Era
de noche cuando se oyó un golpecito en la puerta de la cocina de la mansión de
los Franco en la colonia Jardines de Tuxtla. Patricia fue a abrir. Llevaba un
corto delantal atado por detrás en la cintura, tacones de aguja y nada más.
Cuando
la puerta se abrió, los ojos de Max se agrandaron.
-Oh…
-dijo-. ¿Patricia?
-¿Qué
pasa, Max? -deliberadamente apoyó una mano en el marco de la puerta para
mostrar sus pechos desnudos. Al mismo tiempo, cruzó los pies para llamar la
atención sobre sus piernas.
-¡Por
Dios, Paty! Y si hubiera sido…
-¿Mi
esposo? –preguntó ella con una risita-. Ese viejo está más preocupado por cuidar
su estúpido dinero que por lo que está perdiendo aquí en casa con un inepto electricista.
Mira, niño baboso –dijo mientras le mostraba el trasero-, esto vale más que
toda esta maldita casa. -Le tomó la mano y se la puso en el pecho-. ¿Podría el
señor electricista palpar si hay corriente?
Con
un resoplido de excitación, él la abrazó. Sus manos bajaron de un jalón hasta
las nalgas, el delantal crujió con el apretón.
-¡Ay,
pero qué fuerza! –Paty se retorció contra él-. ¿Acaso el señor electricista no
va a revisar por qué no funciona el enchufe? Por favor, hágalo de una vez que
desde la mañana he estado esperando conectar algo muy importante. Aquí, mira,
aquí…
Max
la levantó de la cintura y cerró la puerta con el talón. Patricia no tuvo que
decirle dónde estaba la alcoba: él ya lo sabía.
El
matrimonio de Patricia Franco hacía mucho tiempo que se había acabado. El idilio
se limitaba a los besos de saludo y despedida. Ya no había flores en la mesa ni
cenas románticas. El sexo era frío y sólo para cumplir con el protocolo del
lecho conyugal. Una rutina de vez en mes. ¿Algo nuevo esta noche, mi amor? ¡Qué
va! Eso déjaselo a las parejas que aún sueñan con ser felices, mi vida.
Patricia
Gutiérrez, su nombre de soltera, sintió el flechazo de cupido a sus 19 años.
Martín era 15 años mayor.
Él
era un empresario exitoso; ella estudiante universitaria. Cuando se casaron
Paty tenía dos meses de embarazo y muchos sueños en color de rosa.
Perdieron
el bebé. Lo intentaron por segunda vez, pero fracasaron. En esta ocasión ella
estuvo a punto de perder la vida debido a la intensa hemorragia. Así que no hubo
un tercer intento. Después de eso se dedicaron a vivir juntos, como una pareja normal,
fingiéndose amor el uno al otro, con buenos ratos, charlas risueñas, pero caricias
blandas. Eso era todo lo que quedaba. Él procuraba estar el mayor tiempo
posible fuera de casa, trabajando, y Paty se dedicaba a llenar el vacío con
lujos y caprichos, y Max era uno de ellos.
-¿Estás
segura de que no vendrá? –preguntó Max. Los ojos de Paty brillaban en la
oscuridad de la habitación.
-No
sé a quién se refiere, señor electricista. Si es a mi marido déjeme decirle que
él debe estar ahorita tomando un vuelo rumbo a la Ciudad de México, buscando ganar
más dinero del que podemos gastar o encontrarse con la otra, la que sí pudo
darle hijos.
Entraron
a la habitación y la tumbó con suavidad sobre la cama, con las piernas colgando
sobre un costado.
-Enciende
la luz, guapo –pidió con voz dulce y ronca-, que quiero ver cómo lo haces –dijo
y lo besó en los labios. Sólo un roce húmedo.
Max
obedeció. Dio un paso hacia la puerta y pulsó el interruptor, el cuarto quedó
inundado de una luz blanca. Volteó a mirarla. El delantal se había deslizado
hacia un lado. El rostro de Paty era blanco y joven, hermoso.
-Ya
quítate esa porquería –le dijo con un gesto seductor mientras se sacaba la
camisa del pantalón.
-Quítemelo
usted que es experto en deshacer nudos, señor electricista.
Max
se inclinó, las manos le temblaban como cada vez que estaba cerca de ella.
Patricia se le había metido en lo más profundo de la cabeza. La veía en sueños,
siempre desnuda, con su piel brillante y sus cabellos rojizos. Paty era lo que había
deseado toda su vida, una mujer bella, elegante, pero no podía confesarle a
nadie su amor. Era un pacto tácito: ella estaba casada y él tan sólo era un
instrumento para aliviar la soledad y las necesidades que ésta conlleva.
-Así
no, de rodillas –le dijo-, ponte de rodillas.
