ACTEAL: INJUSTICIA OFICIAL



            El infortunio es vario. La catástrofe es sorpresiva y en algunas de las veces un acto conspiratorio. La matanza de Acteal fue un crimen eficiente, planeado hasta sus últimas consecuencias y tan perfecto que hasta el día de hoy no hay culpables ni justicia para las víctimas.

            Por eso el documento llamado Estudio Psicosocial de los Antecedentes, Factores asociados al hecho y Manejo de la Emergencia, Consecuencias psicosociales e Impacto en la comunidad de Acteal, presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por el Centro Fray Bartolomé de las Casas y la Organización Las Abejas, es un paso importante dentro del proceso para esclarecer la verdad, porque lo de Acteal no es un caso o un episodio de nota roja como nos lo han querido presentar, sino la monstruosidad de la impunidad caciquil, del poder del momento, de las guardias blancas y de los grupos paramilitares de la región.


LA VERDAD OCULTA

            La verdad es esta: El lunes 22 de diciembre de 1997, un grupo de paramilitares masacró a 45 indígenas que estaban orando en una pequeña capilla, para después huir del lugar como si fueran fantasmas.

Ese lunes fue un día común para los muchos que tuvieron que levantarse temprano para ir al trabajo o a la escuela, para iniciar las labores del hogar. El sol apareció en el Este con un halo frío pero agradable. Y según los informes de Sistema Meteorológico Nacional, Tuxtla Gutiérrez rondaría los 27 grados máximos, con un mínimo de 22. Nada fuera de lo normal para ser temporada invernal. Sin embargo, pronosticaban frío para los municipios de los Altos de Chiapas, con una temperatura que llegaría a los 12 grados durante la noche, tal vez menos. ¡Qué importa! ¿Total desde cuándo acá los expertos en el clima son atinados y quién les presta atención?

En Acteal, municipio de Chenalhó, los campesinos madrugaron como siempre para ir a trabajar a sus terrenos de cultivo y pastoreo. Para ellos esté como esté el clima poco les importa, ya que cuando lo que se tiene es hambre y lo que sobran son carencias las condiciones climáticas son lo de menos. Y entretanto la gran mayoría acudía a sus labores diarias, un pequeño grupo de cuarenta y cinco indígenas -entregados en un ayuno de tres días- estaban reunidos en una sinagoga orando.  

Pocas horas después de haber despuntado el alba, según el cerco informativo que se tiene al respecto, al parecer el único testigo de la canallada más monstruosa del siglo pasado fue el cielo. Un grupo de 90 entrenados paramilitares entraron a la comunidad con armas AK-47 y M-16, rodearon la capilla en donde se encontraban rezando las 45 personas, se colocaron en sitios estratégicos por si alguien pudiera escapar y huir, y ni siquiera se molestaron en esconderse ni hacer ruido.

Adentro, reinaba la paz y el fervor de los creyentes; afuera, la muerte asechaba en forma de metralletas y asesinos a sueldo. Y una vez todos en su puestos, varios de los sicarios –¿Dios sabe cuántos?- irrumpieron en la capilla disparando a sangre fría y sin discriminación contra los ahí reunidos, haciendo de la fiesta espiritual un carnaval de sangre, utilizando balas expansivas para hacer de la masacre la más espectacular carnicería. Ninguno de los agredidos responde al sanguinario ataque porque nadie de los ahí dentro cuenta con un arma, y la única esperanza que les queda de sobrevivir es salir del lugar y buscar refugio.

            A 200 metros de donde ocurre el exterminio hay un retén militar, pero nadie escucha nada, ni las voces de auxilio ni el estruendo de las armas. Todo indica una incuestionable complicidad. Muchos de los que logran escapar de la capilla son perseguidos como en cacería hasta sus chozas o hasta donde los alcanzaron las balas. Otros no llegaron tan lejos, sus cuerpos, en poses mortales, quedaron regados entre los matorrales, en el camino de tierra, junto a un árbol o a unos pasos de la iglesia con hoyos sangrándoles en el pecho, en el abdomen o en la cabeza con un tiro de gracia.

