos.
Vendidos. Huertistas. Fifís. Dice que sus críticos lo son porque “han sido
comprados por los enemigos del cambio verdadero”.
Tristemente,
hay una legión de morenistas que opera desde las redes sociales y otros medios
de comunicación que se ocupan de linchar a los opositores de AMLO. Basta con
que él lo señale y pronto se soltará el enjambre de sicarios verbales para insultar,
agredir y desprestigiar al enemigo de la patria. Pero sin duda el presidente
electo es el difamador en jefe.
Pero
lo más preocupante es lo que esa descalificación, que lleva a López Obrador a
dividir a los mexicanos en patriotas y traidores, pueda provocar en su
gobierno. Porque una vez que asuma el poder ¿quién se atreverá a siquiera
susurrarle sus errores? ¿Quién lo confrontará con malas noticias? Creo que
hasta el fanático más férreo preferirá vivir en el engaño a ser reprendido por
el presidente.
También
es alarmante que detrás de su intolerancia a cualquier tipo de censura, esté el
enorme poder que ha acumulado. Tiene el control de la Cámara de Diputados y la
de Senadores, donde los legisladores de Morena son mayoría. Así que no tendrá
que negociar con los otros partidos. Podrá crear nuevas leyes, modificar otras
y eliminar las que no sean de su conveniencia, y lo peor es que nadie se lo
impedirá.
¿Dónde
quedó la oposición? ¿Quiénes son los contrapesos del poder? ¿Los hay?
NI
IZQUIERDA, NI DERECHA
Si
hacemos un ejercicio de memoria veremos que Morena es algo similar a lo que fue
el PRI de los sesentas, setentas y ochentas: un partido todopoderoso que
manejaba a su antojo las instituciones, las riquezas de la nación, tenía
hegemonía en el Congreso, en los estados e imponía sus caprichos, desde el más
insignificante hasta el más asqueroso.
Hace
ya mucho tiempo que Plutarco Elías Calles fundó el Partido Revolucionario
Institucional, y lo hizo bajo los principios que le dieron vida a la Revolución
mexicana. La plataforma política de aquel PRI recogía los intereses de la
sociedad y hasta fue reconocida como una de las más progresistas de América
Latina. Desde sus estatutos promovía la participación de las masas en la
reconstrucción del país y la correcta distribución de la riqueza, ejes con los que
con el paso de los años el pueblo de México recuperó la paz y se encaminó rumbo
al desarrollo.
En
la época que nace el PRI el fascismo golpeaba las más poderosas naciones de
Europa. Ese caudillismo imperialista encabezado por Mussolini en Italia, Franco
en España y Hitler en Alemania, provocó la destrucción de la vida y la dignidad
del hombre, la muerte de millones de personas y una migración masiva. Pero el
PRI marcó la diferencia al no sumarse a esos reprobables movimientos y al
impedir que éstos se desarrollaran en el país. Por esa actitud el partido de
Calles fue considerado como garantía de equidad, progreso y bienestar.
Consiguió la autonomía política que México tanto necesitaba.
Pero
ese PRI ha muerto. Incluso el Nuevo PRI. Difícilmente podrá olvidarse la
corrupción que llevó a la primera dama a construirse un palacio (Casa Blanca),
a Javier Duarte a tratar con agua a niños con cáncer, a Roberto Borge a vender
a precios de risa terrenos de una reserva natural a su familia; tampoco la
desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y la estafa maestra.
Dado
el desprestigio y hartazgo que inspira en la sociedad, el priismo no tiene ninguna
posibilidad de ser oposición. Su capacidad numérica en las legislaturas no da
ni para bloquear una calle, mucho menos una iniciativa de ley. En este momento
la voz de los priistas es igual a nada.
En
ese mismo camino está el PRD, que en este preciso momento no tiene figuras
políticas importantes, ni una plataforma ideológica sólida, ni representatividad
popular. Si algún día significó un avance para la democracia o llegó a ser el organismo
que agrupara las históricas corrientes políticas de izquierda, eso quedó en el
pasado.
Hoy
ni siquiera sus fundadores permanecen en la militancia. Las luchas internas por
el poder, la corrupción de sus gobernantes (aquí en Chiapas tenemos a Pablo
Salazar y Juan Sabines Guerrero, por ejemplo), la traición y el alejamiento del
partido con la sociedad, son los principales factores de su fracaso como
alternativa política.
Por
otro lado, su falta de congruencia y divisionismo no le permiten ser contrapeso
en el poder. El PRD es, literalmente, un cero a la izquierda… de la izquierda
política.
El
PAN fue en sus comienzos un partido delirante, pues mientras simpatizaba con el
fascismo también alentaba la democracia. Fue fundado días después del estallido
de la Segunda Guerra Mundial. Algunos de sus militantes no ocultaron su
inclinación por el Eje y en 1942 aconsejaron al presidente Ávila Camacho a ser
neutro en el conflicto. Otros fueron críticos de la política de asilo de Lázaro
Cárdenas. Y por si fuera poco, muchos panistas albergaron prejuicios
antisemitas.
Sin
embargo, en ese primer lustro que coincidió con la guerra, los diputados del
PAN introdujeron en la Cámara varias iniciativas de carácter democrático que no
tenían precedente desde Francisco I. Madero y que tardarían al menos cinco
décadas en convertirse en legislaciones o instituciones, como la integración de
órganos electorales independientes del gobierno, la exigencia de membresías
estrictas en los partidos políticos, la creación de una comisión federal de
vigilancia electoral y un consejo del padrón electoral. Esa postura fue un
cambio súbito en el partido.
Desde
luego, el PRI hizo todo lo posible para cerrarle las puertas al panismo. El 2
de enero de 1946, el gobierno acribilló a decenas de panistas en la Plaza de la
Constitución de León, Guanajuato, en un hecho parecido a la matanza de
Tlatelolco. Pero el PAN siguió su marcha. Siguió mutando. Siguió denunciando el
autoritarismo, los abusos de poder, la corrupción y participando en elecciones
a pesar de que no ganaba nada, ni siquiera una presidencia municipal. Era
–digamos- un partido testimonial aunque con fuerte convicción democrática.
Manuel
Gómez Morín, su fundador y líder histórico, emprendió un movimiento por todo el
territorio mexicano donde repetía una sola frase: “Hay que mover conciencias”.
Y esa semilla fue germinando en liderazgos, en los panistas que poco a poco le
fueron ganando terreno al PRI. Hasta que en 2000, año en que se inauguró la
alternancia democrática en México, el PAN ganó la presidencia.
Fue
una lástima que no pudiera cargar con el peso de su pasado, pues los doce años
que gobernó el país toleró actos de corrupción como los del PRI y, al hacerlo,
se destruyó a sí mismo. La poderosa oposición que logró conformar desde la
derecha se perdió por su propia incapacidad, división interna y egoísmo.
UN
PARTIDO: UNA POSIBILIDAD
Ahora,
ante la casi desaparición del PRI, la nulidad del PRD y el triunfo de Morena
(que tiene toda la cancha libre para hacer o deshacer lo que le venga en gana),
el PAN es el único partido en posibilidad de ser el contrapeso que se necesita.
Pero para ello tiene volver a sus inicios, reconstruirse, reencontrar su misión
y adecuarse a los tiempos actuales. Tiene que garantizar pluralidad y
transparencia. Abrirse a la sociedad y, especialmente, defender el legado
democrático y liberal de Madero, así como cuando ni el PRI ni la izquierda
creían en él.
Pero
si no puede, no habrá nadie, mucho menos la prensa, que pueda contra el México
de un solo hombre. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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