Siempre
se ha dicho que en las democracias los resultados electorales deben ser
inciertos, es decir, competidos, y los gobiernos previsibles. Sin embargo, a
decir de las últimas encuestas AMLO ganará la Presidencia en una elección nada
competida. Pero qué postura adoptará a partir del 2 de julio ante el poder, ¿será
un presidente pragmático o uno violento?
Obvio,
cada quien dice con claridad lo que espera que ocurra en el gobierno de López
Obrador, que es aquello lo que escuchó por propia voz del candidato o de
habladas de sus fanáticos (no simpatizantes), pero nadie lo sabe a ciencia
cierta. Nadie, ni sus más cercanos colaboradores tienen una opinión que no albergue
una excepción o una cantidad infinita de dudas. La respuesta que todos dan es
que será el mejor presidente que México haya tenido en décadas. Lo dudo.
Lo
que sí es seguro es que millones de mexicanos se disponen a entregar todo el
poder a un caudillo al que creen conocer bien, pero que no conocen nada en
realidad, y a un movimiento, Morena, del que ignoran casi todo. Muchos han
creído que ese partido es el partido de los pobres, pero en él habitan políticos
millonarios como Alfonso Romo, empresario de Nuevo León, o como Nicolás
Mollinedo, que se da una vida de millonario después de ser chofer de Andrés
Manuel.
Un
caso más conocido es el del chiapaneco Zoé Robledo Aburto, que tiene un ingreso
anual de más de 6 millones de pesos y propiedades con un costo que nosotros,
simples mortales, jamás tendremos ni viviendo diez veces. Debemos recordar que
el hijo del exgobernador Eduardo Robledo Rincón renunció al PRD cuando le
negaron la candidatura al Gobierno del Estado y se fue a Morena, instituto del
que hoy es candidato a una diputación federal.
¿PRÁCTICO O
VIOLENTO?
“No
es lo mismo ser borracho que cantinero”, es una frase que decimos mucho en
México. Y tiene razón. El borracho entra a la cantina y pide, exige, grita,
canta, alegra a los parroquianos, se pelea y violenta el local. El cantinero,
en cambio, tiene por obligación atender al borracho, aguantar sus gritos,
calmar sus peleas y cuidar el local. Andrés Manuel López Obrador dejará de ser
borracho para ser cantinero. De borracho tiene mucho; de cantinero sólo
fracasos.
Nadie
me dejará mentir que a lo largo del proceso electoral, López Obrador fue
intolerante ante la crítica de sus adversarios y que a cada cuestionamiento de
las zonas grises de su vida personal y pública reaccionaba con una majadería,
un insulto. Esa actitud violenta que nunca fue nueva en él seguramente lo
acompañará en el gobierno y tal vez la utilizará para aplacar a sus adversarios
y censurar la prensa. Como el borracho de la fábula.
Aunque
admito que también creo que hay en el tabasqueño ese político práctico, que le
tocará estar detrás de la barra atendiendo a sus opositores y a la exigente
clientela (los que votarán por él) que él mismo ha ganado en estos catorce años
de campaña. Asimismo, con ese sentido práctico tendrá que tomar decisiones y entender
que ya no es oposición, sino gobierno, y que mientras la oposición sueña y
lucha por esos sueños, el gobierno tiene que estar despierto para atender a la
realidad.
Por
esa dualidad de López Obrador se espera de él un gobierno populista, el del violento
que predica una lucha contra la corrupción y la impunidad de la ‘mafia del
poder’ y el de un político pragmático que habla de un proyecto que atacará
abiertamente el sistema y las prácticas que han regido la economía y la
política de los últimos 30 años.
Consideremos,
pues, que lo que con mucho esfuerzo se construyó durante las pasadas tres
décadas significó la prevalencia del mercado y el libre comercio que vino a
quitarle el control absoluto al gobierno sobre la economía y la productividad del
país. En cuanto a lo político, se sentaron las bases de la democracia y el
pluralismo que acabaron con la hegemonía presidencial del PRI. De no haber sido
por eso México aún no conocería los gobiernos de oposición y la sociedad seguiría
siendo una fábrica de pobres y totalmente dependiente del Estado.
