¿Qué
está pasando en Chiapas? O mejor dicho, ¿qué está pasando con los partidos
políticos? ¿Qué están haciendo con la democracia? Porque a simple vista parecen
animales carroñeros que se disputan el gobierno del estado como si se tratara
de un vil pedazo de carne muerta. Se creen los amos y señores del destino de
todos nosotros, mientras el pueblo no tiene cabida en las decisiones y debe
conformarse con ser un simple espectador.
El enciclopedista francés Jean Le Rond D’Alembert dijo que la guerra es el arte de
destruir hombres y que la política es el arte de engañarlos. Sin excepción
alguna, los partidos en el estado no tiene el mínimo respeto por los electores.
Pactan en lo oscurito, mienten, tergiversan la información, se confrontan entre
ellos y politizan hasta lo más absurdo, como sentirse heridos en el orgullo.
En ese panorama,
juegan a engañar a sus adversarios y no les importa si la sociedad queda confundida
en medio del fuego cruzado. No hay honor en los políticos.
Eso
es la partidocracia chiapaneca: un caldero de estiércol en el que los políticos
de ayer y hoy no piensan en cómo proponer la buena gobernanza y construir un
proyecto que saque a miles de familias de la pobreza, la marginación, el
desdoro, sino en la posesión del poder. Siempre se ha pensado que la política
es una cochinada, y el juicio no podía ser menos acertado.
DESPRESTIGIO
Nuestro
sistema de partidos nació en 1988 y está muriendo. Ya nada queda de ese sistema
que estructuraba la competencia política a través de tres opciones
ideológicamente distinguibles. Eran tres agrupaciones con evidentes ambiciones
de gobierno que proponían soluciones relativamente coherentes y realizables.
En
el centro estaba el PRI y a sus flancos el PAN y el PRD, el primero de centroderecha
y el segundo de centroizquierda. Podíamos reconocerlos por sus emblemas que
eran como señalamientos de tránsito que ayudaban a orientarnos. Funcionaban
como brújula dentro de nuestra democracia. Es como decir que dentro del caos
había cierto orden.
De
antemano sabíamos que el PRD criticaría el modelo económico y político impuesto
por los priistas, que el PAN mostraría una posición conservadora en materia de reformas
constitucionales y economía internacional y que el PRI siempre tendría la misma
actitud clientelista y proteccionista ante los sindicatos. De esta manera el
elector tenía opciones para elegir el gobierno que quería para su pueblo, ciudad,
estado o nación y era completamente suyo el riesgo.
Empero,
ya nada queda de ese viejo pero funcional sistema de partidos. Las tres grandes
opciones ya dejaron de ser ese mapamundi con el que muchas veces nos apoyamos
para encauzar tanto nuestras frustraciones e inconformidades como nuestros
anhelos. Si por un lado el surgimiento de nuevos partidos llegó a enriquecer la
democracia, por el otro empeoró las decisiones, la política y la construcción
de los gobiernos.
A
la par de que ello vino a provocar un daño económico por el recurso público que
se le entrega a los partidos para su financiamiento. Ahí tenemos el ejemplo del
Partido del Trabajo que nada ha contribuido en el desarrollo del país, pero que
de 1997 a 2015 ha recibido un total de 4 mil 221 millones 700 mil 150 pesos con
30 centavos. Por la partidocracia la política se ha reducido a un lucrativo negocio
familiar o grupal.
Por
la multiplicidad de partidos, encauzar el voto se ha convertido en un problema
peliagudo. No por las muchas ofertas, sino por el abaratamiento de éstas y el
desprestigio de los institutos políticos. Además, eso llevó a una competencia
por el poder aún más salvaje, vulgar, fútil y hueca. De allí la necesidad de las
alianzas partidistas, que las que hoy están sobre la mesa no son alternativas
congruentes que logren, en un futuro inmediato, un diálogo en el Congreso y con
los distintos poderes.
A
la sazón, ¿qué es lo que más conviene? Habrá quienes festejen la desaparición
del viejo sistema de partidos y bien merecida que se lo tenían, dirán. Aunque también
habrá los que desaprueben la diversidad actual que ha devenido en el descrédito
y apatía de la sociedad por participar en la política.
