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No
miento. Te lo juro. Aunque a la verdad no espero que me creas –me dijo Alfredo
hace unos cinco años. Murió hace dos.
Conocí
a Alfredo Castillejos en mi natal Arriaga. Vendía cocteles de mariscos en un
Rambler Cross Country de principios de los sesenta, al lado de la carretera costera
rumbo a Tonalá. Aprendió el negocio de su tío Eliseo, un maestro de primaria en
la Ciudad de México que abandonó su trabajo por cuidar a su madre enferma de
diabetes. Pero una vez que ella falleció, su tío se regresó a la capital y le
dejó encargada la marisquería móvil que con el tiempo pasó a ser de su
propiedad.
Vivió
casi toda su vida en la casa de sus abuelos, junto con su madre, su hermana
menor y su tío Agustín, un hombre robusto, de abdomen prominente y voz de
tenor. En este momento esa casa está abandonada. Cada dos o tres semanas la
hermana de Alfredo llega a abrir las ventanas, a sacudir el polvo y cambiar las
sábanas de las camas. Recomendaciones que le dejó su madre antes de morir y que
ella está empeña en cumplirlas al pie de la letra.
Ahí
estuve con Alfredo hace cinco años. Sentados cada quien en una hamaca en un
corredor iluminado con luz cenital. Era de noche. Tomamos café. Y una vez
entrados en confianza me relató parte de su vida. Triste, por cierto. Me contó
que él y su hermana nacieron en el Distrito Federal, pero que desde muy pequeños
los llevaron a vivir a Arriaga. Su mamá era enfermera y su papa afanador en un
hospital del IMSS, pero se divorciaron. Su padre se quedó en México y su mamá
los trajo con su familia.
Y
sin avisar, soltó la bomba: “Me voy a morir, Mario”. Pues si no dejas de sacar
humo como una chimenea yo creo que sí, le respondí. Ojalá fuera eso, recibí de
vuelta. A lo que creí que como su abuela murió a consecuencia de la diabetes,
al igual que su abuelo y su mamá, que quedó ciega un año antes de morir, él
había heredado el mal congénito. “Se ve bien por fuera, pero ha de estar hecho
pedazos por dentro”, pensé.
-
Como
me da la sensación de que te vas a pasar la mayor parte de la noche
escuchándome, será mejor que vayas pensando alguna otra cosa para tomar. Y, por
favor, dame el privilegio de invitarte –dijo, y la curiosidad me embargó.
-
Así
estoy bien. No, no te preocupes. Cuéntame. ¿Por qué dices que te vas a morir?
–le pregunté.
-
No
lo digo yo, me dijeron. Y no fue mi doctor. Tampoco un brujo porque no soy
fanático de esas cosas. No miento. Te lo juro. Aunque a la verdad no espero que
me creas. Sólo quiero que me escuches. Y si alguna vez decides contarle a
alguien lo que hoy yo te voy a decir sólo te pido como amigos una condición:
hazlo cuando yo ya haya muerto. Te lo suplico.
-
Claro
-le dije.
-
Sucede
que tres noches después de que murió mi mamá vi el carretón de San Pascual
Bailón. Aquí nada más afuerita. La última vez que alguien me dijo que había
pasado fue hace muchos años, exactamente cuando murió Omelino. De hecho él fue
el que me lo contó. Un día se emborrachó y no quiso entrar a su casa, como hacía
mucho calor se durmió en el patio, sobre un montón de arena que tenían ahí.
Y
cuando pasó el sombrerón dijo que lo vio: “Un hombre grande, vestido de negro,
con sombrero de charro. Tiene espuelas en sus botas que van sonando conforme
avanza la carreta. Va montado en un caballo negro de ojos rojos. Feo. Como
muerto. Que va jalando una carreta con un ataúd”, me contó. Según –dicen- que
lleva un muerto. Pasó casi a su lado. La barda de su casa es como de un metro
de altura, y como estaba sobre la arena, al sentarse lo vio. Fácil.
Me
pasó lo de Omelino. Escuché ploc-ploc-ploc-ploc, como tablas de madera
chocando, y me asomé a la ventana. Rechinaban las ruedas al pisar las piedras.
Eran como las tres de la mañana. Lo vi. Iba montado en su carreta. Un caballo
negro, gigante, lo jalaba. Y al pasar frente a donde yo estaba, me volteó a
ver. Tenía cara de calavera. Y con su mano izquierda me señaló el ataúd que
llevaba de detrás. Negro y de vuelitos de encaje. Dicen cada uno lo mira
diferente. Algunos han dicho que es madera lisa. Otros que lo han visto abierto
y labrado en los costados.
Si
quieres no me creas –te repito, Mario-, pero haz de cuenta que lo vi como si yo
hubiera estado de rente al ataúd. Más cerca de lo que estamos tú y yo ahora. El
miedo que sentí hizo que me agarrara con las dos manos de los barrotes de la
ventana. El ataúd iba abierto. Y el muerto era yo. Te lo juro.
