Hay
personas que se vuelven líderes de culto. Organizaciones que se convierten en sectas.
Gentes que se hacen seguidores. Tal es el caso de Andrés Manuel López Obrador y
su partido político Morena, que no importa que tantos yerros cometa el mesías
AMLO, sus fieles lo amarán, defenderán y venerarán hasta la muerte.
La
condición actual del partido Morena es semejante a una secta religiosa. Los
estudiosos en el tema dicen que para que una asociación pueda llamarse culto necesita
de tres elementos fundamentales: un líder a quien seguir, una doctrina o
creencia que cumplir y fieles seguidores dispuestos a entregarlo todo con tal
de que los objetivos sean alcanzados y el clan permanezca.
Los
hay de todo tipo. Como el que fundó el autoproclamado “reverendo” James Warren
Jones, que el 18 de noviembre de 1978 logró convencer a más de novecientos
seguidores para que cometieran un suicidio en masa en Guyana, en América del
Sur. O como la secta japonesa Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) que a mediados de
los noventa varios de sus líderes y miembros fueron condenados a muerte después
de que cometieran decenas de asesinatos usando gas sarín y de que la policía encontrara
armas químicas, laboratorios de metanfetamina, millones de dólares en efectivo
y oro en la sede del culto ubicada en el Monte Fuji.
A
finales de 1960, Charles Manson y sus seguidores cometieron una de las masacres
más sanguinarias e infames en la historia de Estados Unidos. Bajo la creencia
de una guerra de razas asesinaron a varias personas y escribieron en las
paredes las letras de las canciones de los Beatles con la sangre de sus
víctimas. En una entrevista le preguntaron a Manson “¿quién eres?”. Haciendo
cara de loco, contestó: “Nadie. No soy nadie. Soy una trampa, un holgazán, un
vagabundo. Soy un furgón, un malabarista de vino y una navaja afilada. Si te me
acercas…”.
EL
LÍDER
No
es difícil encontrar los tres elementos en el “movimiento político” de Andrés
Manuel. Él es el líder que todos idolatran, el proyecto de gobierno que promete
acabar con “la mafia del poder” y hacer de México una “República Amorosa” es la
doctrina, y los militantes de Morena son los seguidores.
Muchos
que me hacen el enorme favor de leer este texto no estarán de acuerdo conmigo. Dirán
que estoy exagerando. Pero apelo a su inteligencia para caer en la cuenta de
que hay un halo de divinidad que cubre a López Obrador. Como abrigado por una
capa de teflón, las críticas le resbalan, los errores se le perdonan y las
falencias no le hacen mella. Haga lo que haga, diga lo que diga, el mesías
tropical está envuelto de infalibilidad donde nada se le cuestiona, nadie lo
enfrenta y siempre contará con el apoyo de sus seguidores. Algo semejante a un
líder de culto.
Por
eso, los tropiezos de Andrés Manuel son ignorados y todas sus ocurrencias son racionalizadas.
Cuando mencionó por primera vez la amnistía para los políticos corruptos, en
lugar de que sus simpatizantes se indignaran por haber traicionado el punto
medular de su proyecto de gobierno, le aplaudieron. Decenas de periodistas y
analistas políticos llenaron miles de páginas de los periódicos y revistas para
tratar de convencernos de la conveniencia de la proposición del líder de
Morena. Por esa conexión emocional como un candidato que capitaliza “el enojo
de pueblo”, su figura como salvador de la patria permanece intacta.
Es
claro que para quienes apuestan todo por un libertador providencial que los
represente, no les preocupa el qué diga, sino quién lo dice. No importan de qué
tamaño sea el error de las políticas públicas, sino la persona que las ofrece.
No importan las posturas específicas que pretende hacer como presidente de
México, sino la personalidad de quien las sostiene. En eso se ha convertido
López Obrador, en alguien al que todo le resbala y todo se le perdona.
Aun
después de haberse declarado culpable de los homicidios y de permanecer años
encerrado en la cárcel, cientos de personas seguían creyendo en los postulados
de Charles Manson y lo consideraban un emancipador de la humanidad.
Para
los seguidores de AMLO, la oferta que hizo de perdonar a los capos de la droga
fue admirable. Necesaria. Esencial para abrir un nuevo debate público sobre el esquema
de seguridad nacional que según ellos se tiene que elaborar. Sin embargo, lo
más importante del caso no fue que hiciera la propuesta, sino la reacción que
generó entre sus seguidores y fanáticos.
