La justicia y la
política siempre han caminado juntas. Una sin la otra, cojea. Dependen entre sí
para dar piso firme a cualquier gobierno. Desde que existe la democracia, la
justicia fue llevada a la formalidad. Con ello se dio un paso hacia adelante en
la equidad y en la eliminación de la burda discrecionalidad con que los
soberanos la impartían.
Esa relación dio
certeza al principio de igualdad ante la ley. De ahí la frase de que la ley a
todos nos iguala y a todos nos protege. Para los efectos de justicia penal, fijó
la obligatoriedad de los principios del debido proceso. No obstante, sin
importar los enormes avances, la justicia sigue siendo hasta nuestros días un
tema aspiracional y nunca han desaparecido los modos y los métodos con que la
política la condiciona, coarta o impide a capricho y conveniencia de los
poderosos.
La política, según
Aristóteles, es el arte de gobernar. Es algo que viene con nosotros desde el
nacimiento. Cuando el bebé llora para pedir alimento o reclamar la atención de
los padres, está haciendo política. Pero al no estar acompañada por la
justicia, el poder político carece de control, de legitimidad ante el pueblo,
navega en la desconfianza y puede convertirse en el cáncer que ha destruido
sociedades enteras: la dictadura.
En México la
justicia ha venido perdiendo la pelea contra la impunidad. Entendida como el
elemento que pone diques al autoritarismo, al uso exagerado de la fuerza y que da
garantías para la sana convivencia; su desaparición del ámbito cotidiano permite
la instauración de regímenes despóticos, caciquismo, la aparición de grupos
delincuenciales. Sin ésta no hay gobierno, sino anarquía. Crece la desigualdad
social, se multiplican los delitos y los delincuentes, se daña la imagen del
gobernante y del aparato de justicia, la convivencia se pone en peligro y la
clase política ejerce el poder no para el bien común, sino para el beneficio propio.
Por tanto, la
impunidad es el resultado de la incapacidad del sistema en todo su conjunto (y
por qué no, también del ciudadano) para que las leyes se respeten, se hagan
valer y ofrezcan sanciones a quienes desobedezcan su mandato.
Al imponerse la política
sobre la justicia, se comenten fraudes a los recursos públicos, supuestos
criminales pasan a formar parte de la estructura de gobierno, presidentes de la
República, gobernadores, alcaldes y legisladores se enriquecen ilícitamente sin
recibir ningún castigo. Algunas veces hasta son premiados.
En 2010 se dio uno
de los casos más reprobables. La bancada del PRD en San Lázaro, introdujo a
Julio César Godoy Toscano escondido en la camioneta de José Guadalupe Acosta
Naranjo, entonces presidente del Congreso, y lo ocultaron durante dos días en la
oficina de Alejandro Encinas, su coordinador, para que protestara el cargo y le
dieran protección del fuero a quien era, realmente, un activo del crimen
organizado de Michoacán. La política sobre la justicia.
El 7 de junio de
2011, el ex mandatario Pablo Salazar Mendiguchía es detenido por los delitos de
peculado y asociación delictuosa. De acuerdo a la acusación, había desviado 104
millones de pesos del erario para un supuesto bono sexenal. Dieciséis meses más
tarde, sin explicación alguna, le son retirados los cargos y sale libre de su reclusión
domiciliaria. Tiempo después, él mismo dijo que había negociado su libertad con
Juan Sabines a cambio de no proceder penalmente contra éste. Política y no
justicia.
OTROS CASOS; OTROS FORÚNCULOS
Decía Jaime Torres
Bodet que caminamos entre tumbas. En Chiapas, la falta de justicia ha
propiciado el surgimiento del vandalismo en todas sus formas. Al no aplicarse
la ley, se volvieron cotidianos y hasta parte del paisaje las tomas carreteras,
los bloqueos, el secuestro y quema de camiones, el saqueo a tiendas de
conveniencia, la violencia criminal, los destrozos a dependencias, las
confrontaciones con el gobierno y el pisoteo incesante a los derechos
ciudadanos.