-
¿Y
qué hiciste? –pregunté.
-
Lo
único que se puede hacer en esos casos –respondió-: temblar, llorar y rezar
–dijo y soltó una risilla nerviosa.
-
¿Se
volvió a repetir?
-
No.
No sé muy bien que haya visto esa noche, pero creo que vi al mismísimo diablo. Y
te aseguro que he visto al diablo tres veces, Mario –dijo con un suspiro.
-
¡Ah
bárbaro! –espeté sobre el breve espacio de silencio. Y esta vez el de la
risilla nerviosa fui yo.
-
La
primera vez, allá por los baños, jugaba con mi hermana en la hamaca. Ya era de
noche. Mi mamá se estaba bañando. Yo tal vez tendría unos diez años. Y, pues,
ya ves que en todo el sitio (terreno) hay tres casas, ésta de teja fue la de
mis abuelos. Esa de ahí en medio, que quién sabe por qué no la construyeron a
la orilla de la calle, es de unos tíos que viven en la entrada de Arriaga, y
también venden cócteles. Y la del fondo, la que está en obra negra, sí, la del
rincón, esa es de mi tía Chabelita, la de Tuxtla.
Bueno,
para no hacértela más larga, Lulú (hermana) y yo vimos una persona parada justo
en la casa de mi tía Chabelita, por la parte de afuera, enorme, como de dos
metros de altura si no es que más. Tenía la cara pegada a la pared. Desde donde
estábamos su piel se veía roja negruzca. ¿O rojo quemado?, no sé cómo se dice
–como sea, le dije. Prosigue, por favor-. Nos aterramos, de milagro no me oriné
en el pantalón, pero aún con miedo nos levantamos de la hamaca y fuimos acercándonos
poco a poco, por el lado que da a la calle, que es donde hay más menos árboles.
Así que si nos atacaba teníamos el espacio despejado para correr y era probable
que alguien nos mirara desde afuera, pues puedes ver que no tiene barda sólo el
alambrado.
Bueno.
Nos acercamos por su lado izquierdo. Tenía alas. En serio. La cabeza deforme y
alargada, hacia arriba. Y cuando estuvimos a unos diez metros de distancia
sentimos un olor feo, como a cosa podrida. Nos volteó a ver sin girar el
cuerpo. De su frente salían dos cachos como de cabra. Soltó una risa como de
las películas de terror y caminó hacia el terreno de a lado, muy despacio, y
desapareció. Corrimos a contarle a mi mamá, pero no nos creyó. “¡Tán locos!”,
nos dijo.
La
segunda vez hasta lo toqué. Por ésta –dijo besando la señal de la cruz en su mano
derecha-. También era de noche, alrededor de las nueve. Mi hermana estaba
lavando los trastos en el lavadero que está al lado del baño. El que está aquí –señaló
a la casa de sus abuelos- todavía no existía y el de la casa de mis tíos no nos
dejaban utilizarlo. Mi mamá me mandó a decirle a Lulú que se apurara porque
todavía le hacía falta limpiar la cocina. Así que fui.
-¡Perdón!
¿Qué edad tenías en ese entonces?
-Como
catorce. Sí, más o menos. Creo que ya estaba en segundo o tercero de secundaria
–y ¿qué pasó?, dije- Pues recuerdo que me la encontré a medio camino, pasando
el Flamboyán que está donde termina el ancho de la casa de en medio, de aquí
donde estamos para allá. “Dice mamá que te apures” -le dije-. Ya terminé -me
contestó-. Pero si todavía huelen mal, vuélvelos a lavar –refuté-. Ella se dio
la vuelta y la empuje despacito por la espalda. Pero mi sorpresa fue que cuando
regresé con mi mamá, en la cocina de aquí, Lulú venía saliendo de la casa.
¿Qué
haces aquí? -le dije-. Pues aquí vivo, menso -me respondió-. ¡Hey! ¿Qué pasó
con esa boca? -gritó mi mamá, que limpiaba los frijoles en el comedor-. Y tú
¿por qué tardaste tanto? -me preguntó-. Fui a decirle a Lourdes pues que se
apurara con los trastos –contesté-. ¡Sí, cómo no! Si yéndote estabas cuando
ella entró con la vasija de los platos –dijo-. Sentí que se me enchinó la piel.
Corrí de vuelta al lavadero y vi que Lourdes caminaba en la oscuridad hacia la
casa del fondo, riendo como loca. Y lo que noté es que los pies los tenía al
revés.
COROLARIO
Alfredo
Castillejos murió igual que Omelino: después de una larga agonía donde ningún
médico supo diagnosticarle la enfermedad que lo mató. Se fue poniendo flaco, la
piel se le fue pegando a los huesos y sus ojos eran dos enormes pozos. Y así como
una vez me dijo Alfredo, no espero que me crea, apreciado lector, pero esto fue
lo que escuché. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmaill.com
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