EL DÍA QUE CONOCÍ A BUTRAGUEÑO


José Emilio Pacheco inició su legendaria columna, “Inventario”, en Excélsior, con una entrega sobre el golpe de Estado en Chile. El 11 de septiembre de 1973, Pinochet acabó con el primer gobierno socialista democráticamente electo. Las primeras imágenes del golpe fueron las del Palacio de la Moneda, donde Salvador Allende resistía valeroso bajo una densa nube de humo, y las del Estadio Nacional, convertido en un enorme campo de concentración. 

Cuando eso sucedió mi padre tendría algo así como once o doce años de edad, y dudo mucho que se interesara en asuntos de política internacional, de José Emilio mucho menos. Pero entre todos sus cachivaches que aún guarda en uno de los cuartos de su casa, que desde siempre la reconocimos como la “casita vieja” porque es la única parte de la casa original que nunca fue remodelada, encontré un ejemplar del periódico Excélsior que contiene una entrevista a Carlos Reinoso, Osvaldo Castro “Pata Bendita” y Alberto Quintano, futbolistas chilenos que jugaban en México, realizada con el propósito de recoger sus impresiones sobre la transformación del estadio en una cárcel de presos políticos.

Como suele pasar con toda celebridad, la intimidad extermina la fama de los ídolos. Reinoso, el histórico 10 del América, recibió al reportero en bata. Los pies que lanzaban pases milimétricos estaban enfundados en unas horrendas pantuflas de peluche. Y del mismo modo en que reaccionaron sus demás compañeros de selección, el mejor futbolista extranjero que ha venido al país declaró cualquier cosa y no quiso meterse en líos políticos.

Dice una frase del cristianismo que cuán insondables son los designios de Dios. En las rarezas de la vida, todo esto vino a mi mente al encontrar un viejo autógrafo de Emilio “El buitre” Butragueño que guardé hace muchos años entre las páginas de Las batallas en el desierto de Pacheco, el poeta que con su muerte nos echó a perder el domingo.

Yo iba por la firma de Hugo Sánchez, pero en el desaire me quedé con el del “Buitre”, el español que conquistó quince títulos en once temporadas con el equipo madridista y que terminó su carrera en México, en las filas del Atlético Celaya, allá por 1998.

LA CIUDAD DE MÉXICO

Era sábado. Mayo de 1996. Llegamos con mi familia a la Ciudad de México en un Ford Fairmont color blanco que luego fue amarillo canario, cómodo por dentro y bonito por fuera. No era un Grand Marquis, desde luego, pero casi. La diferencia estribaba en varios miles de pesos. Irónicamente, mi padre que ha sido toda la vida del Cruz Azul lo pintó del color del archiodiado América.

Mi papá es comerciante. Antes de la era de la globalización viajaba muy seguido a la capital a comprar mercancía. Por lo regular iba solo, pero en aquella ocasión fuimos todos. Nos acomodamos como pudimos. En el asiento delantero del coche iba él, mi mamá y mi hermana menor, en ese entonces de dos años de edad y piernas cortas. En el sillón de atrás, mi otra hermana y yo.

Recuerdo que mis padres nos despertaron a media carretera para que miráramos a la Mujer Dormida y el Popocatépetl. El cielo estaba claro y como apenas amanecía, la vista fue excelente. Hasta ahí todo iba genial. ¡Por Dios santo, estaba en la capital del país, la ciudad considerada como la más grande del mundo! Así fue hasta que en 2005 Tokio, Japón, le quitó la supremacía al albergar a más de 35 millones de personas. México se quedó en el segundo sitio, con 19 millones y medio.

Desayunamos en un restaurant del Centro Histórico. Para llegar ahí tuvimos que caminar varias cuadras. Los ojos me ardían. El ruido era terrible. Doquiera que miraras era un enjambre de gentes yendo y viniendo, desesperadas. A una de mis hermanas le dio alergia, tenía la nariz roja y no dejaba de estornudar. A veces al doblar una esquina te sorprendía una pestilencia. Así que con quince horas en el carro y tres en aquella urbe que parecía no tener fin, fueron suficientes para querer irme de allá de inmediato y no volver jamás.

