Me
saltaron las lágrimas al contemplar aquella fotografía en el Diario de Chiapas del 20 de diciembre:
encabezados por el dirigente estatal, Mario Humberto Vázquez López, ocho de los
más encumbrados petistas estaban sentados en una larguísima mesa, sonriendo de
felicidad porque dicen que después de realizar varios consejos políticos el
Partido del Trabajo en Chiapas está listo para las próximas elecciones. Pero,
la verdad, veintiséis años hace que…
Pero
aquella foto, ah. Mario Humberto Vázquez, recta la figura, diríase un poco
tiesa. De sonrisa fingida. De camisa desabotonada dejando ver su pecho quemado
por el sol y el vello ralo. A su diestra, Sonia Catalina Álvarez con un saco
rosa que en vano intentaba darle juventud a su rostro ya bastante marcado por
los años. Más allá, Hugo Robledo Gordillo, con las manos cruzadas sobre la
mesa, también bastante cansadón. Y al final de ese lado, Carlos Mario Estrada
Urbina. Jamás imaginé que alguna vez me tocaría verlos así, con el rostro
radiante de felicidad. Aunque hace veintiséis años que…
La
foto. Sigamos con la foto. A la siniestra del dirigente hay dos personalidades
honorabilísimas, queridas por la sociedad, apreciadas por su filantropía. Estoy
hablando de Abundio Peregrino García y Amadeo Espinosa Ramos, aunque éste un
poco más gordo y más canoso de lo acostumbrado. Tenía echada hacia un lado su noble
cabeza. Bueno, si usted descuenta los ojos desobedientes, el cuello demasiado
corto y el peinado al viejo estilo del “Smyrna Golf Club”, aquella sí era una
noble cabeza.
La
foto sí que es magnífica. ¿A poco no? Congeló el instante en que todos sin
excepción se sobaban las manos y escondían las piernas por debajo de la mesa.
Como quien dice que el fotógrafo los agarró en su mejor pose, en la que
pareciera que están a punto de saborear algún manjar y por eso se soban las
manos. De eso, de que siempre se les vea sobándose las manos y los agarren en su
mejor pose, mucho saben estas figuras del petismo,
porque hace veintiséis años que…
La
foto. No nos distraigamos. Por ahora lo que sólo nos debe importar es la foto.
Ver las gallardas figuras de la cúpula partidista, enfundadas en sus lustrosas
vestimentas, feas, pero costosas. El pecho saliente de Vázquez López, con
camisa beige de rayas verticales en color negro y el pantalón al parecer
también negro.
Pero
hay algo más en esa fantástica foto aparte del atavío, las poses, las edades
que no pueden desmentir que están en su tercer tramo y la noble cabeza de
Amadeo Espinosa. Es la solemnidad. Sí, el contexto de solemnidad. En esa larga
mesa están sólo los de más alto rango, la crema y nata del PT en Chiapas, que
nada más con verles el rostro podemos darnos cuenta que no hay en la militancia
personajes más grandes que ellos –no hablo de la edad, sino del estatus social
y económico-, y la lente de la cámara es su cómplice al capturar el aire de
superioridad que transpiran y que a leguas se nota que lo disfrutan.
A
los ocho ahí sentados les resulta absolutamente indispensable ser solemne en
cualquier ocasión, incluso cuando los descubren en una movida chueca. Y así han
sido, por ejemplo, desde hace veintiséis años cuando nace el Partido del
Trabajo (PT), el 8 de diciembre de 1990, en el Auditorio del Plan Sexenal de la
Ciudad de México, como una “alternativa política que respondiera a los
intereses de la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas”, según se lee en el
sitio web del organismo.
Pero
¿a honras de qué fue creado? ¿A cuentas de quién? ¿Cuál alternancia? El PT a lo
largo de toda su historia ha tenido dos registros y un solo presidente: Alberto
Anaya, que al tener el control del partido ha sido tanto diputado federal como
senador de la República una infinidad de veces, todas –por supuesto- por la vía
plurinominal. Y es quien decide todo en el partido.
En
los inicios de su creación, el Partido del Trabajo fue protegido por Carlos
Salinas de Gortari, que dio la visa para que personas venidas de los estados del
Norte (supuestos líderes de organizaciones sociales que en realidad eran seres
sanguinarios capaces de asesinar a los campesinos para quitarles las parcelas y
los terrenos de cultivo), se colmaran de poder, tuvieran impunidad y se
enriquecieran con el presupuesto público.
