Mientras unos se juegan la vida
en el desierto sin más socorro que el de los polleros y las recomendaciones a los
santos, otros en el gobierno no saben qué hacer para dar garantías de seguridad
a los indocumentados mexicanos y a los otros que a pesar de la inestable
situación migratoria quieren ir en busca del sueño americano, aventura que
después de la llegada de Mr. Trump es más bien como jugar a la ruleta rusa con pistola.
Cuando cualquier persona en
México dice “frontera”, siempre se refiere a la del norte. Durante décadas
hemos perfeccionado algo así como un complejo de hermano menor, esperando
recibir la atención y los favores del primogénito. Y hemos, también, coqueteado
con Estados Unidos sin voltear a ver siquiera al Sur.
Ahora, en estos tiempos del presidente loco, con tantas amenazas,
burlas y humillaciones, incluso en nuestro propio territorio, qué arrepentidos
estamos por no haber hecho bien la tarea y reforzar el pacto bilateral y resolver
los problemas internos del país. Y cuando la sociedad pide una respuesta sobre
lo que se hará como nación, lo único que recibe son promesas: “México no pagará
el muro”, dijo tanto el presidente Peña Nieto y el canciller Luis Videgaray Caso.
La cosa está como para odiarnos a
gusto.
Cuando en la película “La Caja”
(The Box. 2009), el matrimonio de Norma y Arthur no podía estar peor en cuanto
a dificultades económicas, aparece de la nada un hombre misterioso con la mitad
del rostro desfigurado tocando a la puerta de su hogar. Este saluda con mucha
amabilidad y le entrega un paquete a Norma, y se retira después de prometer que
volvería al siguiente día con las instrucciones. El contenido del paquete es
una caja de madera con un botón de pulsador en la parte superior. Simple y
sencilla.
Al otro día, se presenta el
hombre y le propone a Norma un pago de un millón de dólares en efectivo si
presiona el botón, pero le advierte que al hacerlo alguien en algún lugar del
mundo morirá, alguien al que no conocen y que tal vez nunca conocerán. Para
esto le da un plazo de veinticuatro horas para tomar la decisión. De no hacerlo
le ofrecerán la caja a otra persona y ellos no recibirán el dinero, dinero que
necesitan con urgencia por cuestiones de salud, desempleo y deudas. De esta
forma el joven matrimonio se ve en el dilema moral donde se ven enfrentadas la
naturaleza humana y las ambiciones personales.
Asimismo apareció Donald Trump de
repente y puso en las manos del gobierno mexicano un paquete inquietante que
contiene la posibilidad de ponerle fin al TLC (principal motor comercial del
país), la deportación de 3 millones de mexicanos y la construcción de un muro en
la frontera con Estados Unidos valuado aproximadamente en 8 mil millones de
dólares, pagado por México. En un solo gesto, Trump juega con los destinos del
país y envenena al gobierno.
LAS
DEPORTACIONES
Lo que Donald Trump promete a la
sociedad estadunidense no es un salto hacia el futuro, sino hacia el pasado. No
quiere fundar la grandeza de Estados Unidos, quiere recobrarla, y eso involucra
volver a los años de la fundación del país donde la palabra que resonó en aquel
entonces resuena ahora en la grandeza
regresiva de Trump: independencia. “¿Independencia de qué?”, se preguntaran
muchos.
En otras palabras, lo que busca el
presidente naranja es zafarse de las
alianzas, de la responsabilidad que tiene su país en los asuntos
internacionales, desligarse de los compromisos pactados en el pasado con otras naciones,
ya no ser dependiente de las relaciones multilaterales que tanto beneficia a EU
como a las demás potencias. Quiere, sin más, ser libre de las cargas que
implica tener el liderazgo mundial. Eso es la independencia de Trump.
Tramposamente Donald está
actuando sólo de acuerdo con lo que le conviene a su país, le convenga al mundo
o no.
Como si fuera el gran jefe, Trump
exige a los países bajos impuestos arancelarios, facilidades comerciales,
libertad de tránsito para sus connacionales, etcétera, y en cambio impone
condiciones –muchas absurdas- si quieres trabajar para él, no con él, y llevar
la fiesta en paz. Eso se llama unilateralidad. Dicho de otro modo, los
beneficios de las alianzas se quedan del lado de Estados Unidos, que ordena en tanto
la otra parte tiene que obedecer.