Recorrimos el Centro Histórico. Muy bonito en verdad. Con sus tiendas elegantes, sus librerías de viejo, los lujosos restaurantes, los museos, el Palacio de Bellas Artes, donde cantó el Divo de Juárez y dio un recital con lleno total el  poeta Jaime Sabines, que en una fiesta en el Centro Mexicano de Escritores se acercó a Carlos Fuentes para decirle que le gustaba mucho su primer libro, La región más transparente, pero que prefería Aura. Fuentes le contestó con pedantería y el poeta se dio la vuelta dejando al escritor platicando con otros. “Este pendejo está creyendo que lo elogio para que escriba algo de mí”, le dijo Sabines a uno de sus amigos y jamás volvió a verlo.

En el Zócalo le robaron a mi papá una caja con mercancía mientras compraba unas pastillas para el vómito. No pudimos entrar al Castillo de Chapultepec porque estaba en remodelación. La visita al zoológico fue lo mejor del día, digo, para alguien rondando los trece años de edad ver a los leones y a los tigres detrás de una reja era todo un safari en la inmensa sabana de la Ciudad de México.

Xochimilco tiene una superficie de 122 kilómetros cuadrados, pero a mi papá se le borró del mapa. Nunca encontró la entrada. Dada la inconveniencia, volvimos al centro, dejamos el auto en el hotel y comenzamos a desplazarnos en el Metro. Si nunca ha viajado en ese transporte, entonces es de los que aún cree que morir ahogado o enterrado es lo peor que le puede pasar a una persona, pero eso no es cierto. Diariamente cinco millones de capitalinos se trasladan en Metro: es la lucha por el oxígeno y el milímetro. Por eso Monsiváis decía que el Metro “es el frotadero de almas en el vagón (los cuerpos ya no cupieron)”. Así que ante el lloriqueo de mis hermanas y después de tres o cuatro estaciones, volvimos por el automóvil.

Fuimos a la Merced, a Tepito y dimos un largo paseo por la Avenida Reforma. La última parada fue el hotel a eso de las once de la noche.

EL EXTRAVÍO

Nací con cierta predisposición de llevarle la contra a cualquiera. Así que en una familia donde todos le van al Cruz Azul, yo me puse la camiseta del América. Años más tarde corregí el rumbo y comencé a irle a la “máquina cementera”, que en los últimos 20 años nos ha dado una increíble lección de estoicismo. Cuando alguien me pregunta a qué equipo le voy, como buen masoquista, le contesto que al “frustrazul”.

Al día siguiente salimos a las ocho de la mañana. Volvimos al mercado de la Merced con la promesa de que después de las compras iríamos a Reino Aventura. Pero antes de que ir ahí mi padre tuvo la grandiosa idea de llevarme a conocer el Estadio Azul. Sólo íbamos nosotros dos. Ese día el equipo de mi infancia jugaba contra el Atlético Celaya, pero mi papá no alcanzó boletos.

Llegamos minutos antes de terminar el partido. La gente comenzaba a retirarse. Empero, en una de tantas vueltas acabé perdiéndome entre la multitud. Se me hizo fácil acercarme a una de las entradas del estadio y esperar ahí a mi papá, sin saber que a unos cuantos pasos estaba el pasaje por donde salían los jugadores. Mi ídolo era Carlos Hermosillo, de la máquina, pero sabiendo que en el Celaya estaba Hugo Sánchez me metí hasta el área de los autobuses para cazarlo y pedirle su autógrafo.

Había una larga valla metálica, donde muchas personas estaban ahí para lo mismo que yo. Un señor fue muy amable y me regaló una hoja de cuaderno. Vi pasar uno a uno a los jugadores. Los primeros en irse fueron los del Celaya, que perdieron el juego dos goles contra uno. El único gol de los celayenses lo había anotado Michel, ex futbolista del Real Madrid y compañero de Hugo y Emilio. Hoy es entrenador del Málaga, en la liga española.

Hugo Sánchez salió de los vestidores bien cambiado y perfumado, pero era indiferente. Malcarado. No les prestó caso a sus fanáticos. Alguien del público le gritó “eres un inútil, Hugo”, y éste le respondió con un “te voy a partir la madre, hijo de la chingada”. Sus compañeros lo detuvieron en el acto y casi a empujones lo llevaron al autobús. Me decepcionó.

Casi hasta el final venía Butragueño, con saco y corbata azul. Unos reporteros lo atajaron para entrevistarlo. Luego, fue firmando con amabilidad las hojas de papel que le tendían a la mano. La mía dice: “Para mi amigo, Mario. De su amigo El Buitre”. Casi a la mitad de la hoja, de abajo hacia arriba, en letras grandes y cursivas, dice: “Butragueño”. ¡Chao!

@_MarioCaballero

yomariocaballero@gmail.com

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