La semana anterior la niña Andrea
Lomelí nos dio una lección de vida al
corregir públicamente al secretario Aurelio Nuño Mayer, al decirle que no se
dice “ler”, sino “leer”, pronunciando bien la doble “e”. El momento fue
simpatiquísimo ver cómo una pequeña de tercer grado de primaria exhibió al alto
funcionario que para el colmo tiene el grado de maestro en Estudios
Latinoamericanos por la Universidad de Oxford.
Al ser entrevistada, curiosa de
las noticias, Andrea dio una observación punzante: “Lo que me preocupa más es
que nuestro presidente no sepa tanto. Sus frases que inventa (como) ‘lo bueno
casi no se cuenta’ no me gustan porque esa frase es un poquito ridícula. Porque
lo bueno no se debe contar, se debe ver”.
El bochornoso momento que le hizo
pasar la niña al secretario Nuño por mucho tiempo nos recordará la ignorancia de
los gobernantes. Y también que uno a veces descubre niñas con opiniones tan
propias como Andrea, a quien felicito.
Cito a Andrea porque apenas el 16
de noviembre varios países en el mundo conmemoraron el Día Internacional para
la Tolerancia, celebración instituida por las Naciones Unidas en 1996, y México
no fue la excepción; Chiapas tampoco.
¿Pero en realidad sabemos qué es la
tolerancia o sólo la decimos por decir y la celebramos en una fecha específica para
levantarnos el cuello y proclamarnos garantes de la justicia y la comprensión
entre los pueblos?
TOLERANCIA
EMPOLVADA
La palabra “tolerancia viene del
latín tolerans, que significa
soportar, tolerar. Es una actitud de la persona que respeta las opiniones,
ideas y actitudes de los demás aunque no coincidan con las propias. Comparado
con el verbo griego tlénai, que expresa
cargar y soportar, del cual surge el nombre del titán de la mitología griega Atlas, que luego de perder la lucha en
la titanomaquia (serie de batallas que duraron diez años entre los Titanes y
los Olímpicos) fue condenado para cargar el cielo sobre sus hombros.
Sin embargo, en la práctica la
tolerancia es una palabra empolvada, sin resonancia en los gobiernos y en las
sociedades a pesar de que es la mejor ruta de trabajo para poner fin a la
pobreza, el hambre, la desigualdad de género, la violencia, el racismo y para
lograr el respeto a los derechos humanos y erradicar la discriminación.
A conveniencia se le ha dado el
significado de aguantar o resistir, llevar o sobrellevar, tanto algo material
como espiritual, es decir, que a la tolerancia los gobiernos le dieron una
relación de poder para dejar pasar los abusos, las violaciones, las
arbitrariedades o bien para castigarlos. Un agente de tránsito tiene el poder
para hacerse de la vista gorda y dejar que un automovilista sobrepase el límite
de velocidad o puede levantarle una multa por violar la ley. Así de ventajoso.
Hace unos días, el obispo de San
Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, dijo que “la legalidad no
siempre es lo más conveniente para un pueblo”, refiriéndose al caso de Oxchuc
donde el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación ordenó al
gobierno del estado restituir en el cargo de presidenta municipal a María
Gloria Sánchez pese a que en la población hay un gran sector que no la quiere.
A veces lo que más necesitamos
del obispo Arizmendi es su silencio, pues nunca desperdicies una oportunidad
para callarte. Decir que la legalidad no siempre conviene para un pueblo es
aceptar que el salvajismo es mejor que la civilidad, que violar a una mujer no
es malo siempre que sea con condón, que en Oxchuc –como en cualquier otra
comunidad indígena- lo que debe prevalecer no es la razón y el marco legal,
sino la brutalidad, el atraso sociocultural, la imposición de la voluntad
caciquil y la injusticia que, aunque sancionado por las leyes, están permitidas
por los Usos y Costumbres.
Si no es “ler”, sino “leer”; y si
tolerancia no es permiso para delinquir sino un principio humano, una guía de
comportamiento para la sana convivencia entre nuestros semejantes, ¿por qué en
Chiapas hay tantas familias desplazadas de sus pueblos por practicar una
religión diferente a la católica, por qué hay tanta discriminación por razones
de género, raza, clase social, filiación política, etnia y por pensar distinto,
por qué cada año aumentan las cifras por crímenes de odio contra mujeres y
homosexuales?
¿O será que estamos tolerando la
ilegalidad, así como lo propone el obispo Felipe Arizmendi? Eso se llama
impunidad.
Parece que las autoridades se
equivocaron. No hubo nada qué celebrar este 16 de noviembre. Menciono nada más
dos ejemplos de la intolerancia en Chiapas: Cientos de evangélicos de las zonas
Altos y Norte sufren amenazas de muerte y violencia y los maestros que no
apoyaron el movimiento magisterial contra la reforma educativa son hostigados
por profesores de la CNTE, los expulsan de las comunidades y les impiden
ingresar a sus centros de trabajo por el hecho de pensar distinto.
Antes dije que la niña Andrea
Lomelí nos dio una gran lección de vida: corregir a un adulto mejor preparado
tanto moral como intelectualmente en el uso correcto de las palabras.
Si así como ella entendiéramos mejor
para qué nos sirve la tolerancia, problemas como los de Oxchuc y Chenalhó se
resolverían con facilidad a través del diálogo y la comprensión, poniéndose de
acuerdo entre ellos, los pobladores, para construir un gobierno oficial,
elegido por la mayoría mediante el voto libre, con el fin de acabar con la
violencia que tanto daño le ha hecho al municipio. Aunque en estos dos casos el
conflicto se volvió una guerra por la posesión del dinero público.
Lo mismo aplica para los maestros
de la CNTE, para las autoridades religiosas que impiden la libertad de credo en
los pueblos indígenas, para los homofóbicos, para los gobernantes que deben
conseguir una tolerancia más activa
que privilegie el diálogo por encima de los enfrentamientos, y para la sociedad
en general a la que le urge anteponer la empatía antes que los prejuicios, el
entendimiento sobre la ignorancia.
Chiapas es rico por la diversidad
de etnias, lenguas, culturas, razas, tradiciones y capacidades, riqueza misma
que dificulta vivir en plena paz y armonía. Pero si todos hacemos de la
tolerancia parte de nuestra cultura, de nuestro lenguaje, de nuestra obligación
cotidiana, lograríamos que las personas gocen de sus derechos coexistiendo en
un clima de respeto en la que no haya víctimas de degradaciones, denostaciones
y odio.
PARA
MAGDALENA
JUAN
OSCAR TRINIDAD PALACIOS es como un mal hábito que todos
quisiéramos patear… y con los dos pies. No solo ha usurpado el papel de
ombudsman, sino además lo ha denigrado al hacer de él un lisonjero del gobernador,
que ni le debe nada ni necesita de sus piropos. El Congreso del Estado debe
tomar medidas más drásticas y echar a la calle a este viejo priista que tanto
daño le está haciendo a Chiapas… PARECE que
al matusalén de la colina universitaria todavía no le llega su segundo aire.
Carlos Eugenio Ruiz Hernández se ha convertido en un estorbo para la UNACH. Y lo
mejor que le podría pasar en estos momentos a la universidad para elevar su
calidad educativa es que el rector renuncie. Pues ya se sabe: Lo viejo y
gastado, ya no tiene una vida útil… Au
Revoir.
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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