Casi siempre que
muere un famoso la frase recogida es “murió el ídolo; nace la leyenda”. Pero no
fue esa la más repetida el día que falleció José José. Los clamores no fueron
de solemnidad, sino de tristeza. La gente no le daba la despedida a una celebridad
más, sino a su querido Príncipe. Porque dolió decirle adiós. Las palabras no
fueron para ennoblecer su partida, que bien lo merecía. Fueron de desconsuelo. Se
dijo: “¡Hasta siempre, Príncipe!”, como cuando se llora la muerte de un ser
amado.
José José fue más
que un artista. Fue el arquetipo de lo que ha significado la existencia de
muchos hombres en México y sin duda también en América Latina. No me refiero a
otra cosa sino a eso de tener la suficiente voluntad para sobrevivir y tener
éxito, de tener valor para imponerse a la pobreza, de alguien que con muy pocas
oportunidades pasó a la historia como uno de los más grandes cantantes de
México y el mundo. Y eso es tan cierto, como que El Príncipe se nos ha ido.
José Rómulo Sosa
Ortiz nació en la colonia Clavería, en la Ciudad de México. Hasta el día de su
muerte vendió más de 100 millones de discos en diferentes géneros como la
balada, bolero, jazz, pop latino, bossa nova, big band, mariachi y hasta
compuso canciones, como Si alguna vez
que debido a las altas y largas notas nadie se ha atrevido a interpretar. Hasta
eso, su voz no sólo era afinadísima, podía pasar con facilidad del agudo al
grave y cantar toda una estrofa con una sola bocanada de aire.
No estudió en
ningún conservatorio. Su escuela musical la tuvo en su propia casa. Su padre,
José Sosa Esquivel, era un tenor operístico que cantaba en Bellas Artes. Su
madre, Margarita Ortiz, era concertista de piano. Fue ella la que le regaló su
primer piano cuando José tenía quince años de edad. Y también fue ella la que
le recomendó comenzar a cobrar en la época en que José José era el encargado de
llevar serenata a las novias de sus amigos.
Su niñez y
juventud fueron difíciles. Su padre, un hombre del que se dice murió de
alcoholismo, abandonó a la familia, obligando al futuro cantante a trabajar
para ayudar a su madre y a su hermano menor.
Al cumplir 19 años
se unió a la banda llamada Los Peg, con la que grabó algunas canciones que no
tuvieron el menor éxito. Eso le venía a confirmar lo que muchas personas le decían
desde que mostró interés por cantar. Lo desalentaban alegando que era muy difícil
tener éxito en el mundo del espectáculo. Incluso, Don José Sosa fue el primero
en oponerse a su carrera musical. Siendo cantante de ópera, la música popular
era para él demasiado corriente y de mal gusto.
Hoy, por mucho, es
considerado uno de los más notables cantantes mexicanos de todos los tiempos. Luego
de su fracaso con Los Peg, una amiga lo invitó a cantar en el cumpleaños de su
hermana. Pero la hermana de su amiga era secretaria del gerente de la disquera
Orfeón Records. Después que lo escucharon, firmó un contrato y grabó su primer
álbum llamado “José José” (también conocido como Cuidado), fue el momento en
que unió su nombre con el de su padre, que acaba de fallecer.
Lamentablemente,
el disco, que tenía una producción excepcional, buenos arreglos, una increíble mezcla
de ritmos y canciones de Rubén Fuentes y Armando Manzanero, fracasó. Se dice
que era “demasiado exquisito” para su tiempo. Ante esa nueva derrota, José
volvió a las serenatas y a cantar en fiestas, bares y cabarets. De algún modo tenía
que llevar dinero a su casa, ya que la cocina económica que tenía su mamá no
daba para llegar a fin de mes.
En la cumbre de su
carrera, José era de los pocos artistas de habla hispana que cobraba en
dólares. Era millonario. Tenía un escenario que se comparaba al que tenían los más
grandes de su tiempo, como Frank Sinatra, quien quiso grabar con él, pero la disquera
del mexicano lo impidió. Y tuvo giras exitosas en países donde no hablan
español, entre éstos Japón, Israel y Rusia.
