SUCEDIÓ EN EL INVIERNO DE 1992



Era de noche cuando se oyó un golpecito en la puerta de la cocina de la mansión de los Franco en la colonia Jardines de Tuxtla. Patricia fue a abrir. Llevaba un corto delantal atado por detrás en la cintura, tacones de aguja y nada más.

Cuando la puerta se abrió, los ojos de Max se agrandaron.

-Oh… -dijo-. ¿Patricia? 

-¿Qué pasa, Max? -deliberadamente apoyó una mano en el marco de la puerta para mostrar sus pechos desnudos. Al mismo tiempo, cruzó los pies para llamar la atención sobre sus piernas.

-¡Por Dios, Paty! Y si hubiera sido…

-¿Mi esposo? –preguntó ella con una risita-. Ese viejo está más preocupado por cuidar su estúpido dinero que por lo que está perdiendo aquí en casa con un inepto electricista. Mira, niño baboso –dijo mientras le mostraba el trasero-, esto vale más que toda esta maldita casa. -Le tomó la mano y se la puso en el pecho-. ¿Podría el señor electricista palpar si hay corriente?

Con un resoplido de excitación, él la abrazó. Sus manos bajaron de un jalón hasta las nalgas, el delantal crujió con el apretón.

-¡Ay, pero qué fuerza! –Paty se retorció contra él-. ¿Acaso el señor electricista no va a revisar por qué no funciona el enchufe? Por favor, hágalo de una vez que desde la mañana he estado esperando conectar algo muy importante. Aquí, mira, aquí…

Max la levantó de la cintura y cerró la puerta con el talón. Patricia no tuvo que decirle dónde estaba la alcoba: él ya lo sabía.

El matrimonio de Patricia Franco hacía mucho tiempo que se había acabado. El idilio se limitaba a los besos de saludo y despedida. Ya no había flores en la mesa ni cenas románticas. El sexo era frío y sólo para cumplir con el protocolo del lecho conyugal. Una rutina de vez en mes. ¿Algo nuevo esta noche, mi amor? ¡Qué va! Eso déjaselo a las parejas que aún sueñan con ser felices, mi vida.

Patricia Gutiérrez, su nombre de soltera, sintió el flechazo de cupido a sus 19 años. Martín era 15 años mayor.

Él era un empresario exitoso; ella estudiante universitaria. Cuando se casaron Paty tenía dos meses de embarazo y muchos sueños en color de rosa.

Perdieron el bebé. Lo intentaron por segunda vez, pero fracasaron. En esta ocasión ella estuvo a punto de perder la vida debido a la intensa hemorragia. Así que no hubo un tercer intento. Después de eso se dedicaron a vivir juntos, como una pareja normal, fingiéndose amor el uno al otro, con buenos ratos, charlas risueñas, pero caricias blandas. Eso era todo lo que quedaba. Él procuraba estar el mayor tiempo posible fuera de casa, trabajando, y Paty se dedicaba a llenar el vacío con lujos y caprichos, y Max era uno de ellos.

-¿Estás segura de que no vendrá? –preguntó Max. Los ojos de Paty brillaban en la oscuridad de la habitación.

-No sé a quién se refiere, señor electricista. Si es a mi marido déjeme decirle que él debe estar ahorita tomando un vuelo rumbo a la Ciudad de México, buscando ganar más dinero del que podemos gastar o encontrarse con la otra, la que sí pudo darle hijos.

Entraron a la habitación y la tumbó con suavidad sobre la cama, con las piernas colgando sobre un costado.

-Enciende la luz, guapo –pidió con voz dulce y ronca-, que quiero ver cómo lo haces –dijo y lo besó en los labios. Sólo un roce húmedo.

Max obedeció. Dio un paso hacia la puerta y pulsó el interruptor, el cuarto quedó inundado de una luz blanca. Volteó a mirarla. El delantal se había deslizado hacia un lado. El rostro de Paty era blanco y joven, hermoso.

-Ya quítate esa porquería –le dijo con un gesto seductor mientras se sacaba la camisa del pantalón.

-Quítemelo usted que es experto en deshacer nudos, señor electricista.

Max se inclinó, las manos le temblaban como cada vez que estaba cerca de ella. Patricia se le había metido en lo más profundo de la cabeza. La veía en sueños, siempre desnuda, con su piel brillante y sus cabellos rojizos. Paty era lo que había deseado toda su vida, una mujer bella, elegante, pero no podía confesarle a nadie su amor. Era un pacto tácito: ella estaba casada y él tan sólo era un instrumento para aliviar la soledad y las necesidades que ésta conlleva.

-Así no, de rodillas –le dijo-, ponte de rodillas.

