Los
distintos grupos políticos han encontrado que la democracia es ante todo un
buen negocio, que la gente es manipulable a través de las redes sociales y que
puede ser usada con objetivos electorales y que cada conflicto social no es
algo que se tenga que resolver, sino que se debe explotar. De tal manera, no
hay nada tan redituable en México como ser parte de un partido político aunque
sea pequeño.
Mucho
se habla del despertar de la consciencia de los mexicanos, de que ya no somos
tan ignorantes de todo lo que pasa en el país y de que ahora la clase
gobernante no tan fácilmente nos engaña. Esto es cierto, pero a medias.
Y,
también, se viene hablando de una insurrección social, de un golpe de Estado,
de la toma del poder por medio de la violencia, de que para rescatar a la
nación es necesario matar al presidente Enrique Peña Nieto (“No hay de otra,
mexicanos, o es él o somos nosotros”, dicen los organizadores pero en el
anonimato), y lo peor del asunto es que la gente cree que éstas son las
alternativas de solución: levantarse en armas como lo hicieron nuestros
antepasados en 1910 para terminar con la dictadura de Porfirio Díaz.
Pero
-la verdad- no es para tanto. La situación es distinta a la de aquel entonces.
Lo que pasa es que muchos se han dejado manejar al antojo de políticos
desempleados que están ansiosos de volver al poder y para eso revuelven las
aguas para sacar buenas ganancias. Saben del mal humor de la gente y lo explotan a su favor. Aprendieron a cómo
ahogarnos en un vaso de agua.
PEÑA
Y EL GASOLINAZO
Es
imposible negar que el presidente Peña Nieto no haya cometido errores a lo
largo de su administración. El declive de su gobierno no es tanto por sus
políticas públicas, tampoco por las tan cuestionadas y controvertidas reformas
estructurales, sino más bien por su falta
de tacto a la hora de dar respuestas convincentes a los conflictos sociales
(Ayotzinapa y Tetelcingo) y a las causas (gasolinazo, precio del dólar,
etcétera) que nos condujeron a la situación económica actual del país.
Como
la que dio hace un par de días, en la que dijo “comprendo la molestia y el
enojo que hay entre la población”, y que “el ajuste en el precio de las
gasolinas no es resultado de la reforma energética ni de la hacendaria, sino reflejo
del aumento en los precios internacionales”.
Sin
embargo, estas palabras no consolaron a nadie ni aquietaron a los grupos que
están cometiendo delitos en varios estados de la República. Estos últimos nada
más hubieran aceptado una cancelación inmediata de los aumentos a la gasolina
para terminar con el vandalismo. Y el presidente no lo podía hacer no porque
significaría la catástrofe de su gobierno, sino porque en el fondo tiene razón:
el alza es consecuencia del aumento del precio del petróleo y del dólar.
No
haber permitido el incremento obligaría a seguir subsidiando la gasolina,
medida que durante el tiempo en que se aplicó benefició más a las personas de
altos ingresos que a la clase necesitada. Un estudio reveló que el 20% de la
población más rica del país recibe el 60 por ciento del beneficio total del
subsidio, mientras los pobres tan sólo el 3%.
Ejemplo:
El dueño de una camioneta de lujo que llena su tanque, le toca cada mes mil 800
pesos gracias a este subsidio. Y una familia de cuatro miembros en pobreza
extrema, el programa Oportunidades le entrega mil 400 pesos. Injusto. No le
parece.
El
subsidio a la gasolina lo pagábamos todos y cada año se destinaba una cantidad
de recursos importantes para que los precios fueran bajos. A finales de 2016,
México ocupaba el lugar número 40 entre los 169 países con la gasolina más
barata del mundo.
En
2012, el subsidio representó 220 mil millones de pesos; en 2013, se redujo a 82
mil millones, medida que abrió el comienzo de los famosos gasolinazos que nos
tienen tan enojados. Pero, ¿qué hubiéramos podido hacer con estos recursos? Si
tomamos el monto aplicado en 2012, hubiera alcanzado para triplicar el programa
Oportunidades o el Seguro Popular. De haberlo invertido en la población con
pobreza alimentaria, se pudieron entregar 11 mil 848 pesos por persona.