A
pesar de ello, el proyecto de López Obrador supone la cancelación de las
reformas constitucionales del gobierno de Peña Nieto y regresar el control de
la economía al Estado, así como Nicolás Maduro gobierna en Venezuela y los
Castro lo han hecho en Cuba por más de cincuenta años. Irónicamente, Venezuela
es la quinta exportadora de petróleo en el mundo y su gente se está muriendo de
hambre. Y no es culpa del contexto económico internacional y de la fluctuación
del precio del crudo, sino del mal gobierno chavista.
En
cuanto a lo político, Andrés Manuel busca una nueva superioridad política como
en los viejos tiempos del PRI, que dominaba todos los estados, el Congreso y
tenía la Presidencia. Por eso es que insiste tanto en que votemos por los
candidatos a diputados y senadores por Morena, por los que van para gobernador
y alcaldes. Claro que existe la salvedad de que esta vez lo está logrando por
medios democráticos, pero no hay que olvidar que darle todo el poder a una sola
persona es un error, y lo sabemos porque ya lo vivimos con Porfirio Díaz y lo
venezolanos lo están viviendo con Maduro. El conflicto que ha cobrado varias
vidas en Honduras es también un ejemplo de esto.
Fue
con su faceta violenta que López Obrador logró levantar su movimiento a punta
de gritos en las plazas, poniéndoles apodos a sus contrincantes y diciendo que
acabaría con la corrupción de lo que él bautizó como PRIAN. En esa euforia
aseguró que su proyecto de nación tendría éxito por el solo hecho de redirigir
500 mil millones de pesos del presupuesto hacia las prioridades de su gobierno.
¿De
dónde sacará esa millonada? Según sus números de los 300 mil que se entrega
cada año a los estados, 100 mil por el ahorro que obtendrá al pagar menos
publicidad oficial y por austeridad burocrática, y 100 mil más al centralizar
las compras del gobierno federal. Y ¿en qué la gastará? Dice que 200 mil millones
en el canal transítsmico y en una refinería en Dos Bocas, Tabasco; 130 mil en
subsidios a adultos mayores y a jóvenes que no estudian ni trabajan, y los 170
mil restantes los destinará al pago de la deuda.
Pero
con su faceta práctica ya no habla de cancelar la reforma educativa, sino
plantea hacer una reforma de la reforma. Tampoco dice nada de suspender la
reforma energética que según él es la culpable de los gasolinazos, más bien
está preocupado por revisar los contratos de Pemex firmados con empresarios
mexicanos.
¡AGUAS!
Estoy
seguro que López Obrador no cumplirá. Como gobernante acabará siendo la gran
expectativa que tanto sembró en los mexicanos que están ávidos de tener un
gobierno sin corrupción y preocupado por resolver los problemas históricos del
país. Y tanto lo creo, por la falta de recursos económicos y de medios para
ejecutar sus promesas de campaña.
A
estas alturas es increíble que AMLO no se dé cuenta de que el dinero que según
él obtendrá del presupuesto federal tal vez ni existe. Si a nuestro hijo le
prometemos un helado si se porta bien, necesitamos dinero para cumplirle.
Asimismo el candidato de Morena lo requiere para llevar a cabo sus promesas, y
en cambio ha dicho hasta el cansancio que no aumentará los impuestos ni hará
crecer la deuda.
A
la hora del gobierno, creo que tendremos una mezcla de lo violento y práctico que
puede ser López Obrador, hecha según el criterio que le dijo a Jon Lee
Anderson: “Yo siempre pienso igual, pero actúo según las circunstancias”.
Así
que lo riesgoso no es si cumple o no sus promesas, sino el enorme poder que los
electores le darán este domingo, que se piensa será igual al poder de los
viejos presidentes de México pero con legitimidad democrática.
Hay
que considerar que nada hace tanto daño a la convivencia democrática del país
que tener un presidente que insista en el discurso de insultos y
descalificaciones, como se distingue el candidato de Morena. Si esas palabras ofensivas
son dichas por un candidato en campaña no pasan de ser un desentono público,
pero si son pronunciadas por un presidente son una afrenta política, un abuso
de poder que sus seguidores y funcionarios pueden acatar como una orden.
La
historia nos dice que el verdadero populista lo es en la oposición y lo sigue
siendo en el gobierno. Así que ¡aguas! No es lo mismo ser borracho que
cantinero. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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