¿Hay
en el proyecto de Andrés Manuel López Obrador una tierra prometida, un hombre
capaz de conducir al país hacia ella y una convocatoria llana a creer en ambas
cosas? Pregunto esto a propósito de la visita del presidente de Morena a
Chiapas y de los “50 Lineamientos para un Proyecto Alternativo de Nación” que
podríamos decir que son las primeras propuestas explícitas de un aspirante
presidencial con partido.
Los
50 Lineamientos es un documento en el que López Obrador propone “construir aquí
en la tierra, el reino de la justicia y de la fraternidad”. Esta es la línea
final del escrito. Y no es difícil intuir que el llamado a creer es la pieza más poderosa de la propuesta de AMLO,
porque toca las fibras más sensibles de las emociones que dominan en este
momento el desencanto mexicano.
Y
ese llamado se resume en que ahí donde todos dicen ya no creer en nada que
apeste o sepa a política, Andrés Manuel sabe que detrás de ese ateísmo de la sociedad hay ganas enormes de creer en algo. Por eso juega con
las esperanzas de la gente.
Los
objetivos generales de “gobernar con rectitud” según AMLO, son aumentar el
salario mínimo, garantizar la educación y empleo para 2 millones 600 mil jóvenes,
eliminar los exámenes de admisión en escuelas públicas, doblar la pensión de
los adultos mayores, implantar la revocación del mandato presidencial, acabar
con el fuero, recortar el salario de altos funcionarios, cambiar la estrategia de
lucha contra el narco, dar preferencia a los pobres, revertir las reformas
estructurales, cambiar las relaciones con Estados Unidos, establecer políticas
a favor de la diversidad, entre otros.
Y
esto –dice- podrá lograrlo al desterrar la corrupción, abolir la impunidad,
actuar con austeridad y destinar todo lo que ahorre a financiar el desarrollo del
país. Sólo así tendremos “el bienestar material y el bienestar del alma para la
felicidad de todos”.
Pero,
¿qué tan bueno y posible es el socialismo
que promete López Obrador?
COMO
CASTRO Y CHÁVEZ
El
populismo nació en Rusia como un movimiento político a finales del siglo XIX,
que aspiraba a establecer un Estado socialista de tipo campesino, contario a la
modernización, los avances políticos, tecnológicos y sociales del momento. Es decir,
es una corriente retrógrada. Y podemos
observar que los políticos que adoptan esta postura se presentan como
defensores de los intereses y aspiraciones del pueblo, pero sólo para conseguir
el favor de éste.
Barack
Obama decía de sí mismo ser un gobernante populista, pero su inteligencia nunca
entendió el concepto fuera de Estados Unidos.
Un
buen gobernante se preocupa por el bienestar de la población pero sin ser
populista. En México, el mejor ejemplo fue el ex presidente Lázaro Cárdenas del
Río: era popular y estaba profundamente comprometido con las causas populares,
pero no era populista. Nunca alentó el culto a su personalidad, no actuó por
encima de las instituciones, no promovió el odio de una parte de la población
contra otra, no hizo ganancias electorales de las necesidades y del dolor de la
gente.
El
populista, sea de izquierda o de derecha, es un líder que usa -¿o abusa?- de su
poder carismático para congraciarse con una parte del pueblo y hostigar con
dureza al otro, al que considera su enemigo. El populista es antidemocrático
porque destruye las instituciones, no acata la ley e impone su necedad a las
decisiones que son por mayoría, como cuando López Obrador se autonombró
Presidente Legítimo en 2006, boicoteando la democracia y recorriendo todo el
territorio nacional para poner a la sociedad contra el gobierno de Felipe
Calderón y al que vino después de éste.
Por
su comportamiento y propuestas AMLO es un cínico y un populista, Fidel Castro y
Hugo Chávez también lo fueron.
Cuando
Castro murió muchos cubanos se saludaban diciendo “felicidades” con un tono que
consideraban indecoroso por alegrarse de una muerte, pero sabían que eso era un
alivio.
En
su tiempo, la de Cuba fue una revolución histórica, pero en los hechos es un
fracaso como gobierno que por desgracias sigue perdurando luego de casi
cincuenta años.
Fidel
decía que Cuba era un paraíso terrenal, sí pero un paraíso del que todos huyen
y al que nadie quiere entrar. Dijo: “primero la revolución y luego la
elección”, sin embargo las elecciones fueron simuladas, nunca en la isla se
llegó a una democracia real. A esto se sumó la represión, pues desde 1959 los
cubanos carecen de las libertades básicas y es sistemático el encarcelamiento a
disidentes y críticos.