Entre
2007 y 2012, cuando el precio por barril de crudo alcanzó los cien dólares, el
gobierno calderonista destinó 925
mil millones de pesos para subsidiar las gasolinas. En 2017, con el nivel de
precios a finales de diciembre y con las actuales cotizaciones del petróleo, el
gobierno habría tenido que cubrir un subsidio de 200 mil millones de pesos. Un
gasto obsceno en un país pobre como el nuestro.
La
pregunta es: ¿qué le interesa más, una gasolina barata o un reparto de la
riqueza más equilibrado (¡Good bye, subsidio!)?
El
incremento modificará sin duda los precios en los productos que requieren
transporte, como los alimentos. Sin embargo, no implica una mayor inflación a
largo plazo, ya que la inflación es un incremento sostenido y generalizado de
los precios, y a menos que haya problemas estructurales en la economía los
precios no seguirán aumentando.
Encima,
los precios bajos en la gasolina no garantizan una menor inflación. En
Venezuela, por ejemplo, donde el precio es de los más bajos del mundo, 35
centavos de peso por litro, la inflación es del 50 por ciento anual.
Por
otro lado, ¿en qué consiste la medida que Enrique Peña no supo informar?
La
liberación del precio de la gasolina consiste en dejar que el precio de los
combustibles sea determinado por el mercado y no por el gobierno. Y, en
consecuencia, ponerle fin a los subsidios.
La
situación era esta: Hasta finales de 2016 en grupo de funcionarios fijaba los
costos de acuerdo a las necesidades del gobierno o por las necesidades
electorales del momento, sin detenerse en los gastos totales por la producción,
distribución y venta del combustible.
Pongámoslo
de este modo: para determinar el precio del frijol el gobierno no consideraba
la suma de los gastos de la compra de la semilla, la siembra, la recolección,
la transportación, el almacenamiento, la distribución, la exhibición y el
porcentaje de ganancia, sino que lo establecía según creía era lo más
conveniente. Eso era lo que pasaba en PEMEX, pero nadie se daba cuenta.
Así
que con la liberación de las gasolinas, el precio será asignado de acuerdo a
los costos de producción, los precios internacionales del crudo, el precio del
dólar (porque PEMEX compra en dólares), los impuestos y las ganancias de todos
los involucrados, además, tomando en cuenta ese jaloneo que se llama oferta y
demanda. Más justo, porque de ahora en adelante los mexicanos no pagaremos el
subsidio, así fuéramos consumidores o no, sino pagarán el precio por la
gasolina quienes la consuman.
Aunque
muchos no lo crean, es un avance muy beneficioso. Pero, ¿podrán bajar los
precios en el futuro? Claro, en la medida en que el costo del crudo disminuya y
el dólar se estabilice. Situación que en algún momento tiene que presentarse,
ya pasó en 1994 y 2008.
¿QUÉ
HACEMOS?
Sin
duda se está repitiendo con el gasolinazo el mismo fenómeno que con la reforma
educativa, que por la falta de información se convirtió en una causa política
donde grupos opositores han venido sacando buenas ganancias con las movilizaciones,
las marchas y el enojo de la gente en contra el gobierno peñista.
Lo
que nos corresponde hacer es prestar más atención, informarnos, no dejarnos
llevar por comentarios necios ni por el calor del momento. Entendamos que el
deporte favorito de la supuesta izquierda política es golpear al presidente
Peña Nieto, y que a los mexicanos –aceptémoslo- nos gusta ver sangre.
¿Ya
pensó quién es el que pierde con los bloqueos y la toma de gasolineras?
Los
actos de violencia y vandalismo –que urge sean detenidos con el poderío de la
fuerza pública-, son en contra nuestra, no del gobierno. Y vienen organizados
desde las redes sociales, por los partidos MORENA y PRD, famosísimos por la
beligerancia y arribismo que promueven como nuevos ejes de buena gobernanza.
El
único rayo de esperanza, es que de la sociedad salga una reafirmación de
principios y una depuración de hombres políticos. Quizá no valga la pena
especular sobre milagros, pero de otro modo el país perdería mucho y a un plazo
no muy largo. ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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