Creo
entender el desagrado tanto de los unos como de los otros, pero no puedo unirme
a la celebración de la muerte del viejo sistema porque lo que llegó a
sustituirlo no ofrece una base ideológica estable ni garantiza el pluralismo,
que evite la impunidad y facilite la representación de nuestra basta
diversidad. Muchos estarán de acuerdo que si algo puede permitir los
contrapesos en el poder es precisamente un régimen institucionalizado de
partidos, no el surgimiento de éstos a mansalva y tampoco las coaliciones cuyo
único propósito en la vida es la obtención del mando y el enriquecimiento.
Muestra
de lo anterior es el Partido Chiapas Unido que no representa los intereses de
nadie excepto los de la mafia que nos gobernó el sexenio pasado. Fue fundado
por el ex gobernador Juan Sabines Guerrero y su primera dirigencia estatal
estuvo bajo el control de Isabel Aguilera de Sabines, la esposa del mandatario.
Como
dice el dicho, mató dos pájaros de un solo tiro. La creación de ese organismo le
permitió seguir hincándole los dientes al presupuesto de los chiapanecos y
tener participación activa en la política. Hoy ese partido gobierna en once
municipios de forma individual y otros tantos en alianza, asimismo tiene
presencia en el Congreso del Estado. Eso mismo le permite a Sabines Guerrero
seguir gobernando -¿o lucrando?- en algunos sectores de la entidad y seguir
viviendo sin rendirle cuentas a la justicia.
AQUELARRE
El
problema de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles,
sino importantes, decía el estadista británico Winston Churchill. Por esa necesidad
de sentirse poderosos más no útiles al servicio del pueblo, Chiapas está
atravesando quizá el más infame proceso electoral de la historia.
La
alianza que ganó la gubernatura en 2012 y que tantos gobiernos municipales y
diputaciones estatales y federales obtuvo en 2015, desapareció por caprichos de
ambas partes. El PRI y el PVEM se metieron en una lucha, en muchos sentidos
detestable, por demostrar quién de los dos merecía tener la candidatura al
gobierno del estado. En lugar de hacer política, cabildear, tomar acuerdos, ponerse
a la altura de la realidad de Chiapas y elegir la propuesta que más aportara al
progreso económico y social, fueron soberbios, se encapricharon y enrarecieron el
proceso.
Más
allá de los resultados que anteriormente pudieron obtener juntos y separados,
¿qué tan acreditado está el PRI en estos momentos? ¿Qué nivel de aceptación
tiene el Partido Verde? ¿Quién votaría por ellos o cómo convencer al indeciso? Son
preguntas que debieron responderse a sí mismos antes de tomar cualquier
postura.
A
todo esto se sumaron a dicha alianza los partidos locales que nada más sirven de
comparsa y aparecieron en la escena personas non grata, como los operadores de Juan
Sabines, el ex gobernador Jorge de la Vega Domínguez (que nada más viene a
Chiapas cada vez que hay elecciones), Julio César Ruiz Ferro (otro ex
mandatario), el repudiado Aurelio Nuño, Luis Miranda Nava, que tiene más
atributos de pandillero que de conciliador político, el dirigente nacional del
PVEM que lo único que sabe de Chiapas es lo que ha visto por la televisión, y
otros más.
Hace
unos días se desbarató esa sociedad. Aquello que tal vez constituía una ventaja
política y electoral terminó en el bote de basura. Lo mismo sucedió con la
coalición integrada por el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, llamada ‘Por
Chiapas al Frente’, que no pudo cohesionarse y menos elegir un candidato. En el
colmo de ese aquelarre se formó una nueva alianza entre el PVEM, PAN, PRD, MC,
Chiapas Unido y Podemos Mover a Chiapas.
Todo
parece indicar que por la ambición de unos cuantos puede suscitarse el peor
desastre electoral del estado en los últimos años. Por si fuera poco, los
amarres entre éstos partidos se les oculta hasta a los medios de comunicación
que en su intento de informar lo que acontece, algunos inintencionadamente
desvirtúan los acontecimientos, situación que conduce a la desinformación y el
desconcierto.
Es
muy lamentable lo que sucede en Chiapas. Con actos así no puede haber
democracia. Qué quieren pues los partidos, ¿gobernar o adueñarse del poder?
Esto último significa: tener el control del dinero.
¡Qué
viva la ambición de los partidos! ¡Qué muera Chiapas! ¡Chao!
@_MarioCaballero
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