La
de ayer fue una gran noche para la democracia y por primera vez en la historia
México vira a la izquierda. Felicito a los millones de mexicanos que salieron a
decidir el rumbo que quieren para el país. Mi reconocimiento a la civilidad
política con que Meade, Anaya y El Bronco aceptaron la derrota, se portaron
como verdaderos demócratas. También aplaudo el discurso reconciliador de Andrés
Manuel López Obrador, quien a partir del primero de diciembre no sólo será
Presidente de México, sino el depositario de la esperanza de toda una nación.
Creo
que todos debemos unirnos al festejo de que ganó la democracia. Aunque hay que
admitir que esta elección no la caracteriza la sensatez, sino el hartazgo y el
coraje por la opresión de un sistema que caducó por sus propios excesos. En
este 2018 habría que levantar un monumento al voto contra la corrupción y la
impunidad del PRI.
Pero
después de ese festejo el compromiso con la democracia debe seguir. México ya
hizo ganar a AMLO, ahora le toca a AMLO hacer ganar a México.
GANÓ
AMLO, PERO…
La
tercera fue la vencida para López Obrador. En 2006 perdió por menos de una
nariz y en 2012 nada tuvo que hacer frente a los más de tres millones 300 mil
votos de diferencia de Enrique Peña Nieto. Esta vez el resultado fue diferente.
Logró encauzar el voto de decenas de millones de personas hacia lo que él llama
“el cambio verdadero” y ganó la Presidencia de la República con el 53 por ciento
de la votación, el porcentaje más alto en una elección presidencial mexicana. Y
según cifras preliminares, Morena y sus partidos aliados anticipan una
abrumadora mayoría en el Congreso.
Con
todo ese respaldo no tiene ningún pretexto para no cumplir sus promesas. Se
entiende, por supuesto, que el trabajo de ser presidente no es sencillo y menos
cuando la pobreza y la desigualdad social son problemas ancestrales en este
país. AMLO también tendrá que enfrentarse a ese problema que parece nuevo pero
que no lo es, la corrupción. Si antes ésta permanecía oculta, ahora los medios
de comunicación y las instituciones la exhiben y los mexicanos muestran ante
ella cero tolerancia.
Pero
lo que más preocupa a las familias es la violencia, que nunca antes se había
vivido con tanta gravedad incluso en los años de la Revolución. No podemos
apartar la mirada a otro lado y no ver que desde el 2000 hay más de doscientas
mil víctimas de este fenómeno. Mucha gente considera que el Estado es el
culpable de esta terrible situación porque no ha podido brindar seguridad al
ciudadano. Al respecto, Andrés Manuel ha sido muy criticado por el ofrecimiento
de amnistía a asesinos, violadores y narcotraficantes.
En
fin, López Obrador ya es presidente para complacencia de muchos pero su
programa de gobierno, o Proyecto Alternativo de Nación, ha dejado muchas dudas.
No explicó el cómo de sus propuestas y muchas de éstas son francamente
regresivas, como su vinculación con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de
la Educación (CNTE), organización que entre sus posturas motiva la venta y
herencia de plazas magisteriales y se opone a la certificación profesional de
los maestros.
“Si
el presidente es honesto, los demás servidores públicos también tendrán que
serlo”, son las palabras de AMLO quien ha reprobado el combate a la corrupción
de organizaciones civiles, organismos públicos y hasta del propio Instituto
Nacional de Transparencia. Por esa y muchas otras actitudes ha sido criticado, y
yo mismo lo he hecho en estas páginas y seguramente lo seguiré haciendo porque creo
todavía que no es la persona indicada para gobernarnos y porque teniendo el
amparo de ambas cámaras legislativas vaticina el peor de los escenarios. La
historia nos recuerda que cuando todo el poder reside en una sola persona casi
siempre termina en dictadura. Espero sea la excepción.
COMPROMISO
Por
esa razón invito a todos, tanto a los que votaron por él como a los que no lo
hicimos, a seguir los pasos de López Obrador. De la misma manera en que nos indignaron
los abusos y la corrupción del PRI, del PAN y del PRD, protestemos si el futuro
presidente y sus funcionarios comenten los mismos errores. Aquellos que se
molestaron cada vez que el hoy presidente electo era descalificado por la clase
gobernante y política, tendrán ahora la irrepetible oportunidad de censurar y
reprobar los insultos y las agresiones que AMLO emita como mandatario ante sus
opositores.
