Se
percibe un fraude electoral el próximo 1 de julio. No como el que tantas veces ha
insistido Andrés Manuel López Obrador, operado por “la mafia del poder” y
ordenado desde la Presidencia de la República. No. Éste es más cercano, más
nuestro, que compete a una sola sociedad: la de Chiapas.
Digo
esto porque el pasado domingo 29 de abril, en el marco del arranque de las
campañas electorales hacia el Gobierno del Estado, ocurrieron situaciones que según
la FEPADE y la Ley Electoral vigente están tipificadas como delitos
electorales. Hubo un descarado acarreo de personas, malversación de recursos
públicos, supuestos condicionamientos de programas gubernamentales, servidores
públicos coaccionando a la gente para que asistieran a tal o cual acto de
campaña, regalo de dádivas y hasta bloqueo de caminos para que simpatizantes de
candidatos opositores no pudieran llegar al lugar del evento.
En
las elecciones más grandes de Chiapas, la tarea del IEPC, INE y FEPADE está
mucho más complicada de lo que aparenta. Y con tantas lagunas legales y tantos
intereses políticos de por medio, ¿podrán estas instituciones frenar un posible
fraude? Después de lo ocurrido en las elecciones de 2015, las dudas son más que
razonables.
LO
QUE EL PRI INVENTÓ
La
historia no la escriben los ganadores, ha dicho el historiador Javier
Garciadiego. La historia política y democrática de México muchas veces ha sido escrita
por quienes de alguna forma terminaron siendo víctimas del PRI y de los fraudes
electorales. Tal es el caso de las elecciones de 1929, por mencionar una de las
más polémicas.
No
recordamos aquel proceso electoral por las hazañas de Pascual Ortiz Rubio,
ganador oficial de aquella contienda. Lo recordamos por el fraude monumental
del partido callista: el crimen contra un sabio, el más grotesco atropello del
anhelo democrático, del triunfo ilegal del Partido Nacional Revolucionario, hoy
PRI, ante José Vasconcelos.
No
podemos hablar de estafas, corrupción e impunidad sin mencionar al PRI. Pues una
semana antes de los comicios de 1929, en varias ciudades del país se llevaron a
cabo manifestaciones a favor de Vasconcelos; sin embargo, el PNR ordenó
eliminar la oposición y en la Ciudad de México los policías acribillaron y mataron
a decenas de personas.
El
17 de diciembre de ese año, el Ejército tomó los sitios donde habían sido
instaladas las casillas de votación. A la gente se le impidió ejercer su voto, hubo
centenares de encarcelados, muchos muertos, en su mayoría estudiantes, y un
fraude que se consumó a punta de pistola. Vasconcelos nunca se pudo reponer de
su derrota y su mecenas, Antonieta Rivas Mercado, tampoco. Fue el inicio de un
partido que se perpetuaría en el poder por setenta años a base de trampas.
Así
fue desde entonces. Así ha sido siempre. El PRI ha robado elecciones
municipales, estatales y hasta nacionales. “La aplanadora”, como se le conoció
desde el segundo tercio del siglo pasado, es el partido que más prácticas
fraudulentas ha creado, como el “ratón loco”, “operación carrusel”, “operación
tamal”, “el acarreo”, “los muertos vivientes”, “la compra de credenciales” y la
más conocida de todas, “la caída del sistema”.
En
1988, Carlos Salinas de Gortari ganó la Presidencia apoyado por el gobierno
federal y operativamente por el entonces secretario de Gobernación, Manuel
Bartlett Díaz. En esa elección se implementó por primera vez un sistema de resultados
electorales preliminares que consistía en informar directamente a la Comisión
Federal Electoral los resultados de los distritos electorales vía telefónica.
La
famosa caída del sistema se dio cuando el candidato Cuauhtémoc Cárdenas
Solórzano llevaba una ventaja sobre el priista. En ese momento, Bartlett
anunció que los resultados no podían revelarse de inmediato porque
supuestamente las líneas telefónicas se habían saturado. Pero a medianoche, el
presidente del PRI Jorge de la Vega Domínguez, salió ante los mexicanos para
anunciar la victoria de Salinas, “con las actas en la mano” según dijo.
Diego
Fernández de Cevallos, entonces representante de la bancada del PAN, expresó
después de la visita de los candidatos a la Comisión que el sistema “se cayó”,
dando a entender que se habían dejado de recibir los datos de los distritos. Y,
extrañamente, el triunfo de Salinas se dio a conocer de manera oficial una
semana después.