Ejemplos tenemos
muchos. El MOCRI y todas sus variantes se volvieron un grupo criminal que se
dedicó al despojo de tierras en todo el estado. Supo enfrentarse a los pasados
gobiernos y logró importantes prebendas políticas además de protección del
Estado. Pudo más el garrote y el machete que la ley.
La CNTE, ese
grupúsculo magisterial que año con año abandona las aulas de clases para luchar
supuestamente por los derechos laborales de los maestros, ha obtenido ganancias
con las marchas, los plantones y los paros magisteriales. Tanto Juan Sabines
como Manuel Velasco Coello apapacharon a sus líderes y les concedieron todo
tipo de privilegios, desde cuotas discrecionales hasta puestos en el gobierno
para sus familiares.
Los normalistas
también se han aprovechado de esa falta de legalidad. Se han enfrentado al
gobierno con las mismas tácticas de la sediciosa CNTE, y vaya que les ha ido
bien. El sexenio anterior lograron una serie de acuerdos al margen de la ley. Quemando
vehículos, saqueando comercios, bloqueando carreteras y agrediendo edificios
públicos obtuvieron recursos financieros, apoyo para uniformes, infraestructura
escolar, alimentación, equipo de transporte, herramientas, mobiliario, útiles, becas,
etcétera. Y cada vez que les da su regalada gana, cada vez que quieren más, vuelven
a lo mismo.
Este miércoles, un
grupo representante de la Escuela Normal Rural Mactumatzá fue atendido por el
secretario de gobierno, Ismael Brito Mazariegos, y otras autoridades estatales.
Abordaron 21 demandas, que incluyen el proceso de ingreso, fortalecimiento
académico, recursos financieros, seguridad laboral para los egresados y el
reconocimiento del internado. Recibieron las debidas respuestas a sus
planteamientos y se agendaron nuevas reuniones para tratar otros temas que son
prioridad de la institución educativa. Dicho sea de paso, esa fue una de tantas
otras mesas de diálogo propuestas por el actual gobierno.
No contentos,
tomaron con violencia la caseta de cobro Tuxtla-San Cristóbal. Y al ser
desalojados de forma pacífica, retuvieron dos camiones de una empresa de
transporte para trasladarse a la escuela. Una vez ahí bloquearon el cruce del
libramiento norte y el boulevard Vicente Fox, donde protagonizaron una sarta de
desmanes, agresiones contra particulares, quemaron un vehículo y atacaron con
cohetones a los agentes del orden.
APLICAR LA LEY
Justamente por lo
anterior son de celebrarse las expresiones del secretario Brito Mazariegos de
hacer un llamado al diálogo, pero también por recuperar el orden cada vez que
éste es atacado. Las autoridades no pueden mantenerse pasivas frente a los
casos que demandan justicia. La ley es protección al particular y es deber del
Estado hacerla valer. La buena justicia demanda de firmeza y de apego a la
formalidad.
Los normalistas
podrán estar en su derecho de manifestarse, pero eso en ningún momento les
permite agredir a los ciudadanos y cometer ilícitos. Afortunadamente, no ha
habido pérdidas que lamentar y no se debe esperar a que aparezcan. Si roban un
camión, si lo queman, si golpean a una persona (como ha sucedido en varias
ocasiones), si dañan la propiedad privada y pública, si ilegalmente cobran las
cuotas de peaje, si alteran el orden, están cometiendo delitos y deben ser
sancionados por ello. La libertad de manifestación no debe ser coartada del
crimen.
Hoy, como nunca
antes, es indispensable actuar con claridad y firmeza contra la impunidad de los
muchos grupos que se han beneficiado a través del chantaje y la violencia.
Aplicar la ley no es represión, es justicia. Y la demanda de justicia es
demasiado seria para tomarse a la ligera.
Es tiempo que el
gobierno haga su parte. Y no se trata de lavarle la cara a nadie frente al
repudio ciudadano, sino simplemente de hacer valer la ley. ¡Chao!
yomariocaballero@gmail.com
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