Si
democracia significa poder del pueblo, pues sigamos ejerciéndolo y que no quede
nada más en la emoción de encumbrar a un caudillo. Llevar a Andrés Manuel a la
Presidencia sólo fue el primer paso. Le siguen la exigencia al cumplimiento de
sus promesas, la vigilancia constante de sus acciones, el reclamo a sus
omisiones, la petición de castigo a las arbitrariedades de él y de sus
servidores públicos y por qué no, también los aplausos por sus aciertos.
A
eso me referí como compromiso continuo con la democracia. Recordemos que el
reclamo de este país, y lo que el mundo espera de nosotros después de estas
históricas elecciones, es algo mucho más transcendental que el éxito de un
líder de izquierda.
Bienvenida
la democracia. México decidió con libertad y sin miedos. Por lo que a mí
respecta, le deseo a López Obrador un gobierno triunfante y que pase a la
historia como uno de los mejores presidentes de México y que su nombre esté al
lado de Hidalgo, Juárez y Madero, así como él lo ha prometido.
PAR
DE DESVERGONZADOS
Hace
muchos años, el expresidente José López Portillo advirtió que lo peor que podía
pasarle a México era convertirse en un país de cínicos. Desde hace mucho tiempo
esa advertencia nos alcanzó.
En
la mañana del 1 de julio, coincidieron a votar en la misma casilla el
exgobernador Pablo Salazar y el candidato priista Roberto Albores Gleason, que para
la estupefacción de los presentes se saludaron y se dieron un fuerte apretón de
manos. Inconcebiblemente, intercambiaron sonrisas. Nadie podía creer que esos
dos personajes que arrastran una rivalidad política histórica fueran capaces de
darse un abrazo. Cínicos.
Eso
de ninguna manera puede compararse con la caballerosidad y la civilidad con la que
Anaya, Meade y Jaime Rodríguez Calderón aceptaron la derrota y le desearon el
mejor de los gobiernos a Andrés Manuel López Obrador. En primer lugar porque los
dos son charlatanes, hipócritas, que deben sus cargos en el gobierno a los chantajes
y pactos en lo oscurito. Segundo, porque representan lo peor de la política
chiapaneca.
Cuando
Pablo Salazar asumió la gubernatura de Chiapas en el 2000, denunció a Roberto
Albores Guillén, padre de Gleason, de actos de corrupción durante su gobierno
interino e incluso encarceló a varios miembros de su gabinete.
Empero,
al final de la administración salazarista Albores Guillén intentó nuevamente
ser gobernador de Chiapas pero no pudo conseguir la candidatura de su partido.
Así que para no tragarse la frustración, en un acto de traición al PRI, construyó
una alianza con Salazar para impulsar a Juan Sabines Guerrero al Gobierno del
Estado. Se dice que los tres tuvieron varias reuniones secretas en Tapachula y
Comitán. A tal efecto, Albores fue expulsado del PRI.
Días
antes de las elecciones de 2006, en una conocida cantina ubicada al poniente de
Tuxtla Gutiérrez, Juan Sabines encabezó una borrachera donde estuvieron
reunidos varios políticos y muchos periodistas afines al exgobernador. Sentado en
el lugar principal de aquella larguísima mesa, Sabines se puso de pie y levantó
su copa. “Quiero brindar porque seré el próximo gobernador de Chiapas. Después
sigue Manuel y luego Roberto”, dijo. Obviamente se refería a Roberto Albores
Gleason, que ocupaba un lugar en esa mesa.
El
pacto entre Albores padre, Salazar y Sabines, era que éste último se encargaría
de encubrir las fechorías de Pablo y comenzaría a foguear a Gleason en la
política. Fue así que Albores Jr. fue designado como secretario de Fomento
Económico y secretario de Turismo y Proyectos Estratégicos en la pasada
administración. La diputación federal y la senaduría también fueron concesiones
de Sabines al hijo del exgobernador.
Las
pasadas semanas se dio a conocer que entre Pablo y Roberto Albores Gleason hubo
un acuerdo político que llevaría al primero al Senado y al segundo a Palacio de
Gobierno, y a Dios gracias que no les funcionó. Pero con esto queda claro que
la política no es de lealtades, sino de intereses, donde viejos enemigos pueden
saludarse como hermanos. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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