Mucho se habla de que en el país se
vive una grave crisis de gobernabilidad. Y eso lo asumimos basados en la peor catástrofe
durante el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, el caso Ayotzinapa.
Como crisis de gobernabilidad se
entiende, básicamente, como el incremento de la violencia, la privatización de
la seguridad, la corrupción, la ineficiencia de la policía; asimismo, el
déficit en la procuración de justicia y protección de los derechos humanos. Y en
cuanto estructural, es la falta de capacidad que tiene todo gobierno para
cumplir con sus funciones, principalmente las de implementación de políticas
públicas.
Según reporte del Instituto Nacional
de Estadística y Geografía (Inegi), la tasa de desempleo en México promedió en
4.35 por ciento en 2015, la cifra más baja en siete años. Y una de las más
bajas del mundo. También, la tasa de inflación de 2.48 fue de las más bajas del
mundo. La de Venezuela es 60 veces más alta que la nuestra.
No soy un experto, pero el declive
de los precios del petróleo no es un asunto exclusivo de México, sino un
fenómeno que está golpeando a nivel mundial por varias razones. La principal de
éstas es la excesiva oferta que hay del crudo entre los países productores y la
baja demanda de los consumidores. China, por ejemplo, que es de los mayores consumidores,
al desacelerar sus finanzas nos dice que necesita menos petróleo para alimentar
su economía. Y por otro lado, están Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos
que no le temen a las consecuencias de la sobreproducción porque están parados
en petróleo, y por lo mismo siguen produciendo sin detenerse a pensar en los
bajos precios.
Y esto no puede impedirlo ni controlarlo ningún gobierno por
sí solo, mucho menos México, sino requiere que los países integrantes de la
OPEP tomen acuerdos para la regulación de su extracción y comercialización.
Algo similar sucede con el precio del dólar. Y no hay motivo para espantarse. Que
esta moneda esté incrementando su valor no tiene ninguna repercusión importante
porque no está reflejado en la inflación (está estable y baja), los productos
de la canasta básica y los de mayor consumo siguen dentro del rango normal de
precios. ¿O no? Mientras no estemos como en 1984, al final de la docena
trágica, no pasa nada.
El manejo de la economía no está mal.
Pero lo que puso a todos rabiosos -y de lo que hasta el
momento no ha podido levantarse el gobierno peñanietista-, es el escandaloso crimen de los 43 normalistas asesinados
e incinerados de Iguala.
Recordemos que el gobierno dejó pasar mucho tiempo para aclarar
las cosas sobre lo ocurrido en Ayotzinapa, y con el transcurso de los días
permitió que toda la culpabilidad se le viniera encima. Eso se llama falta de estrategia de control de daños.
No ingobernabilidad.
Cuando a Felipe Calderón lo calificaron de asesino por los 70 mil muertos en la lucha contra el narco, él rápidamente
contestó “No me
arrepiento porque todo lo hice para el bien de México y porque amo mi país”. Y
al cinismo de Calderón nadie
le protestó, se tragaron el coraje, nadie salió a las calles, ni organizó
marchas, ni movilizaciones de odio, ni saturaron las páginas de la prensa ni las
redes sociales con mensajes iracundos. Y tampoco hubo vandalismo.
Felipe Calderón perdió el dominio de la lucha contra el
narco pero jamás dejó que se le escapara el poder, que se le sublevaran o
contradijeran su autoridad. A cada señalamiento de violación a los derechos
humanos, matanza, asesinatos de gente inocente en el fuego cruzado o recrudecimiento
de la violencia siempre contestó con prontitud, incluso con toda la fuerza del
Estado, para contener cualquier conato de sedición contra él y sus políticas antinarco.
El mayor pecado de Peña Nieto se resume
en una máxima: El que calla otorga. Con
eso, la desinformación y el enojo de las clases medias, de los intelectuales y de
la oposición que aún no ve cumplida sus ganas de ver caer al presidente y al
PRI, con facilidad fue minada la credibilidad, la confianza y la estabilidad
del país.
LO QUE SUCEDIÓ Y NADIE DIJO
1. Lo de Ayotzinapa era de simple lógica.
Un ejemplar comunicado de prensa pudo explicar que si el gobierno del Estado de
Guerrero era del PRD, el de Iguala también del PRD y los Abarca impuestos por
Andrés Manuel López Obrador cuando este hacía y deshacía lo que le venía en
gana con el partido, tanto las muertes de las seis personas en el tiroteo como
la desaparición de los 43 normalistas eran entera responsabilidad del PRD, no
del gobierno federal y menos del presidente Peña.
Y, ahora, a poco más de un año, hay 113
detenidos, entre ellos la autoridad de Iguala José Luis Abarca, del PRD, que
ordenó a sus policías la detención de los normalistas y entregárselos a los Guerreros Unidos: los narcos del
alcalde, de su esposa y de su familia. Y hasta el día de hoy son 130 personas
las procesadas por este crimen, como no ocurrió ni el 68 ni el 71.
2. En cuanto al escándalo de la Casa
Blanca fue una gran torpeza dejar que manos inexpertas y gente no apropiada,
como la primera dama, se encargara de aclarar la situación. Para eso están los
instrumentos y métodos correspondientes. Además, fue desbordante la incapacidad
de los estrategas que ni siquiera pudieron comentar algo sobre las amistades
que suelen suscitarse por simple relación laboral o política entre los empresarios,
políticos y demás gobernantes. Es cosa inevitable -y por demás sensata- que también
esto pase entre otros constructores y gente del PAN y del PRD, dentro y fuera
del poder.
3. Por otro lado, la guerra contra el
narco. Acusan a Peña Nieto de los miles de muertos caídos en el combate a las
bandas criminales, cuando los muertos son producto de las guerras de los cárteles
por los territorios. Además, está detenido y procesado el responsable de más de
120 mil muertos en las luchas de reacomodo entre bandas narcotraficantes, El
Chapo Guzmán.
LA CULPA
No exculpo a nadie, pero si Peña Nieto no mejora su
estrategia de control de daños caeremos en un vacío de poder. Qué absurdo si
sucede. Esto puede sonar exagerado, pero de pasar esa sí será su culpa y su
crisis.
@_MarioCaballero
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