“La
religión es el opio de los pueblos”. La frase de Karl Marx se ha convertido en
la última década en uno de los grafitis más sonados de la historia. La acabo de
ver pintada en spray sobre una pared de cantera verde, en Tuxtla Gutiérrez. Su éxito
comprueba la fuerza de lo que critica. Porque en nuestros días es difícil
encontrar sociedades ajenas a la fe, a la superstición o al consumo de forma
moderada de la teología. Si algo define a esta época es el uso que le damos a
lo religioso para justificar nuestra conducta.
En
la noche del jueves, París volvió a ser víctima del terrorismo, según anunció
el presidente francés François Hollande. Poco después el Estado Islámico (EI) se atribuyó el
atentado ocurrido en la turística avenida de Los Campos Elíseos, donde un
hombre mató a un policía e hirió de gravedad a otros dos. El incidente
conmocionó a todo el país que lleva más de dos años en estado de emergencia por
la serie de atentados extremistas que en este tiempo ha dejado más de 230 muertos.
Mientras
la religión ha desaparecido en muchas naciones como tema de estudio en las
escuelas, México por ejemplo que se declara Estado laico, aún existen
sociedades en el mundo que abrazan idolatrías como el islamismo, que fundamentado
en el Corán despliega urbi et orbe
una oleada de terror en la que la matanza de gente inocente se debe, entre
muchas cosas, por creer que Jesús, El Nazareno, es el Hijo de Dios.
Así
lo ordena el Corán: “Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los
asociadores dondequiera que les encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles!
¡Tendedles emboscadas por todas partes! Pero si se arrepienten, hacen la azalá
y dan el azaque, entonces ¡dejadles en paz! Alá es indulgente, misericordioso”.
El mandato sagrado de aniquilar sin piedad no podría ser más claro.
LA EXPANSIÓN DE ISIS
Entretanto
el catolicismo atraviesa por un inesperado proceso de “normalización”, y el Papa
Francisco ha acercado la agenda vaticana a hábitos mundanos como el divorcio,
la homosexualidad, la incorporación de las mujeres a la jerarquía eclesiástica,
que han dejado de ser temas tabú dentro de la Iglesia romana, el Estado
Islámico o ISIS (Islamic State of Iraq and Syria, por sus siglas en inglés), le
ha declarado la guerra al pecado y a los pecadores; a los cristianos que viven
en libertinaje aunque eso sea llevar una vida acorde con las modas, los nuevos
descubrimientos tecnológicos y la corriente globalizadora. Es decir, le ha declarado
la guerra a la vida.
El
yihadismo le ha demostrado al mundo de
lo que es capaz: matar sin piedad y causar espanto entre la comunidad
internacional. Situación misma que ha obligado al Ejército estadunidense regresar
sus tropas al campo de operación militar en Irak desde el verano de 2014,
después de haberse retirado en 2008.
El
EI, surgido en 2002 por el antiguo traficante de drogas afgano Abu Musab Al
Zarqaui, al parecer quiere establecer el califato en sus términos fundacionales
y expandirlo por los cuatro rincones del planeta hasta cumplir la profecía del
Corán de la victoria del Islam sobre Roma.
Después
de los atentados de París, el yihadismo no puede entenderse como una religión
porque sus actos de barbarie lo rebasan por completo, sino como una secta terrorista
que desde la invasión de Mosul, el 5 de julio de 2014, fue fundada en el
califato por el líder del Estado Islámico Abu Bakr al-Baghdadi.
El
territorio que hoy ocupa el Islam es mayor que el del Reino Unido, y el dominio
militar lo tiene desde el centro de Irak hasta el interior de Siria. Cuenta,
además, con provincias reclamadas en los paises de Libia, Paquistán,
Afganistán, Argelia, Nigeria y Egipto.
El
califato gobierna sobre 8 millones de personas, a quienes les cobra impuestos e
impone leyes. Lo interesante de esto es que dicha gente, los yihadistas, está
dispuesta a morir con tal de cumplir los preceptos del primer Islam, el rechazo
a la paz, la expansión del califato por la vía de la violencia, el exterminio
de los apostatas (200 millones de musulmanes chiítas) y el mando sobre la vida
privada. Y las penas para quienes violen “la sharia” incluyen la decapitación,
lapidación, mutilación y crucifixión.
Hasta
hace no mucho tiempo el yihadismo no podía ser comparado con el Al Qaeda que,
compuesto por células independientes, ataca en distintas partes del mundo
mientras el Estado Islámico siempre focalizó su guerra dentro de sus límites
territoriales, dejándose ver como un terror local.