Con este afán, Trump se convirtió
en el peor enemigo de México. Y lo que más preocupa en estos momentos es la amenaza
de deportación masiva de mexicanos, empezando por los que están en las cárceles
de EU, y aunque los enviados de Trump dijeron la semana pasada que por lo
pronto no habrá grandes exilios, los tuits de éste dejaron ver otra cosa muy
distinta, pues sigue empeñado en construir el muro y liberar al territorio norteamericano
de los “bad hombres”.
Entre los años 2010 y 2015, el
número de deportados mexicanos de Estados Unidos disminuyó en un 44 por ciento.
En 2010, fueron 470 mil y, en 2016, 204 mil. Sin embargo, esta reducción no se
compara con la violencia institucional
(digo esto porque las deportaciones son legales) en la frontera, que se
recrudeció con la llegada de Trump a la Casa Blanca. Y esta violencia, marcada
en su dureza e inhumanidad en el trato hacia los migrantes, no es comparada con
la de otras fronteras en el mundo.
Es increíble el silencio de México
respecto a esta historia llena de violaciones a los derechos humanos y la
crueldad de la policía migratoria estadunidense. Una cosa es respetar la
política interna de Estados Unidos y otra muy diferente es callar ante el
salvajismo que se ejerce todos los días contra miles de seres humanos, la
mayoría mexicanos que son golpeados, detenidos y desterrados, como los 2
millones 600 mil durante los 8 años de Barack Obama.
Otra cosa que también parece
increíble es que durante larguísimos años México no ha sido capaz de hacer de
este problema el centro de la relación con el país vecino.
Por esta omisión, hoy los millones
de mexicanos que viven allá padecen asedio, persecución, han comenzado a habitar
en una especie de pesadilla con policías asechándolos en cada esquina, con
gente juzgándolos como si fueran criminales, monstruos que merecen ser
despreciados por el simple hecho de no haber nacido gringos. Y una deportación
significa una mutilación de la familia, en la que pierden a un hijo, un padre,
una madre, un abuelo o varios de estos a la vez.
Y lo que hemos aprendido de esto
es que ellos no quieren volver, se quieren quedar en Estados Unidos porque es
el país que eligieron para vivir. Tristemente, cuando son detenidos confían más
en la defensa que puedan darles en los tribunales de EU y los políticos güeros, que la de las autoridades mexicanas. Y prefieren estar allá,
aunque sea en prisión, que regresar aquí, a la tierra que no les dio
oportunidades.
¿NUEVO
COMIENZO O RENDICIÓN?
Preguntamos ¿qué hacer ante la hostilidad
de Trump contra los indocumentados mexicanos? Y hablamos de la falta de
respuesta de las autoridades. Pero el lunes 20 de febrero por fin el gobierno
de México tomó una posición.
El presidente Peña Nieto dijo que
no negociará por separado comercio, seguridad y migración, que si la Unión
Americana quería una cosa, debía querer también las otras dos. Por su parte,
Luis Videgaray hizo énfasis en que no estará dispuesto a aceptar la
unilateralidad de las nuevas reglas migratorias. Por lo que debemos entender
que México va por todo o nada.
Norma y Arthur estaban en la
disyuntiva de tomar el dinero y apechugar
con la muerte de una persona, o bien, declinar la millonaria oferta y
arreglárselas por ellos mismos. Las autoridades de México pueden aceptar las
condiciones de Trump y dejar que los mexicanos de allá y de aquí padezcamos la
tiranía antimexicana o pueden continuar con su posicionamiento aunque eso
suponga tronar las relaciones y empezar de cero con los escasos recursos que
tenemos, pero con la oportunidad de voltear a ver al Sur o hacia todas partes.
¿O qué hacer? ¿Alguien sabe?
Lo más recomendable es que el
gobierno debería poner todas las piezas en un solo paquete, que podría ser sin
duda el primer paso hacia un nuevo comienzo de la política exterior de México
ante Estados Unidos y ante el mundo. La urgente redefinición. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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