El primero de julio de 2012, el Partido Revolucionario Institucional,
demostró que no estaba muerto, sino sólo sumergido en las mansas aguas del
letargo, aguardando su advenimiento.
Ideólogos, intelectuales, académicos de las más prestigiosas universidades
del país, políticos de la oposición e invasores del oportunismo, fueron los
encargados de desprestigiar al PRI durante doce años. Lanzaron diatribas y se
desgastaron en afirmar (como queriéndonos manipular) de que el partido de
Calles jamás volvería al poder. Empero, la práctica del voto demostró que no
sólo estaban equivocados, sino que además su regreso sería aún mayor que en sus
mejores tiempos.
En una elección histórica el PRI recuperó el poder y su jerarquía. Jamás
en la vida democrática de México tanta gente había salido a votar. Las urnas se
llenaron y con ello se volteó el curso del barco, el control de la
administración del país cambió de manos y los priistas después de más de una
década se convirtieron nuevamente en la primera fuerza electoral.
Pero, ¿por qué? ¿Cómo volvió el sufragio a favor del PRI? Si una frase
dice que en la moda nada está escrito, con la asombrosa victoria de Enrique
Peña Nieto en 2012 se confirmó aquello de que en la política todo es posible.
¿POR QUÉ VOLVIÓ?
Los cambios siempre son buenos, suele decirse como refugio sentimental. Hartos
de los abusos de poder, la corrupción y la impunidad de los pasados gobiernos, los
mexicanos entregaron el mando en el panista más frívolo y lenguaraz del que la
historia tenga memoria: Vicente Fox Quezada.
Fox dirigió a la nación como si estuviera aprendiendo corte y confección,
haciendo remiendos de sus políticas públicas, zurciendo las rupturas de su proyecto
de gobierno, costurando alianzas que él mismo traicionó con el Partido Verde
Ecologista de México y elaborando un plan de reconstrucción nacional que
resultó patético y falto de todo propósito real. La alternancia democrática
llegó con el nuevo milenio, mediante un mesianismo intransigente y derrochador
de discursos. Por fin llegó el cambió –dijimos-, pero eso no significó nada.
Los malos manejos de los recursos públicos, los asesinatos impunes, el
acoso político, el cinismo de sus militantes y los escándalos de priistas
ligados con el narcotráfico fueron los que sacaron al PRI del poder. Sin
embargo, la moralina de los panistas y su incapacidad para gobernar fueron los
factores que lo restablecieron en la cúspide. Las preguntas arriba citadas tienen
aquí su debida respuesta: El PRI supo asimilar y corregir sus errores, y la
sociedad hizo un exhaustivo acto de conciencia.
La ineptitud del PAN quiso esconderse detrás de las excusas. Desde los
primeros días del gobierno panista, los nuevos inquilinos de Los Pinos
contrataron a los medios de comunicación y a periodistas, un puñado de
guardaespaldas verbales, para echarle la culpa al PRI de todo lo que el PAN no
podía resolver.
Todo lo que sucedía mal en México era herencia de las siete décadas
pasadas: “Es que si los priistas no hubieran hecho esto/Es que si antes de hacer
eso lo hubieran pensado dos veces/Lo que sucede es que nos heredaron un gran
bote de basura y vaciarlo implica un alto costo económico y mucho tiempo, pero lo
vamos a hacer/Nos tocó el trabajo sucio que le PRI no hizo/El país va por buen
camino, así que le pido a todo México que no le ponga el freno al cambio/Ustedes
lo han visto, señores, somos los verdaderos revolucionarios, los que le hacemos
la guerra a todos los problemas que sembró el priismo/etcétera”, frases como
éstas traslucieron la incapacidad, la nefasta forma de hacer política que
ensombreció a México y al partido del cambio.
Corrupción y violencia fue la carta de presentación del gobierno de Fox.
A unos cuantos meses de haber iniciado estalló el primer alboroto en la Casa
Presidencial con la compra de toallas con un costo de 4 mil dólares cada una.
Fue el primer vestigio de la podredumbre que serían los siguientes doce años.
En 2002 y 2003, fue descubierto que funcionarios del gabinete foxista estaban
ligados con los grupos delincuenciales, y que asesores íntimos del mismo ex presidente
eran cómplices y protectores de los cárteles del golfo y del pacífico. No hubo
tal cambio. Continuaron la corrupción, los crímenes de Estado y la ignominia.