Ahora,
con los avances tecnológicos la situación pareciera que en lugar de mejorar,
empeora. El 31 de marzo de 2016, la revista Bloomberg Bussinessweek reveló que
Andrés Sepúlveda, un pirata informático de origen colombiano, había intervenido
la elección de 2012 para asegurar el triunfo de Enrique Peña Nieto.
Con
un presupuesto de 600 mil dólares, Sepúlveda encabezó un equipo de seis hackers
que robaron estrategias de campaña, manipularon redes sociales para crear
falsos sentimientos de entusiasmo y escarnio, e instalaron spyware en casas de
campaña de los candidatos opositores. Con este hecho queda comprobado que las
técnicas para activar el fraude electoral están ligadas al desarrollo
informático y tecnológico más sofisticado.
Irónicamente,
los partidos políticos que tanto denunciaron los fraudes del PRI son ahora
quienes los utilizan.
CUANDO
EL IEPC FALLÓ
Pero
¿qué sucede cuando las autoridades electorales son quienes propician los
fraudes?
Con
la creación del Instituto Federal Electoral el 11 de octubre de 1990, como
órgano auxiliar a la Comisión Federal Electoral, los comicios obtuvieron cierto
grado de legitimidad. Las elecciones de 1994 y 2000 son prueba de ello. Sin
embargo, paulatinamente fue corrompida por el Poder Ejecutivo.
En
Chiapas, el Instituto de Elecciones y Participación Ciudadana (IEPC) ha tenido
muchas más penas que glorias. En 2006, por ejemplo, se prestó al fraude
electoral con el que Juan Sabines Guerrero llegó a ser gobernador del estado.
Fue
evidente la utilización de recursos públicos para financiar la campaña
sabinista, el empleo de personal del gobierno en tareas proselitistas, la
transportación del equipo de campaña en vehículos oficiales, el robo de urnas,
el inserción de votos apócrifos a favor de Sabines Guerrero en el mismo
edificio del IEPC, etcétera. Y las autoridades electorales no dijeron nada.
Un
caso más reciente fue lo ocurrido en las elecciones estatales de 2015, en las
que los consejeros electorales no sólo no fueron capaces de instalar el total
de las casillas y vigilar el precepto de paridad de género, pues además se
pusieron de acuerdo para cometer fraude en la elección del diputado migrante.
Una
investigación de la FEPADE encontró que al menos cinco exconsejeros del
instituto electoral local alteraron el listado nominal e hicieron que miles de
chiapanecos residentes en la entidad pasaran como residentes en el extranjero.
Con ello, el 55% de los votos fueron para el PVEM y el 47.17% para el partido
Podemos Mover a Chiapas. Fue tal el robo que por primera vez en la historia, el
PRI, PAN y PRD no obtuvieron un solo voto.
No
fue todo. Se dice que la expresidenta consejera del IEPC, María de Lourdes
Morales Urbina, en complicidad con sus homólogos, permitió la estafa en muchos
de los municipios donde ganaron los candidatos del PVEM y el PRI. Asimismo en
diputaciones federales y locales. A esto hay que sumarle la corrupción, el
desvío de recursos financieros del organismo, los aumentos salariales
injustificados, el elevado presupuesto solicitado para la organización de esa
elección, entre otras arbitrariedades.
¿GARANTÍAS?
Estamos
obligados a preguntar ¿qué garantías nos da el IEPC para detener otro fraude
electoral similar a los de 2006 y 2015?
Siendo
Chiapas un estado donde según datos del CONEVAL ocho de cada diez personas
viven en condición de pobreza, ¿cómo le harán las autoridades electorales para
evitar la compra del voto? ¿Existe acaso un plan de coordinación entre las
dependencias de gobierno, especialmente con las encargadas de programas
sociales y de combate a la pobreza, que contemple el cruce de información para
saber si el dinero públicos no está siendo utilizado para pagar campañas
políticas?
Espero
una respuesta. Porque de antemano hay fuertes sospechas de que tres de los
cuatro candidatos al Gobierno del Estado usaron dinero de organismos públicos como
SEDESOL y PROSPERA para pagar el acarreo de gente a los actos de campaña y que
la entrega de muchos de los programas de asistencia social fueron condicionados
a los beneficiarios. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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