Hablemos
de encuestas. Creo que ha llegado el momento de hacerlo. Sí, de esas que
llegaron hace unas décadas como una profanación a la política mexicana para
según ofrecernos claves de certidumbre, para revelar a los demagogos y a los intelectuales
que hablaban en nombre del país sin tener la menor idea de lo que realmente
opinaba el país.
Sí,
de esas que llegaron para medir el ánimo nacional, para ayudarnos a percatar nuestras
causas, nuestros gustos, nuestros verdaderos valores y prácticas. En fin, de esas
encuestas a las que hoy tenemos que aplicarles una buena dosis de escepticismo
porque sus “estudios” presentados con demasiada solemnidad sobre una verdad
científicamente fundada carecen en su mayoría de esa verdad científicamente
fundada.
Sin
embargo, esa capa de escepticismo o incredulidad no debe ser aplicada una sola
vez, sino debe ser una actitud constante. Y para que sea más útil debemos
aplicarla a las diversas facetas de una encuesta y no sólo a su hechura,
también a su lectura, al tratamiento, al desempeño y a la difusión que se les
da. Porque a lo que podemos llamar como “la cultura de las encuestas” no se
limita a las empresas encuestadoras, sino al espacio en común donde convergen
periodistas, columnistas, académicos, gobernantes, políticos, usuarios y
ciudadanos en general que tienen mucho que aportar y mucho que quitar.
Lo
primero que tenemos que ver es quién las hace y por qué. En un inicio se tuvo
la impresión de que esos sondeos eran confiables, pero nunca lo fueron porque
no eran ni más precisas ni más transparentes que las que se hacen hoy en día.
Por
ejemplo, el desempeño de las encuestas electorales a nivel nacional ha mejorado
a lo largo de los años y los errores han sido más bajos en las elecciones
recientes de lo que fueron en los noventa. En las elecciones presidenciales de
2006, López Obrador se mantuvo en la cima y quien ganó fue el segundo lugar,
Felipe Calderón.
En
las elecciones estatales, las encuestas presentan un tratamiento distinto: hubo
un avance significativo en la precisión de los resultados y un posterior
deterioro, aunque no mayor a sus inicios. En los comicios de Chiapas del mismo
año, los estudios declaraban ganador a José Antonio Aguilar Bodegas, pero al
final los votos cayeron, “haiga sido como haiga sido”, a la cuenta de Juan
Sabines Guerrero.
En
ese sentido, muchos especialistas y politólogos aseguran que los derrotados son
los encuestadores. No creo que así sea. Porque en una democracia los que ganan
o pierden son los candidatos y los partidos políticos que los postulan. Las
encuestas pierden o ganan pero credibilidad, tanto las de las empresas que se
dedican a ello como las de los medios y la de los comunicadores que las
difunden. Por eso la necesidad de saber quién las hace y por qué.
No
diré nombres, pero en el proceso reciente en Chiapas se dice que empresas
importantes han realizado encuestas donde el puntero resulta ser el candidato
que la pagó. En consecuencia, el candidato que quedó en segundo lugar paga su
propia encuesta a otro medio o empresa para que esta vez el que salga mejor
posicionado sea él. En esa absurda guerra de encuestas ni uno gana y ni el otro
pierde, porque las encuestas no son votos, pero sí producen confusión en el electorado
que merece todo el respeto del mundo. Al fin de cuentas las encuestas de los
candidatos triunfalistas suelen olvidarse pronto.
Pero
¿influyen en el voto de los electores? En este aspecto hay quienes sugieren que
éstas se diseñan estratégicamente para provocar en las personas un
comportamiento que las haga votar no por el preferido o el puntero, sino por la
segunda mejor opción. Y con ello estimular el famoso voto útil. Si tomamos como
referencia los ejemplos antes mencionados, podíamos darlo como un hecho. Aunque
no lo creo cierto porque la historia del voto en México nos dice otra cosa.
El
elector promedio suele emitir su sufragio basado en sus afinidades partidistas
o en la confianza que genera el candidato en él o ella, y muy poco se guía por
el voto útil. ¡Vaya! Esto lo sabemos gracias a las encuestas.
