“¿Quién
manda en ese territorio?”, pregunta un personaje del cuento ‘Luvina’ de Juan
Rulfo. En el cuento, cuando alguien se refiere al Gobierno y dice que su madre
es la patria, otro responde: “El Gobierno no tiene madre”. En respuesta a la
pregunta, la partidocracia mexicana es quien ha mandado en este territorio.
A
diecisiete años de la alternancia democrática en México, los partidos políticos
son más un obstáculo que un instrumento de la democracia. Gozan de descrédito,
pero siguen incrustados en el poder, donde hacen negocios millonarios. Y poco
les importa la opinión que se tengan de ellos, porque se asignan recursos sin
la más mínima supervisión ciudadana. En cualquier evaluación todos ganan en dos
grandes rubros: la corrupción y la impunidad. La transa produce.
Si
algo han dejado claro los últimos procesos electorales es que la clase política
sigue interesada en lo que siempre ha estado interesada: en su perpetuidad en
el poder para agenciarse de una u otra manera todos los privilegios y ventajas
que implica ser parte del aparato político mexicano. No faltará quien diga que
no todos los partidos son iguales y que hay que tener mucho cuidado con la generalización.
Algo hay de cierto en esto.
El
PRI ha tenido la habilidad del camaleón para venderse como una institución
intachable, sin mancha, irreprochable, al mismo tiempo que se le descubren asquerosidades
que cada vez son peores y más pestilentes que las anteriores. Sin embargo, las
tropelías no se limitan al PRI. Ni de lejos. Porque de alguna u otra manera
todos los partidos tienen una larga cola que les pisen y ninguno ha dado
muestra de ofrecer ese camino hacia la reconciliación que el país necesita
entre gobierno y gobernados, partidos y ciudadanos. Al final de cuentas, a los
organismos políticos les interesa la política y después, mucho después, los
mexicanos.
Esta
es una verdad que no se le escapa a nadie. De ahí que sea natural la añoranza
de una figura diferente, de propuesta, fresca, esperanzadora. Debemos darnos
cuenta que la sociedad ya no vota por los partidos sino por la gente, por el
perfil de los candidatos, por los ciudadanos que le ofrecen lo que nunca han
logrado darles las organizaciones. Y esto es lo que todos debemos impulsar.
PERSONAS
Y NO PARTIDOS
El
triunfo de Emmanuel Macron como presidente de Francia trajo consigo un fenómeno
muy revelador en México: el entusiasmo por la llegada de una figura política
que prometa independencia con los vicios del sistema se debe al hartazgo de la
gente hacia los partidos que navegan entre el cinismo, los delirios de grandeza
y la incapacidad de gobernar.
Hace
casi treinta años, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, el hijo del General que traía
un nombre mítico, simbolizó en el lejano 1988 la entrada a ese paraíso
inexistente e inaccesible para los mexicanos: la democracia.
El
perfil de Cárdenas Solórzano, como el de Macron, era interesante no sólo porque
era un político exitoso, de gran trayectoria y buen gobernante, sino que al tener
el valor y la inteligencia de levantar un movimiento que se conoció como la
Corriente Democrática, que surgió incluso en el partido oficial, le dio voz a
una inconformidad muy amplia y generalizada en la República: la inconformidad
por el deterioro económico del país, por los niveles de vida, por la entrega de
la nación a intereses extranjeros, por la vulneración de la soberanía, por la
corrupción y el desvío de los objetivos democráticos.
Cárdenas
fue un líder que logró concretar un acuerdo histórico entre tres partidos que
formaron el Frente Democrático Nacional (FDN). Con esa coalición se llevó a
cabo la más amplia y participativa campaña política de los últimos cincuenta
años. Pero a pesar del fraude electoral en la jornada del 6 de julio, con el
que la izquierda política nacional perdió la Presidencia, lo que un día inició
Cárdenas dio lugar a un movimiento de la sociedad que excedió a los partidos y
cuyas consecuencias se viven hasta el presente.
A
partir de ese momento se entendió que el pueblo no quería saber más de los partidos
y la partidocracia, sino que se entendía mejor con las biografías, currículums y
perfiles de las personas. Eso llevó finalmente a Cuauhtémoc Cárdenas a ganar la
Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México el domingo 6 de julio de 1997. Así fue
como obtuvo la democracia una de sus primeras victorias ante el autoritarismo
del tricolor.
