El
viernes 19 de mayo fue golpeado un ucraniano por una turba que ya no pudo soportar
más sus ofensas. Algunos dicen que el inmolado se lo ganó. Otros más aseguran que
le fue bien porque nadie pretendía darle un escarmiento: lo que querían era matarlo.
El hecho sirve de alegoría para un país arrasado por la violencia donde los
linchamientos amenazan con transformarse en un rito justiciero.
De
dicha somanta ocurrida en la ciudad de Cancún, Quintana Roo, han resultado hasta
el momento 20 policías suspendidos, dos expedientes judiciales y un muerto,
Carlos Eduardo Gutiérrez Gutiérrez, de 20 años de edad, apuñalado por el ruso Aleksei
Makeev durante la agresión.
En
México, un territorio sembrado de muerte por la guerra contra los capos de la
droga, donde la clase gobernante está más interesada en las próximas elecciones
que en solucionar la inseguridad, el hambre, la pobreza y la desigualdad, se
dejan pasar “nimiedades” como la que un extranjero con antecedentes de
violencia en su país de origen, al que además en diciembre del año pasado le
cancelaron su permiso de residencia y lo obligaron a abandonar el país pero que
por quién sabe qué cosa logró quedarse como residente permanente, se dedique a
agredir a mujeres, ancianos y niños con total impunidad.
Los
vecinos de Makeev aseguran que éste no tenía buena relación con nadie. Gabriel,
que vive al lado de la casa del ruso, relata que a toda persona que se topara en
la calle le decía “macaco”, “mono” o “negro”. También -dice- que le gustaba provocar
a la gente para liarse a golpes. En fin, era un tipo arrogante, abusivo,
bravucón, prepotente, majadero que supo ganarse la paliza.
Constantemente
subía vídeos a internet en los que insultaba a los mexicanos. Decía ser nazi. En una de esas grabaciones asegura
haber violado a una mujer. En el minuto 08:11 de la filmación, se escucha:
“Ella gritaba no, no, no. Y pues yo la violé”, confiesa. “Así nomás, sin
prepararme, sin condón, porque ella gritaba que no. Al día siguiente yo andaba
revisando que ella no vaya a la policía a decir que la violé”.
ASÍ
OCURRIÓ
La
noche en que este individuo fue apedreado, una mujer y un niño entraron a una tienda
ubicada en la esquina de la cuartería donde él renta una vivienda. Éste los
insultó y los golpeó, según cuenta una testigo. Un par de hombres le reclamaron
y él se metió a su casa, subió a la azotea y desde ahí comenzó a despotricarles
groserías. Al cruce de las agresiones verbales se fueron sumando otros vecinos,
incluso gente de otras zonas. En las redes sociales alguien colocó la
convocatoria Lavar la afrenta. Y a los pocos minutos de haber sido ésta difundida,
en la calle se habían reunido al menos cien personas.
Al
lugar llegaron cerca de treinta policías a bordo de seis patrullas de Seguridad
Pública, pero ninguno de ellos intervino ante la exigencia de la gente de que
detuvieran al ruso. Nada más se acercaron para preguntar qué era lo que estaba
sucediendo. Pero pasados unos cuantos minutos se encaminaron hacia las patrullas
y abandonaron el lugar. La gente se enfureció y ahí fue cuando las cosas se
salieron de control.
Mientras
unos lo amenazaban y le gritaban, otros comenzaron a lanzarle piedras. Doña
Kena, vecina de Makeev, narra que unas veinte personas lograron entrar en la
casa. El primero fue Carlos Eduardo Gutiérrez, con quien ya traía pleito desde
hace tiempo. El ruso fue listo y lo esperó detrás de la puerta, y al verlo entrar
lo hirió con un puñal, mismo que mostraba en los vídeos. Con las manos puestas
en la herida, Carlos salió de la casa y murió desangrado en medio de la calle.
El
sujeto trató de huir. Volvió a subir a la azotea y saltó hacia la del vecino. Pero
no pudo protegerse de la lluvia de piedras que la turba le lanzaba. El
linchamiento era grabado por los teléfonos celulares y transmitido en vivo a
través de las redes. Si los policías hubieran actuado en su momento, esto nunca
hubiera sucedido.
