Los padres de los 43 normalistas desaparecidos realizarán una protesta
frente al Palacio de Gobierno de Yucatán el próximo 22 de julio. El objetivo es
pedir el apoyo de la sociedad yucateca “para que no se olvide la represión”.
Se entiende el dolor. Creo que para un padre perder a un hijo no es un
trago fácil de digerir. Pero me pregunto: ¿A qué horas trabajan estos señores y
señoras? ¿No tienen en sus casas a nadie más a quien cuidar? Y si no trabajan
por estar de gira por todo el país, incluso en el extranjero, ¿de dónde
obtienen el dinero para pagar los gastos de su ya larguísima campaña de
disconformidad?
El caso Ayotzinapa es sin duda la losa que sepultó al gobierno de Peña
Nieto. Luego de 33 meses ya no se sabe qué es lo más lamentable, si el
infortunio de los normalistas o los crímenes impunes suscitados en las
protestas.
Las manifestaciones forman parte de la vida pública y democrática de
nuestro país, pero eso de que se pretenda justificar la violencia argumentando
que se trata de solidaridad con las familias de las víctimas y que el
vandalismo tan sólo es un método para presionar al gobierno, es engañar al
pueblo. Y también lo es el calificar el atentado contra los normalistas como crimen de Estado.
Si incendiar inmuebles, tiendas, autobuses de pasajeros, secuestrar camiones,
autos, casetas de cobro, tomar edificios públicos, plazas y centros comerciales,
bloquear calles, tramos carreteros, accesos a la ciudad, causar destrozos,
violar los derechos del pueblo, pasar por encima del Estado de Derecho y
provocar la ira en contra del gobierno, no es desestabilización social -como lo
afirman los demandantes- entonces ¿qué es? Obviamente no puede ser solidaridad.
Por desgracia los mexicanos han sido arrastrados por el calor del
momento, la desinformación y el juego de intereses políticos que están detrás
de la propaganda “crimen de Estado”. Cayeron en una terrible ceguera colectiva. Además, los
familiares de los desaparecidos han venido despreciando las evidencias de las
investigaciones por volcar su atención en lo que quieren escuchar, sin
importarles que eso fuera información falsa.
Al creer la mentira, la sociedad se hizo cómplice de la calumnia y no
sólo al acompañar el movimiento, también por perdonar el espectro de acciones delincuenciales,
ejercicios de supremacía, desdén por los derechos humanos y anarquía salvaje de
los manifestantes.
AJUSTE DE CUENTAS
No hubo crimen de Estado. La declaración del reo identificado como Gildardo
López Astudillo, El Gil, miembro de los Guerreros Unidos, despejó
muchas dudas respecto al ataque a los normalistas.
El Gil dijo que se comunicó por mensaje vía celular con la cabeza de la organización,
Sidronio Casarrubias, al que le dijo: “Nos atacaron Los Rojos (banda criminal),
nos estamos defendiendo”. Sidronio, a salvo en una cabaña en Valle de Bravo,
Estado de México, le respondió que procediera. El Gil trasladó a los
normalistas en dos camionetas hasta un tiradero de basura de Cocula, Guerrero, donde
con otros sicarios los fue matando uno por uno, arrojándolos al fondo de la
barranca, donde hicieron una hoguera y los quemaron durante doce horas.
A las cinco de la tarde del siguiente día, bajaron a recoger las cenizas
de los cuerpos y las metieron en costales que agujerearon para regarlas a lo
largo del río Atoyac.
El sábado 27 de septiembre, El Gil volvió a comunicarse con Sidronio y
le informó: “Jefe, los hicimos polvo y los echamos al agua. Nunca los van a
encontrar”.
Agrego otros datos:
1. De acuerdo con información oficial no fue una
persecución y una balacera. Las declaraciones de los detenidos sugiere que
fueron más de tres los enfrentamientos con los normalistas.
2. Los estudiantes estaban armados. Cuando los
policías disparan contra los camiones, varios “estudiantes” bajaron y respondieron
a la agresión con armas de fuego. Estando en la carretera, amenazan a los
automovilistas y les roban sus autos para huir del tiroteo.
3. A uno de los estudiantes herido durante la
primera balacera, que después fue ultimado de un tiro en la frente y desollado,
le arrancaron los ojos.