Fue
sorprende ver que por cada uno de los que criticaron su demencia, -¡perdón!- su
sugerencia, se levantaron cuatro o cinco para defenderlo. Extrañamente, una
buena parte de la intelectualidad del país se pasó días explicándonos lo que en
realidad quiso decir el Supremo líder López Obrador. A través de las plumas de
sus apóstoles, la aberración más absurda que ha dicho AMLO en una década de
campaña política se convirtió en un planteamiento sofisticado, en una
proposición coherente, digna de rescatarse.
Un
dicho anónimo dice que un verdadero líder es aquel que conoce las necesidades
de sus seguidores. López Obrador conoce que en buena parte de la sociedad
mexicana hay una tremenda necesidad de creer en alguien, no en algo.
Es
tal la ceguera de quienes lo siguen no se han dado cuenta que Andrés Manuel no
tiene posición sólida sobre la Ley de Seguridad Interior, sobre el papel de las
Fuerzas Armadas, sobre la profesionalización de los policías, sobre la
despenalización de las drogas, sobre la guerra contra el narcotráfico. Así como
un día asume una postura sobre cualquier tema, el siguiente la modifica. Eso es
lo que sabemos de él desde hace muchos años.
También
sabemos que lo fuerte de Andrés Manuel no son las políticas públicas. No tiene
la mínima idea de cómo remodelar las instituciones, tal vez sea porque es lo
que menos le interesa. Por eso promete y promete y promete, sin que sus
alegatos mesiánicos nos conduzcan a ninguna parte, salvo que esa sea la
indignación.
Lo
suyo en verdad es una narrativa de complots, de enojo, de abusos de poder, de
fraudes electorales, de mafias del poder y de cómo reemplazarlas. Lo suyo es
sacar ganancias electorales del descontento social, de la falta de confianza en
la justicia, en los políticos y en los partidos, del anhelo de cambio entre
aquellos que están hartos de quienes no cumplieron sus promesas pero que sí
cometieron atropellos.
Lo
suyo es revelar ante los ojos de sus seguidores que todo en México está mal. Lo
suyo es colocar a los gobernantes, dependencias, leyes y reformas
constitucionales en una pira y demostrarle a la opinión pública que se lo
tenían bien merecido. Lo suyo es demostrar que él acabará con la impunidad, la
corrupción, la injusticia y que él transformará a México en una nación donde no
haya más violencia, muertes y carencias.
Lo
peor del asunto es que para quienes lo siguen, cualquier medio justifica ese
fin. En ese sentido, como AMLO asegura que será el más sensible de los
gobernantes para con los de abajo, debemos apoyarlo: prometa lo que prometa.
Como él dice que acabará con las viejas prácticas de la élite corrupta, hay que
respaldarlo a pesar de las evidencias de los moches y corrupción de sus
militantes.
Así
no dé detalles, aunque lo que proponga sea impracticable, aunque no haya
pensado en las circunstancias de sus posicionamientos, la consigna es votar por
él y hacerlo presidente en 2018.
PERSONIFICACIÓN
DEL PODER
El
perdón intelectual que le otorgan a Andrés Manuel López Obrador muchos miembros
de la izquierda progresista de México es preocupante. Al parecer, los que
siempre habían sido los contrapesos del poder han renunciado a ese papel por
serle fieles a quien se dice llamar estadista, pero que es solamente un fabricante
de ocurrencias, alguien que ha ganado poder, popularidad y dinero dividiendo al
país entre buenos y malos.
Este
es el verdadero López Obrador: un líder de culto al que le obstaculizan las
instituciones, que vilifica a los medios que lo critican, que insulta a sus
oponentes porque no tiene argumentos, que ha prometido devolverle el poder al
pueblo cuando es él quien busca personificarlo, acapararlo, gracias a la
rectitud moral que le atribuyen sus fieles y a pesar de su pobreza intelectual.
Al
igual que Donald Trump que aseguró que podía dispararle a alguien en la Quinta
Avenida y no perdería un solo voto, así Andrés Manuel, que está por encima de sus
errores y no le importa lo que digan de él, y a sus seguidores tampoco. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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