Max se hincó en el piso, excitado. Estiró los brazos hasta las cintas para desatar el nudo del delantal y ella le apoyaba los pies en los hombros. Soltó el nudo y lanzó con fuerza el delantal, que cayó a un lado de su camisa con el emblema “C.F.E.” sobre el bolsillo. La jaló hacia él con fuerza y le besó el interior del muslo, sintiendo la piel cálida, firme.

-Así, Max, así. Sube, así, sigue subiendo, mi amor, sigue…

-¡Qué escena tan interesante!

La voz vino detrás de ellos. Patricia dio un grito de espanto y se echó en la cabecera de la cama. Max, confundido, intentó ponerse de pie, pero cayó de lado, chocando contra la cómoda. Dos pomos de cristal cayeron, desparramando el perfume.

Ahí estaba Martín Franco, apoyado de un hombro en el marco de la puerta con una escopeta colgando de su mano.

-De modo que es verdad –dijo con tranquilidad dando un paso adentro del dormitorio, intercambiando miradas con uno y luego el otro, con uno y luego el otro-. ¡Mierda! Le debo un cartón de cervezas al borrachín de Pedro.

Con voz temblorosa, Patricia fue la primera en hablar: “Martín, no es lo que parece. Escúchame, por favor. Él se metió en la casa mientras yo me cambiaba y…”

-¡Cállate, puta! –le gritó Martín, que era un hombre alto y corpulento. Vestía la misma ropa que tres horas antes, cuando le dio a Paty el beso de despedida.

-Señor Franco, por favor escúcheme. Yo tengo la culpa de todo esto… –dijo Max, que todavía le costaba hablar sin que le temblara la quijada.

-Tu nombre es Maximino, ¿verdad?

-Sí, señor. Le suplico me deje explicarle lo que está sucediendo –Max sentía la boca seca-, pero por favor no me mate. Sé que me lo merezco, pero no me mate. No vale la pena. Usted iría a la cárcel y en vano serían todos los años que ha trabajado por tener todo lo que tiene. Pégueme. Eso. Pégueme cuanto quiera, pero no me mate –comenzaba a gimotear. La cara se le había puesto roja, pero no de vergüenza, sino de miedo.

-Tranquilo… tranquilo… Ponte de pie, Max, y acompáñame un momento a la sala. Tenemos que hablar. Creo que debo llamarte socio. Anda, ponte de pie, pero primero cierra la bragueta de tus pantalones –le pidió Martín, sonriente.

-Mi amor, no es lo que tú piensas. Él me violó. Te lo juro. Él me…

-Si vuelves a decir una palabra te juro que te meto esto por el culo y no volverás a hablar nunca más –le dijo Martín tratando de contener su ira para no golpearla-. Vamos, Max, ven –le hizo un ademán con la escopeta para que saliera del cuarto y le lanzó una mirada a su esposa antes de salir, que le miraba aterrada.

Max pasó hacia la sala seguido por Martín. Sentía las piernas tambaleantes. Iba secándose el sudor de las manos con las perneras.

-Hasta ahí. Date vuelta –dijo Martín. En la frente se le habían marcado dos surcos-. Así que he estado comiendo tus sobras, socio. ¿Sabes lo que has estado haciendo? –la pregunta parecía absurda. Max no contestó-. Te has acostado con la mujer de tu prójimo. ¿Sabes lo que les pasa a los que hacen eso y los atrapan?

Max asintió en silencio. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. La escopeta ya no pendía indolentemente del antebrazo de Martín, el doble cañón apuntaba directo al techo, reposando en su hombro.

-¿Sabes lo que les pasa a los hombres como tú cuando los atrapan? ¿Eh?

Max volvió a asentir.

-Agarra el cañón. No es tan difícil. La mitad del trabajo lo estoy haciendo yo. Tranquilo. Haz de cuenta que estás acariciando a mi mujer.

La mano temblorosa de Max asió la escopeta. Lloraba. Los dos orificios del arma le parecían dos pozos oscuros e insondables. En ese momento se vio como lo que era, un muchacho de 22 años que por una aventurilla…

-Póntela en la boca. No temas que no sentirás ningún dolor. Te lo prometo. Eso… así se hace, socio. Sí que tienes la boca bastante grande. Métetela hasta la garganta.

Las mandíbulas de Maximino estaban abiertas hasta el límite. Los cañones del arma se le apoyaban sobre el paladar, sentía arcadas. Con los ojos como platos, miraba aterrado a Martín, que le sonreía.

-Cierra tus ojos verdes de bebé, Max.

Max lo hizo. Apenas si tuvo conciencia de que los esfínteres se le aflojaban. Y entonces…

El señor Franco tomó con la mano izquierda los cañones del arma y luego se limpió la sangre en el pantalón. Del cuarto salían gritos de desesperación.

-No te impacientes, mi amor –dijo Martín-. Ahora voy por ti, preciosa…

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