El gran logro de Vicente Fox fue echar al PRI y enlazar seis años de
continuidad en el gobierno para su partido.
Con Felipe Calderón Hinojosa los mexicanos vivimos seis años con el “Jesús”
en la boca. La violencia desatada por la mal planeada y peor ejecuta guerra
contra el crimen organizado logró que el miedo se hiciera omnipresente hasta en
las iglesias.
Los treinta o cuarenta muertos diarios por la estrategia anti-narco amortiguaron
la sensibilidad social. Calderón hizo de un problema de seguridad social un
problema de seguridad nacional. El país se convirtió en un sembradío de
cadáveres, en una enorme fosa común desde Yucatán hasta Baja California. Al
término de su gestión ya no fue creíble la cifra de los 70 mil muertos,
pudieron ser muchos más.
Nada explicó mejor la indefensión de la gente en ese sexenio que el
comentario del ex secretario de gobierno Fernando Gómez Mont, en relación con la
matanza de 16 adolescentes y dos adultos en un barrio de
Ciudad Juárez en el transcurso de una fiesta, en 2010: “Lo he dicho y lo
reitero, sólo sometiéndose a la ley encontrarán respeto a sus vidas y a sus
familias. La lógica de matar para no morir es una lógica que está trayendo destrucción
y dolor a la gente”.
Lo que Gómez Mont dio
a entender es que la culpa de la masacre no fue del crimen organizado ni de la
guerra contra los capos, sino de los muertos. La madre de una de las víctimas dijo
durante el entierro: “A mi hijo lo mataron dos veces. La primera, los asesinos;
la segunda, el gobierno de Calderón al declararlo culpable nomás porque se le
antojó”.
EL PRI
MENOS PODEROSO
En doce años el PAN dio show y pasarela de su inutilidad como gobierno.
La gente se cansó de quejarse de la inflación, de los gasolinazos, de las muertes,
de no tener trabajo ni dinero para mantener a las familias. Una vez escuché “con
el PRI al menos teníamos para comer”. La voz venía de un anciano que se boleaba
los zapatos en la alameda de Tuxtla Gutiérrez mientras el bolero le decía: “El
PRI no es malo. Los malos fueron sus políticos”.
Quizá por eso alguien pintó en una barda en Tijuana, Baja California:
“Que se vayan los pendejos y que vuelvan los corruptos”. El PRI volvió, pero no
recuerdo un PRI con tan poco poder como el PRI de ahora.
En 2000, los priistas perdieron la presidencia, pero no perdieron el
poder porque conservaron el gobierno en 29 estados. En 2006, se volvió muy
poderoso porque era el partido que negociaba con el presidente Felipe Calderón.
En 2012, la fuerza política de los estados fue la que llevó a la victoria a
Peña Nieto, pero ésta ha venido decayendo. Si se suma la baja aprobación del
presidente y la pérdida del poder regional, tenemos al PRI más débil de la
historia y todo indica por las encuestas que van a perder tanto la Presidencia
como más gobiernos estatales.
¿Qué le pasó al PRI? Si sabía que para continuar gobernando a los
mexicanos tenía que sostenerse en su confianza, ¿por qué no cumplió sus
promesas, por qué no supo gobernar con prudencia, honestidad y sin monomanías?
Ayotzinapa, Tlatlaya, la Casa Blanca, el Chapo Guzmán, Javier Duarte,
Borge, los muertos del narco, si no son finalmente culpas del presidente Peña ni
del PRI, sí son pesadas lozas, monumentos a la estulticia que están por
enterrar cualquier aspiración en 2018.
De no suceder un milagro que cambie la historia de lo que ha sido del
PRI en estos cinco años, estaremos enfrentados ante una realidad peor que la
del PRI y el PAN juntos: la de Andrés Manuel López Obrador, el mesías tropical
que habla y se comporta igual que Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
Sin un liderazgo inteligente y sin una buena estrategia política, al PRI
se le acaba el tiempo para alargar su estadía en el poder. Como los objetos que
aparecen en los espejos retrovisores, el final del priismo está más cerca de lo
que aparenta. ¿Lo detendrán? ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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