Max
se hincó en el piso, excitado. Estiró los brazos hasta las cintas para desatar
el nudo del delantal y ella le apoyaba los pies en los hombros. Soltó el nudo y
lanzó con fuerza el delantal, que cayó a un lado de su camisa con el emblema
“C.F.E.” sobre el bolsillo. La jaló hacia él con fuerza y le besó el interior
del muslo, sintiendo la piel cálida, firme.
-Así,
Max, así. Sube, así, sigue subiendo, mi amor, sigue…
-¡Qué
escena tan interesante!
La
voz vino detrás de ellos. Patricia dio un grito de espanto y se echó en la
cabecera de la cama. Max, confundido, intentó ponerse de pie, pero cayó de lado,
chocando contra la cómoda. Dos pomos de cristal cayeron, desparramando el
perfume.
Ahí
estaba Martín Franco, apoyado de un hombro en el marco de la puerta con una
escopeta colgando de su mano.
-De
modo que es verdad –dijo con tranquilidad dando un paso adentro del dormitorio,
intercambiando miradas con uno y luego el otro, con uno y luego el otro-. ¡Mierda!
Le debo un cartón de cervezas al borrachín de Pedro.
Con
voz temblorosa, Patricia fue la primera en hablar: “Martín, no es lo que
parece. Escúchame, por favor. Él se metió en la casa mientras yo me cambiaba y…”
-¡Cállate,
puta! –le gritó Martín, que era un hombre alto y corpulento. Vestía la misma
ropa que tres horas antes, cuando le dio a Paty el beso de despedida.
-Señor
Franco, por favor escúcheme. Yo tengo la culpa de todo esto… –dijo Max, que
todavía le costaba hablar sin que le temblara la quijada.
-Tu
nombre es Maximino, ¿verdad?
-Sí,
señor. Le suplico me deje explicarle lo que está sucediendo –Max sentía la boca
seca-, pero por favor no me mate. Sé que me lo merezco, pero no me mate. No
vale la pena. Usted iría a la cárcel y en vano serían todos los años que ha
trabajado por tener todo lo que tiene. Pégueme. Eso. Pégueme cuanto quiera,
pero no me mate –comenzaba a gimotear. La cara se le había puesto roja, pero no
de vergüenza, sino de miedo.
-Tranquilo…
tranquilo… Ponte de pie, Max, y acompáñame un momento a la sala. Tenemos que hablar.
Creo que debo llamarte socio. Anda, ponte de pie, pero primero cierra la
bragueta de tus pantalones –le pidió Martín, sonriente.
-Mi
amor, no es lo que tú piensas. Él me violó. Te lo juro. Él me…
-Si
vuelves a decir una palabra te juro que te meto esto por el culo y no volverás
a hablar nunca más –le dijo Martín tratando de contener su ira para no
golpearla-. Vamos, Max, ven –le hizo un ademán con la escopeta para que saliera
del cuarto y le lanzó una mirada a su esposa antes de salir, que le miraba
aterrada.
Max
pasó hacia la sala seguido por Martín. Sentía las piernas tambaleantes. Iba
secándose el sudor de las manos con las perneras.
-Hasta
ahí. Date vuelta –dijo Martín. En la frente se le habían marcado dos surcos-. Así
que he estado comiendo tus sobras, socio. ¿Sabes lo que has estado haciendo? –la
pregunta parecía absurda. Max no contestó-. Te has acostado con la mujer de tu
prójimo. ¿Sabes lo que les pasa a los que hacen eso y los atrapan?
Max
asintió en silencio. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas. La escopeta ya no
pendía indolentemente del antebrazo de Martín, el doble cañón apuntaba directo
al techo, reposando en su hombro.
-¿Sabes
lo que les pasa a los hombres como tú cuando los atrapan? ¿Eh?
Max
volvió a asentir.
-Agarra
el cañón. No es tan difícil. La mitad del trabajo lo estoy haciendo yo.
Tranquilo. Haz de cuenta que estás acariciando a mi mujer.
La
mano temblorosa de Max asió la escopeta. Lloraba. Los dos orificios del arma le
parecían dos pozos oscuros e insondables. En ese momento se vio como lo que
era, un muchacho de 22 años que por una aventurilla…
-Póntela
en la boca. No temas que no sentirás ningún dolor. Te lo prometo. Eso… así se
hace, socio. Sí que tienes la boca bastante grande. Métetela hasta la garganta.
Las
mandíbulas de Maximino estaban abiertas hasta el límite. Los cañones del arma
se le apoyaban sobre el paladar, sentía arcadas. Con los ojos como platos,
miraba aterrado a Martín, que le sonreía.
-Cierra
tus ojos verdes de bebé, Max.
Max
lo hizo. Apenas si tuvo conciencia de que los esfínteres se le aflojaban. Y
entonces…
El
señor Franco tomó con la mano izquierda los cañones del arma y luego se limpió
la sangre en el pantalón. Del cuarto salían gritos de desesperación.
-No
te impacientes, mi amor –dijo Martín-. Ahora voy por ti, preciosa…
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