Para
darle más certidumbre a este argumento piense usted en lo siguiente: Si el 1 de
julio próximo un nutrido grupo de simpatizantes del partido MORENA decide de
última hora votar por Ricardo Anaya, ¿hasta qué punto se lo atribuiría a las
encuestas? ¿Se le sumarían esos electores porque en un giro inesperado el
panista tomó la delantera, o porque se mantuvo siempre en el segundo lugar, o
por otros factores que nada tuvieron que ver en los sondeos?
Por
último, en estos tiempos de incertidumbre ¿las encuestas retratan con exactitud
nuestros anhelos? Tampoco lo creo posible. Sé que éstos son tiempos de
incertidumbre, pero los humores de la gente son cambiantes y las encuestas son
parciales, donde la ética, la transparencia y el desempeño de éstas deben ser
regulados y fortalecidos.
Sin
embargo, admito que nos ayudan a lidiar con la incertidumbre, nos abren un
panorama sobre los posibles escenarios políticos y nos auxilian en la medición
de los humores cambiantes, pero con mucho margen de error.
Así,
sugiero al gremio de encuestadores mayor ética y transparencia, ya que las
fuentes de error casi siempre suelen estar en casa y no afuera. A los futuros
electores, no dejarse llevar por el viento que sopla más fuerte y ver los
informes de cada sondeo con un sentido crítico. Y a los candidatos, no dañar la
democracia y confundir a la gente con encuestas falsas y manipuladoras.
OTROS
APUNTES
1.
Aplastante.
No se me ocurre otra palabra para adjetivar el triunfo del abogado y doctor en
Ciencias Jurídico Penales, Raciel López Salazar. Más allá de ser un profesional
talentoso, un servidor público de buenos resultados, es un político que ha
logrado conquistar la confianza de la sociedad con propuestas que sugieren un
cambio real para toda la comunidad que abarca el distrito electoral VII, para
el que él busca representar como diputado federal. Generar más y mejores
fuentes de empleo, motivar el comercio local y hacer gestiones de recursos para
fortalecer la obra pública son tres de sus principales objetivos.
2.
“Lo
único que cambia es el instrumento. En lugar de llamarse coalición, se llama
candidatura común”, dijo despreocupado Roberto Albores Gleason, candidato al
Gobierno del Estado, respecto a la resolución del Tribunal Electoral. Entonces,
¿por qué tanto alboroto en los medios sobre una supuesta ruptura de la
coalición ‘Todos por Chiapas’? Si, además, dijo que la verdadera alianza de él
y los partidos que lo respaldan es la que se está haciendo con las mujeres, los
jóvenes y los hombres chiapanecos.
3.
Dicen
que si algo abunda en la política son los insensatos. Como Enoc Hernández Cruz,
líder moral y espiritual del partido “Podemos Mover a Chiapas”, que ha dicho
que no hay nadie mejor que él para relevar a Manuel Velasco Coello. Eso cobró
mayor fuerza ahora que el Tribunal le dio la oportunidad a ese partido de
ratificar su adhesión a la alianza ‘Todos por Chiapas’ o irse con candidato
propio, o sea, él. Pero ¿en verdad cree eso? Pregunto porque de entrada tendrá
que enfrentar los señalamientos en su contra por el más descarado robo a los
recursos del ICATECH. Y algo puede haber de cierto, ya que antes de ser titular
de esa dependencia no tenía la solvencia económica y menos los bienes que hoy
ostenta.
4.
En
las propuestas que envió Andrés Manuel López Obrador a “10 Por la Educación” (iniciativa
que representa el consenso de diversas redes de la sociedad civil), no planteó
la derogación de la Reforma Educativa, además, mantiene la evaluación docente y
el concurso para obtener una plaza de maestro. Hoy que se reúne con líderes de
la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) ¿será que les
va a contar lo mismo?
5.
Ya
que andamos en el tema, diré que ayer critiqué a López Obrador comparando la
forma en que gobierna su partido con el ejercicio del poder de los Césares del
extinto imperio romano. Sus simpatizantes, todos hombres y mujeres de bien, dijeron
que era yo un idiota, un estúpido, un pendejo, un lamebotas, un lameculos, un
chayotero, un gobiernista y muchas otras lindezas que omitiré por falta de
espacio. Empero, por esos halagos y piropos hacia mi persona, no hacen más que
comprobar mi tesis de que AMLO y sus seguidores no toleran que otro piense
distinto a ellos y que si llegan al poder sólo empeorarán las cosas. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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