Bajo
el lema de Todo el Poder al Pueblo,
los estatutos del organismo
propugnan por la correcta distribución de la riqueza, la modernización de las
instituciones, el desarrollo económico del país, la democracia y la justicia.
Pero en la práctica ha sido todo lo contrario: corrupción, antidemocracia,
abuso de autoridad, casos de enriquecimiento ilícito, etcétera. Es una
plataforma política totalmente divorciada de los intereses de la colectividad.
¿Qué
ha hecho el PT por los mexicanos? La respuesta es obvia. Y aquí no da risa.
Durante los años de 1997 a 2015, el instituto recibió 4 mil 221 millones 700
mil 150 pesos con treinta centavos, sin contar las aportaciones federales del
periodo de 1991 a 1996. Tan solo en 2014, el INE le asignó más de 317 millones
de pesos para el sostenimiento de sus actividades regulares y en 2015 la
cantidad superó los 398 millones de pesos.
¿Y
los resultados dónde están?
En
Chiapas, sucede más o menos lo mismo. Todos los que aparecen en la foto han
hecho del PT un botín. Algunos ya fueron dirigentes estatales del partido,
otros diputados locales, otros diputados federales, otros senadores y hay
quienes han sido de todo, como Amadeo Espinosa Ramos, el jefe de la mafia petista.
La
grandeza de Amadeo Espinosa y del PT empezó con la designación de Julio César
Ruiz Ferro en el gobierno de Chiapas, que siendo un perfecto desconocido para
los chiapanecos buscó aplausos, compañía y apapachos de quien fuera. Por eso mandaba
cada mes carretadas obscenas de dinero del erario público para amamantar a la runfla
de vividores del PT a cambio de favores, cariño y pleitesía.
Amadeo
Espinosa es dueño de una pestilente carrera política, que se ha dedicado a acumular
millones en sus cuentas bancarias. Se dice que es dueño de varias propiedades
en la Ciudad de México, así como de ranchos, camionetas de lujo y varias
residencias en el estado. Ya en nada se parece aquel joven que era, cuando
hundido en la miseria mendigaba pan entre sus compañeros de escuela y vestía
andrajos en lugar de ropa.
Y
protegido tras las siglas del PT ha delinquido con total impunidad, como en
julio de 2010, cuando armó un grupo de choque con gente de Villahermosa,
Tabasco, con el objetivo de liberar a su amigo Alfredo Cruz Guzmán (acusado de
enriquecimiento ilícito y nexos con el crimen organizado), amenazando con
incendiar la presidencia municipal de Palenque.
O
lo del 30 de septiembre de 2012, cuando se presume pagó a un grupo de bárbaros
para que quemaran la alcaldía de Motozintla y liberaran de la cárcel a 80
criminales con tal de impedir la toma de posesión del presidente municipal
Oscar Galindo, del PVEM.
Él
junto a Sonia Catalina Álvarez, Hugo Robledo Gordillo, Carlos Mario Estrada,
Mario Humberto Vázquez, Neptalí Pérez Flores, Abundio Peregrino García, han
dispuesto de los cargos legislativos, de los recursos económicos, del poder
político y se han rolado el turno para ocupar entre ellos –y sólo entre ellos-
la presidencia del PT, haciendo a un lado a la militancia e impidiendo la
inclusión de nuevos cuadros. ¿O por qué cree que no hay un solo joven en la
foto?
Todo
eso me vino de golpe a la memoria al ver aquella foto. Casi lloré de risa al
leer que Mario Velázquez dijo que ya estaban preparados para el 2018.
Noticia
hubiera sido el anuncio de que estaban preparados para entregar el partido en
manos de gente nueva y que se retiraban de la política para ir a cuidar a sus
nietos, o a sus perros, o sus propiedades valuadas en millones de pesos, o a
hacer manualidades.
Ahí
quedará para la historia esa foto en la que la cúpula petista hace alarde de su
cinismo para decir que están listos no para convertirse por fin en esa
alternancia política que dicen ser, sino que están listos para asaltar de nueva
cuenta los tesoros de Chiapas. Au
revoir.
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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