Pero
desde los primeros atentados en París, los de Beirut el 12 de noviembre de
2015, donde un doble atentado suicida dejó 41 muertos y más de 200 heridos, y
los del avión ruso derribado en Egipto, indica que la visión del terrorismo
islámico está traspasando las fronteras que se trazó en sus inicios para hoy
decirle al continente europeo: ¡Aquí estoy, guapo! Y esto es grave.
¿TOLERAR O ATACAR?
¿Por
qué matan los yihadistas?
El
Islamismo basa sus acciones guerrilleras en el concepto yihad del Corán y le atribuyen el significado de “Guerra Santa”,
pero es incorrecto. La yihad, que traducido al castellano se entiende como
“esfuerzo”, se refiere al decreto religioso de guerra para extender la ley de
Dios. Sin embargo, esto no representa que el Islam tenga que propagarse en todo
lugar haciendo uso de la fuerza, tal como lo hacen los islamistas radicales.
Por
el contrario, es la medida para conseguir la paz en el mundo por medio de la
resistencia a la agresión injusta. De tal manera, las masacres en el nombre de
Alá son infundadas y los yihadistas son meros religiosos que buscan justificar
sus pretensiones de dominio territorial y control armamentista a través de la
manipulación amañada del Corán y la yihad.
¿Cómo
frenar el terrorismo islámico?
Gandhi
creyó que para acabar con las desigualdades no era necesario el derramamiento
de sangre y el uso de las armas. Su pensamiento pacifista y religiosidad lo
llevaron a encausar una de las protestas más importantes de la historia, La
Marcha de La Sal. Y a predicar durante la lucha de independencia de su país el ideal
que lo hizo célebre: la no violencia. Decía que el “ojo por ojo solo puede
terminar dejando a todo el mundo ciego”. Pero, curiosamente, murió asesinado
por un radical hinduista cuando se dirigía a una reunión para rezar.
En
una carta, Cicerón le dice a su amigo Ático durante la invasión de César a
Italia (50 a. C.): “Preferiría la paz más injusta a la más justa de las
guerras”. En los años siguientes, el poeta se limitó a usar la fuerza de las
palabras para enfrentarse a los dictadores, y el mismo cónsul, Antonio, al que él
humilló en un feroz discurso y con el que luego se mostró magnánimo al rechazar
declararlo enemigo público, lo mandó decapitar. Fue otro caso en que el renegar
del uso de la violencia y mostrarse indulgente ante el adversario, terminó con la
muerte del pacifista.
¿Qué
lección podemos obtener de esto?
Está
comprobado que enfrentarse a la violencia con más violencia nunca tendrá buenos
resultados, verbigracia, la guerra contra el narcotráfico en México que ha terminado
con la vida de más de cien mil personas en los diez años de su duración. Después
de ser un problema de seguridad pública, terminó por ser un problema de
seguridad nacional.
Pero,
¿de qué otro modo se puede acabar con la guerra yihadista que pasó de
declarársela a Siria, primero, y a Irak, después, para ahora enfocarse sobre las
potencias de Europa y amenazar a Estados Unidos con destruir Washington?
Después
del atentado de París de 2015, el presidente Hollande dijo que “Francia está en
guerra”. Y los días siguientes, líderes del G-20 anunciaron la decisión de
combatir al Estado Islámico, pero lo hicieron sin abundar en detalles.
Dice
un dicho popular que “muriendo el perro, se acabó la rabia”. ¿Será esta la
solución? Porque por otro lado me parece una misión imposible tratar de negociar
la paz y el cese de los golpes terroristas del Islam por la vía del diálogo y
la diplomacia, sobre todo cuando los yihadistas creen que matar hace feliz a su
Dios y que obedeciendo ese mandato los convierte en mejores hijos, mejores
padres y mejores esposos. Cuando el Esteban bíblico trató de razonar en el
sanedrín que Jesús era en verdad el Hijo de Dios, los líderes religiosos de Jerusalén
lo acusaron de blasfemo y lo mataron a pedradas afuera de la ciudad. Entrar en
razón con un religioso es un acto suicida.
¿Tolerar
o atacar? Esa es la cuestión de los líderes mundiales. Pero urge que actúen
porque ISIS no es un asunto ajeno, sino un problema que se está convirtiendo en
una amenaza en potencia para todos los países. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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