            Alrededor de la capilla no hay más que confusión y muerte. A los asesinos no se les escapa ni uno solo: persiguen y encuentran a los que huyen, los golpean y los matan a tiros de metralla. Los verdugos son engendros a los que no les basta el olor de la sangre mezclado con la pólvora, sino desposeídos de los mínimos afectos humanos buscan el placer auditivo de la tortura, cuando en vano hombres y mujeres, con marcas de crueldad en el cuerpo, suplicaron a gritos por sus vidas y las de sus hijos.

Nadie sobrevive a la matanza: 21 mujeres quedaron tendidas en el polvo con un rictus de terror en la cara, imposibilitadas para consolar a sus hijos que lloraban alrededor de ellas sacudiéndolas con fuerza para que despertaran. 15 niños murieron ese día, uno de ellos de tan sólo un año de edad.      

            El operativo duró siete horas. Y durante todo ese tiempo el ex gobernador Julio César Ruiz Ferro fue informado de los detalles por medio de radiofonía. También estuvo comunicado con el ex presidente municipal de Chenalhó Mariano Arias, al que le dijo: “Mi presidente, no te preocupes, deja que se maten. Yo voy a mandar a recoger los cadáveres”.

            Los paramilitares desaparecieron y hasta hoy son prófugos de la justicia que se esconden tras las enaguas de los autores intelectuales.

Momentos después de consumarse el asesinato los medios de comunicación arribaron al lugar de la catástrofe, lanzando la noticia por escrito, por frecuencias radiofónicas y por los canales televisivos. Es también por los mismos medios que las promesas de justicia no tardaron en llegar. El ex gobernador Julio Cesar Ruiz Ferro y también el ex Presidente de México, Ernesto Zedillo Ponce de León, mostraron una cara de indignación ante las cámaras y ordenaron a la Procuraduría General de la República una pronta investigación para castigar a los responsables del crimen con todo el peso de la ley.

Unas 100 personas, en su mayoría indígenas, consideradas como los presuntos asesinos, fueron detenidas y luego recluidas en una cárcel de Tuxtla Gutiérrez.

EL ESTUDIO

            Dicho estudio (elaborado por Carlos Martín Beristain, integrante del grupo de expertos GIEI, designado para investigar el caso Ayotzinapa, y con informe pericial médico-forense realizado por el médico legal y forense, Francisco Etxeberria Gabilondo) tiene un gran virtud: precisa la responsabilidad de las autoridades en turno (en este caso particular Julio César Ruiz Ferro y Ernesto Zedillo), siendo contundente en cuanto a que no previeron ni realizaron las acciones necesarias para atender el acontecimiento antes y después de tiempo.

            Este estudio podrá o no ser la respuesta a la exigencia de justicia, pero sin lugar a dudas es un gran avance en la interminable cadena de fracasos y no por la ineficiencia de las víctimas. Por otro lado, con esto se puede desmentir lo que por muchos años nos han querido hacer creer que lo de Acteal fue un enfrentamiento entre dos bandas indígenas facciosas, una de las cuales había matado 18 personas y que era la responsable de la matanza. Eso jamás fue cierto.

Y el objetivo de desinformar a la sociedad fue agregarle agravio a los muertos, fue agregarle calumnia a la niña de 2 años que quedó ciega en el tiroteo y que pedía que le encendieran la luz, fue agregarle infamia al niño Gerónimo Vázquez, de cuatro años de edad, al que los paramilitares le amputaron cuatro dedos de la mano.

Desde siempre el gobierno ha acusado de aprovechados a los familiares de las víctimas, alegando que piden una “solución amistosa” (dinero) para reparar los daños. Sin embargo, esto es otra mentira: Nunca las víctimas han desviado la exigencia de justicia, y esto queda resumido en lo que dijo la sra. María Vázquez, que perdió a nueve de sus familiares en la matanza: “Lo que queremos es justicia y verdad. No vamos a cambiar la sangre de nuestros seres queridos por dinero”.

Si no hay justicia Acteal seguirá convertido en una causa del gobierno federal y del estado.


yomariocaballero@gmail.com

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