4. Policías de Iguala y de Cocula, que confesaron
estar ligados al crimen organizado, entregaron a los 43 normalistas a los Guerreros
Unidos.
5. Los estudiantes capturados fueron identificados
como integrantes de la banda de “Los Rojos”.
6. Algunos de los 28 cuerpos descubiertos en las
fosas clandestinas se encontraron desmembrados, desollados y sin ojos.
Si el asunto se hubiera tratado de un escarmiento del gobierno hacia los
estudiantes por haber secuestrado los camiones para trasladarse de Iguala a
Chilpancingo, todo hubiera quedado en el puro susto y en una reprimenda
ejemplar, pero no fue así. Cuando la persecución empezó el objetivo de la
policía no era detenerlos y consignarlos, sino matarlos. Por eso les dispararon
aun estando en los autobuses, matando a las primeras seis víctimas.
Ahora, suponiendo que fue planeado por el gobierno de Enrique Peña para
hacer valer su superioridad y soberanía, no habría sido necesario matar a casi medio
centenar de estudiantes y torturarlos de esa manera. Si la intención fue dar un
mensaje político, entonces se les pasó la mano. Sin ir más lejos, una causa
política cualquiera que esta sea, no requiere de un mensaje de terror y mucho
menos del uso de esos métodos.
No hubo crimen de Estado. Si nos atenemos al cerco informativo podemos asegurar
que todo se trató de un ajuste de cuentas entre bandas criminales, porque la
saña con que mataron a los estudiantes, desmembrándolos, quitándoles los ojos y
quemándolos hasta las cenizas, es propio de los especialistas en causar terror.
O ¿de qué otra forma se puede entender el odio con que fueron perseguidos,
torturados, castigados y finalmente ejecutados?
No hubo crimen de Estado. La ferocidad en el caso Ayotzinapa no es un procedimiento
que use el gobierno, pero sí las bandas criminales.
MANIPULACIÓN POLÍTICA
Los encapuchados que se enfrentaron a los policías el 20 de noviembre de
2015 hacen suponer que hasta pueden ser los mismos que se aparecieron el día primero
de diciembre de 2012 en Palacio Nacional, para impedirle el paso al Presidente
Enrique Peña Nieto. De ser cierto, se confirma la tesis que detrás de todos los
movimientos y manifestaciones abanderadas bajo la consigna de “Vivos se los
llevaron, vivos los queremos”, hay políticos y grupos antagónicos que buscan
desquitarse de sus fracasos electorales.
Uno de ellos es Andrés Manuel López Obrador, que primero permaneció en un
largo silencio para luego salir afirmando que, en primer lugar, nunca conoció
al ex alcalde de Iguala José Luis Abarca, cuando fue él mismo el que operó para
que ganara la alcaldía. Segundo, con su cinismo acostumbrado aprovechó la
oportunidad en el Zócalo de la capital del país para exacerbar el ánimo de los compañeros
y padres de los normalistas desaparecidos, y exigir la renuncia del Presidente
de la República al que calificó como asesino.
Impunidad y no justicia, es lo que hay detrás de las manifestaciones.
Anarquistas y no defensores de los derechos humanos son los que convocan,
organizan, subsidian los gastos y dicen cómo actuar para supuestamente
presionar al gobierno. Revanchismo y no lucha social, es lo que impera y mueve
ciegamente a la gente.
Vándalos y no mártires, es lo que eran los estudiantes aniquilados,
porque a sus comprobados nexos con el crimen organizado se suman los agresiones
y asesinatos que han cometido, como el del 12 de diciembre de 2011, donde al
prenderle fuego a una gasolinera en Chilpancingo, Guerrero, matan de quemaduras
graves al despachador Gonzalo Miguel Rivas Cámara. También están los delitos
por secuestro de camiones del servicio público y los constantes bloqueos en la
autopista del sol.
Para entender el drama hay que observar tres cosas: el empecinamiento
por culpar al gobierno de los homicidios, el material político que significa
hacer creer a las multitudes que los estudiantes aún siguen vivos y que por eso
es la insistencia de marchar, reclamar y destruir, y que no eran simples y
comunes estudiantes, sino miembros del crimen organizado.
Pero al final de cuentas no hay peor ciego que el que no quiere ver. Lo
digo para aquellos que no quieren que se olvide la “represión”. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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