EL ARTE DE IMPONER, DIVIDIR Y FRACASAR


Una canción interpretada por Julio Iglesias nos recuerda que el hombre es capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Un viejo adagio también menciona que aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla. Tropezando nuevamente con la piedra del autoritarismo, el PRI se está condenando a repetir sus fracasos. 

“Hoy el partido responde a intereses personales y no a los intereses de la nación. Hoy, el PRI ha despreciado y olvidado a sus bases y sus simpatizantes y lo considera únicamente como una herramienta para conseguir sus triunfos”, dice José Antonio Aguilar Bodegas en la carta que dirigió al presidente nacional Enrique Ochoa Reza anunciándole su renuncia irrevocable.

Los motivos que orillaron a Aguilar Bodegas a separarse del PRI después de una filiación de más de cuarenta años, indican que las complicidades y trampas a la militancia están dirigidas a beneficiar a un solo grupo de poder en el partido. Como en los tiempos del peor PRI, la élite priista quiere imponerse para que el reparto de las cuotas políticas quede entre amigos.

REFLEXIONES

Se cree que al Partido Revolucionario Institucional le debemos todo lo que somos como Estado y nación democrática. Ciertamente fue el organismo que después de la guerra civil mexicana propició la pacificación social, la estabilidad económica y la construcción de las instituciones que se apegaron a un estricto Estado de Derecho. Con esos principios nació el PRI en el lejano 1929 bajo el liderazgo de Plutarco Elías Calles.

Democracia, respeto institucional y progreso eran los ejes con los que el PRI se conducía hacia el interior del organismo y como partido en el Gobierno, pero los excesos y abusos de poder lo llevaron al fracaso en el inicio del nuevo milenio.

El 2000 fue el año de la alternancia democrática en México. Fue cuando el PRI recibió una lección de parte de la sociedad por tantos años de corrupción e impunidad sistemática. Perdió la Presidencia de la República y en lo local el Gobierno del Estado. Como organismo político era una entidad putrefacta. Un hervidero de complicidades que ocasionó divisionismo, el surgimiento de diversos grupos de poder y la consecuente falta de credibilidad y moral partidista. Como en Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, todos sabíamos que el PRI tenía una cita con la muerte, excepto él.

Antes de las elecciones de 1988, el dedazo del presidente Miguel de la Madrid que eligió a Carlos Salinas de Gortari como candidato a la Presidencia de la República, provocó discusiones acaloradas entre los diversos grupos en el interior del partido. Una gran mayoría en el PRI ya no estaba dispuesta a aceptar más imposiciones. Pero eran los años en que el mandatario no sólo escogía al candidato priista, sino a su seguro sucesor.

Esa acción que benefició al grupo ligado al presidente De la Madrid, hizo que un importante número de priistas encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano se separaran de la militancia y fortalecieran a las corrientes de la izquierda nacional. Tanta fue la división partidista que el PRI estuvo a punto de perder la presidencia ese año, pero un pretexto eléctrico conocido como la caída del sistema le permitió continuar gobernando al país.

Aunque en esas elecciones el PRI no perdió el poder, sí marcó el inicio de su posterior debacle. Primero, la imposición de Miguel de la Madrid dividió al instituto y después, al finalizar la administración salinista, provocó una crisis financiera con graves repercusiones internacionales. La sociedad mexicana harta de los abusos y la falta de oportunidades, empezaba a despertar. Dentro de ese paso histórico, la gente votaba ya por otros partidos y otros personajes distintos a los de los colores verde, blanco y rojo.

Los líderes priistas continuaron con esa forma autoritaria de construir las candidaturas. Acompañándolos, una larga lista de gobernantes priistas eran acusados de desvío de recursos públicos, violencia y despotismo. Así llegaron a las elecciones de 2000, arrastrando un largo rastro de corrupción y crímenes de Estado. El presidente Ernesto Zedillo dijo que no iba a intervenir en la elección de los candidatos, pero terminó por imponer a Francisco Labastida Ochoa como candidato a la presidencia.

Otra división surgió a partir de ese atropello a los priistas, que clamaban por otras opciones y respeto a la democracia del organismo. Al final de cuentas, el PRI terminó en un humillante segundo lugar en la elección presidencial y perdió además varias gubernaturas estatales y una buena parte en el Congreso de la Unión. En ese instante, el poderoso PRI pasaba a ser el partido más odiado de México. La dictadura perfecta, según Mario Vargas Llosa, se convertía en la caricatura perfecta.

Haciendo un intento de reflexión veremos que el PRI perdió por su misma injusticia, por no respetar a las bases y anteponer los intereses personales a los de la militancia. Imponer caprichos causó que muchos priistas lo combatieran desde otros partidos, y esto último lo sepultó.

Julia Navarro escribió: “Si quiere saber qué pienso, se lo resumiré: aborrezco todos los “ismos”: comunismo, socialismo, nacionalismo, fascismo… En definitiva, todo lo que lleva el germen del totalitarismo”. Obviamente no lo escribió pensando en la realidad del PRI y el hartazgo que producía su comportamiento en todo un pueblo, pero sí coincidía con el sentimiento de muchos priistas que crecieron con el pensamiento revolucionario que le dio vida al PRI. Pero al final de cuentas ningún régimen autoritario dura eternamente.

LA POSIBLE DERROTA

¿Alguien sabe cuántos priistas renunciaron a la militancia y cuántos de éstos le arrebataron gobiernos al PRI desde otros partidos? Sería interesante saber el dato y estimar el impacto de esos sucesos en la democracia.

Que José Antonio Aguilar Bodegas haya decidido abandonar las filas del priismo no puede ser tomado como una traición a la militancia u oportunismo, sino como un acto de perfecta congruencia política, institucional y democrática, como muchos otros lo han venido haciendo en los últimos años. Porque más allá de las aspiraciones personales del hoy ex priista, queda en evidencia que el PRI pasa por un proceso despótico que limita los derechos políticos y constitucionales del resto de los militantes.

Lo que se estima es que con la salida de Aguilar Bodegas muchos otros priistas se irán con él. Quizá sean cientos, pero tal vez sean miles. Si Jaime Rodríguez, El Bronco, ganó la gubernatura del estado de Nuevo León con votos priistas, es muy posible que la derrota del PRI en Chiapas en los comicios de 2018 sea producto de las arbitrariedades ejercidas desde la cúpula nacional.

Es una lástima que después de convertirse en una opción de cambio en el 2012, ahora vuelva a retomar las prácticas que lo llevaron al fracaso. En el inexplicable arte de imponer y dividir, el nuevo PRI es igual o peor que el viejo PRI que al parecer nada aprendió de sus fracasos.

El PRI que construyó a México desde los escombros ya no existe. Está secuestrado por liderazgos sin talento y sin trayectoria política. Está manipulado por tecnócratas que son unos perfectos desconocidos hasta para la propia militancia. Y ha sido desprestigiado por los gobernadores a quienes el presidente Peña Nieto encumbró y les entregó el poder para controlar las decisiones políticas en los estados.

Después de tantos escándalos de corrupción, políticas mal planeadas y ejecutadas, y pésimos resultados que hunden a los mexicanos en la pobreza y en una grave crisis de seguridad nacional, el PRI va rumbo a la debacle. Nos quejábamos de los viejos priistas y fueron los jóvenes quienes están acabando con México.

Irónicamente, queriendo mostrarse como un cazador experto, el PRI apunta con su viejo rifle y dispara tratando de matar al elefante, y se da un tiro en el pie. ¡Chao!


@_MarioCaballero

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