Como
dato histórico: Antes de llegar Castro al poder prometió un juicio justo para
los aliados del dictador Fulgencio Batista, pero dos años después ordenó un
juicio donde más de dos mil personas fueron ejecutadas.
En
la Cuba que heredó Fidel está prohibida la propiedad privada, donde las
viviendas -todas en ruinas-, son del Estado y nadie tiene derecho a elegir
dónde vivir. El acceso a internet es un privilegio exclusivo de la clase
gobernante. Castro se jactaba de formar a los mejores médicos del mundo, pero
en Cuba hay falta de médicos porque más de 50 mil de estos doctores son
enviados a laborar en otros países en misiones médicas, situación que le
reporta al régimen 2 mil 500 millones de dólares anuales.
Y
a pesar de esto las necesidades alimentarias no son cubiertas por el gobierno. Todavía
se venden productos racionados, a precios accesibles, como parte de la llamada “libreta”.
El mercado negro provee el faltante con un impuesto del 240 por ciento. Esto es
el populismo.
Se
conoció a Venezuela como el país más rico de América Latina por todo el
petróleo que tiene. Pero los resultados del populismo de Hugo Chávez son: inflación
del 500%, escasez de alimentos, miles de expropiaciones de propiedades
privadas, aumentos al salario del sector público, devaluación del 32% de la
economía, gasto público insostenible, una industria de bajo rendimiento, mala
distribución de la riqueza, corrupción en los ingresos del petróleo,
inseguridad, desempleo.
Y
no fueron las promesas sino su cumplimiento lo que llevó al país a la
bancarrota, como cuando en su última campaña presidencial, en 2013, prometió la
construcción de 3 millones de viviendas que no se pudieron terminar por falta
de recursos. Fue tanto el desastre económico que hasta el petróleo fue embargado.
Esto se llama populismo, como los objetivos de “gobernar con rectitud” de AMLO.
DISCURSO
VS REALIDAD
AMLO
denuncia que “el Estado se encuentra secuestrado por una minoría” y que los
poderes constitucionales “están confiscados por un grupo”. Es decir, que condena
la democracia. Sin embargo, él monopoliza las decisiones en MORENA, partido que
controla como si fuera el dueño, a lo que se pregunta: ¿nos conviene como país
una democracia similar a la de MORENA?
Promete
que su gobierno “garantizará el derecho a disentir, a la libre manifestación de
ideas”, derecho que tal vez desconoce que desde hace décadas está guardado en
el artículo 6º. Constitucional. Pero AMLO cada vez que lo critican dice que son
“calumnias”, y que los críticos son “ponzoñosos y gacetilleros vendidos”.
Dice
rechazar las reformas de Peña Nieto pero hace votos de que realizará una
consulta para saber si se mantienen o no. ¿Quiere decirnos el Sr. López que
someterá a consulta la Constitución? ¿Y el Poder Legislativo, pues, es acaso un
adorno? Y muy caro por cierto.
También,
ofrece que “llevará a cabo una auténtica revolución educativa orientada a
mejorar la calidad de la enseñanza y a garantizar que nadie, por falta de
espacios, maestros o de recursos económicos se quede sin estudio”. En
contraste, entrega la educación en manos de la sediciosa CNTE que cada ciclo
escolar deja a millones de niños y jóvenes sin clases, oponiéndose a la
evaluación y desplegando el vandalismo en los estados más pobres y con el nivel
más bajo del país.
En
el colmo, asegura que su gobierno “garantizará las libertades y cada quién
podrá dedicarse a la actividad que más le satisfaga y convenga”, o sea,
¿defenderá a narcos, secuestradores y delincuentes?
En
el discurso AMLO es un dechado de Dios, y en la práctica es un farsante, un inmoral.
Jura por su vida acabar con la corrupción, pero su declaración 3de3 exhibe una
pobreza imposible de creer, testimonio que hace más grande la duda respecto al
origen de los recursos con los que ha venido financiando su campaña durante
diez años consecutivos.
Yo
no votaría por él. No quiero a México convertido en otro Venezuela, donde no
tengamos ni para comer. Ya vimos que el populismo de AMLO, igual que el de
Chávez y Castro, es el uso demagógico de la democracia para acabar con ella. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
Comentarios
Publicar un comentario