Además, agotaba
lugares en recintos de primer mundo como el Madison Square Garden y Radio City
Music Hall, donde se ganó el apodo de Mr. Sold Out (Señor Agotado). En 1989, se
convirtió en el único que logró abarrotar la Plaza de Toros México dos noches seguidas,
cantando para más de cien mil personas.
A pesar de su
enorme fama y fortuna, nunca perdió el piso. Siguió siendo el tipo amable,
humilde y bien portado de cuando a sus 22 años de edad saltó al éxito en el
Festival de la Canción Latina con una canción que lo escogió a él: El Triste. Cuentan
que al compositor Roberto Cantoral le presentaron a diversos cantantes para
interpretar su balada, todos éstos con cierta trayectoria y prestigio. Pero
cuando escuchó “La nave del olvido”, la cual fue el primer gran éxito de José
José, dijo: “él es El Triste”.
Si algo le debemos
al Príncipe es que nunca cantó algo que no sentía y que no hubiera vivido.
Fueron su materia prima el amor, el desamor, el abandono, la felicidad, la
pérdida, la juventud, la madurez, la culpabilidad, el odio, la venganza, y
trató esos temas del dominio humano con mucha sensibilidad.
En medio de sus
borracheras se sentaba a platicar con sus compositores y éstos convertían sus
penas y aventuras en versos. Por tanto, todos disfrutamos su música, excepto
–claro- que uno sea el enamorado, el abandonado o el despechado. Ahí sus
canciones se vuelven indispensables: “Pero lo dudo, conmigo te mecías en el
aire/ volaban en caballo blanco el mundo/ y aquellas cosas no podrán volver”.
A mi juicio creo
que para entender a José José se necesita un poco de madurez, un par de canas,
por ejemplo. No veo a un adolescente que va en su primera novia y pueda sentir
en las entrañas la frase “Hiciste que los días se hicieran noches, a veces era
tu cuerpo, a veces era algo más”.
Y escucharlo no es
propio de una borrachera de antro, ni de bares de moda. Si no en la soledad,
enfermando el hígado y sanando el corazón. O con dos o tres personas muy
cercanas. Hermanos, primos, amigos de confianza a los que puedes invitar a tu
casa sin ningún pretexto ni formalismos, a tomarse unos whiskies o el ron más
barato.
José José fue
grande y lo perdió todo. Sus amigos lo describen como el hombre que vino al
mundo a sufrir. Tuvo dos matrimonios fallidos, dos veces le robaron su inmensa fortuna,
quedó en la calle, padeció diabetes y cáncer, fue arrasado por las adicciones
y, lo peor de todo, se le apagó la voz. En la intimidad le pedía a Dios con
todo el corazón que no se llevara su voz, pues al perderla se le acababa la
vida.
Tal vez por todo ello
perdió la confianza en las personas. A todos saludaba como “hermano del alma”,
pero tenía poquísimos amigos. Pues los que siempre lo acompañaban eran un traje
impecable, una camisa perfectamente planchada, doce cajas de medicamentos para
controlar la diabetes y cortisona, para abrirle la garganta.
Él mismo reconoció
alguna vez que tenía cuatro ángeles en su vida: el periodista Ricardo Rocha, la
empresaria Tina Galindo, el padre de ésta y Fanny Schatz, quienes después de
dos años de haber desaparecido lo rescataron de la miseria de morir en un carro
abandonado para enviarlo a una clínica de rehabilitación en Minnesota.
Pero qué caso
tiene en estos momentos fijarse en eso si José José será recordado por su
talento, por su voz inigualable e irrepetible, por su sencillez humana y sus
canciones. Lo que ahora importa es decir que ese cantante nació, creció y siempre
se sintió parte y entre nosotros. Lo que exige es hablar, de ese bohemio que
fue íntegro en sus pensamientos y en forma de ser, como yo aquí, haciéndole al virtuoso
cuando lo único que quiero es recordar a mi Príncipe.
Hoy se cumplen 42
días de su partida. Y ahora, de tanto escucharlo, estoy condenado a decir que
José José, de aquí hasta el fin del mundo, cantará cada día mejor. Descanse en
paz, quien en vida mucho nos dio. ¡Hasta
siempre, Príncipe!
yomariocaballero@gmail.com
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