Hace
tiempo escribió Simone Weil que “un partido político es una máquina de fabricar
pasión colectiva”. Pero tarde o temprano, el partido distorsiona la realidad
para beneficiarse de ella y confunde los medios con los fines. Es decir, las
convicciones se olvidan en aras de conseguir más dinero, más militantes y más
puestos de poder. Este afán los envileció y degradó, a tal punto que nadie cree
en ellos.
Muchos
dirán que Vicente Fox llegó en el momento en que ya nadie quería saber más del
PRI y que por eso ganó. No obstante, su perfil no era el común entre los
políticos ni entre los candidatos del momento a la Presidencia, pues era un
hombre de gran visión empresarial que en tan sólo ocho años alcanzó la
presidencia de la división de América Latina de la compañía Coca-Cola. Por esa
y otras razones biográficas, la sociedad le dio su consentimiento para que él
fuera quien inaugurara una nueva etapa en México, el de la alternancia
democrática.
En
Chiapas, por ejemplo, Pablo Salazar Mendiguchía terminó con la supremacía del
PRI por mostrarse ante la sociedad como una persona venida de la clase humilde,
luchona, con arraigo familiar, hijo de maestros rurales y de vocación
evangélico-cristiana. Su perfil le fascinó a la gente y lo dio su voto en las
elecciones de 2000. Era del PRD, pero muy pocos se dieron cuenta de eso.
Lamentablemente, fue un rotundo fracaso.
En
2006, la lucha por el poder no fue entre partidos, sino entre los nombres. Por
un lado estaba el ex priista Juan Sabines Guerrero con una meteórica carrera política
que lo llevó a cosechar varias victorias al hilo y con su famoso apellido. Sólo
eso. Por el otro, José Antonio Aguilar Bodegas, priista de toda la vida pero
gozoso de su buen prestigio, que lo postulaba como el mejor para gobernar el
estado entre otras cosas por su larga trayectoria política, sus resultados y su
valiosa experiencia en la administración pública.
En
2012, ningún otro candidato al gobierno de Chiapas tenía el reconocimiento, la
trayectoria, la experiencia y el carisma de Manuel Velasco Coello, que ganó la
elección con un millón 114 mil votos. Fue postulado por el PVEM y el PRI, pero
eso de nada importó. Triunfó el hombre y no las siglas.
De
votar por los partidos, la gente pasó a confiar en las personas.
CIUDADANIZACIÓN
Hoy
los gobiernos, especialmente en Latinoamérica, están rebasados por muchas
causas y el deterioro de las instituciones es evidente, incluyendo a los
partidos políticos. Frente a ello es necesario oxigenar la vida pública como lo
han hecho las democracias consolidadas de Europa. Se debe ciudadanizar la
política, lo cual requiere poner en el centro de las decisiones al ciudadano,
no a los partidos ni a sus ideologías. La persona y su desarrollo debe ser el
punto neurálgico de la vida pública.
Por
eso es encomiable que en el PRI nacional se esté cocinando una reforma
estatuaria que propone abrir todas las candidaturas del partido, aun la de la
Presidencia, a “ciudadanos simpatizantes” con buen nivel de competitividad, distinción
y aprobación en el electorado con base en su prestigio y encuestas. No será del
agrado de todos los priistas, pero es un avance en la democracia y un fuerte
estímulo para la credibilidad del propio partido.
Si
el 2000 fue el año de la alternancia democrática, el 2018 puede ser el inicio
de una etapa en la que se solidifique lo que empezó hace casi tres décadas con
Cuauhtémoc Cárdenas, donde los partidos pasen a segundo término para darle paso
a las personas. Obvio, es un anhelo que surge del hartazgo y la indignación. Pero
también de la esperanza de renovar la clase política de México.
Si
los partidos fallaron, bienvenida sea la era en que se abre un ámbito de
ciudadanización de la política, donde los puestos de gobierno se disputen entre
la inteligencia, el honor, el prestigio, el buen nombre y la fama pública de
las personas. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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