Makeev
fue acorralado. Las piedras le caían una a una sobre el rostro, la cabeza, los
brazos, las piernas, en el abdomen. La gente, llena de ira, no paró de lanzarle
proyectiles hasta que vieron al extranjero bañado en sangre. Los elementos de
seguridad pública regresaron, pero tardaron cuarenta minutos en hacerlo. Para
ese entonces la venganza había sido cobrada, haciendo justicia por propia mano.
El
ruso fue trasladado al nuevo Hospital General de Cancún, donde los médicos
reportaron su estado de salud como grave. Afirman que debido a una de las
piedras que lo golpeó en la cabeza, lesionando un área del cerebro que coordina
los movimientos de las extremidades, su cuerpo podría quedar parcialmente
paralizado.
¿Justicia?
Muchos piensan que sí.
MUERTO EL PERRO…
Lucio
Cabañas nació en un pueblo que contradecía su nombre, El Porvenir, y se dedicó
a la enseñanza primaria. Pero pronto se dio cuenta que era imposible educar a
los niños cuya mayor necesidad no era el estudio, sino el alimento. Al igual
que otro maestro, Genaro Vázquez, creó un movimiento para mejorar la vida de
sus alumnos y se topó con la cerrazón del gobierno. Así, con el tiempo, quienes
enseñaban a leer y escribir radicalizaron sus métodos de lucha para hacer valer
sus derechos.
Esto
mismo está sucediendo con las personas en varios estados de la República, que
al no encontrar en el gobierno la solución a la violencia y a la inseguridad, están
tomando la justicia por su propia cuenta, sin importarles las consecuencias
legales o fatales que esto contraiga.
Dice
un refrán que muerto el perro se acabó la rabia. Lo que sucedió en Cancún el
pasado fin de semana, ocurre todos los días en todo México. Puebla, Estado de
México, Ciudad de México, Baja California, Guerrero y Tamaulipas son los
estados donde se registra el mayor número de casos.
En
2015, ocurrieron 70 linchamientos en el país. De acuerdo a una investigación realizada
por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), reveló que en los últimos 26
años se llevaron a cabo alrededor de 366. Una cifra alarmante. Así que la
ejecución del ruso no es una noticia nueva.
Lo
que pasó en Cancún ¿podría decirse que es un fallo de la sociedad? Por el lado
que quiera verse, todo lo ocurrido puede ser justificado: el ciudadano ruso era
agresivo y la policía no hizo nada para detenerlo. Y la gente actuó de acuerdo
a sus necesidades de seguridad y justicia del momento.
Sin
embargo, los linchamientos son una crisis social derivada de la impunidad y la
debilidad del Estado de Derecho. Con una autoridad inmoral e indiferente,
procuradores de justicia corruptos, policías ineptos e instituciones
secuestradas por la clase política, ha dado pie para que los pobladores
emprendan antiguos métodos de justicia. Por eso no es extraño que en las
entradas de las colonias se vean mantas con la leyenda: “Si te agarramos
robando, ya valiste madre y te linchamos”.
Lo
peor es que no hay señales de que la situación vaya a cambiar en el corto
plazo. Siendo México el segundo país con mayor impunidad en el mundo, donde del
total de las denuncias sólo 4.4% alcanzan sentencia condenatoria, según informes
del ENVIPE, y sólo el 28.4% del personal de seguridad pública está aprobado.
Por otro lado, las tasas del delito de feminicidio, por ejemplo, crecieron en
el primer trimestre de 2017. El 73% de estos casos registrados en el Estado de
México, las víctimas habían denunciado ante las autoridades ministeriales a su
victimario, pero no se actuó a tiempo para evitar los crímenes.
Sin
duda, acudimos a un tiempo en el que Estado está fracturado. No puede detener
la violencia de las bandas criminales y tampoco es capaz de ofrecer seguridad o
una salida oportuna. De tal suerte que el “ojo por ojo” y los linchamientos a toda pastilla son una
alternativa de la iniciativa popular que sigue creciendo y que amenaza con establecerse
y repetirse tantas veces sean necesarios.
El
Che Guevara pasó su última noche en una escuela rural. Ya herido, contempló una
frase escrita en el pizarrón y le dijo a la maestra: “Le falta el acento”. La
frase era “Yo sé leer”. Ya derrotado, el guerrillero volvía a otra forma de
corregir la realidad. A nuestro país le hace falta el acento: la hora de
cambiar la realidad imponiendo el orden y la seguridad para que no regresemos
al siglo diecisiete. ¿Llegará el momento de ponérselo? ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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