De
niño soñaba con una vida distinta a la de su papá. Tomó la decisión una noche
que su padre volvió a llegar ebrio a la casa y sin dinero. Insultó a su mamá y
de paso le pegó a él y a sus tres hermanitos. Juan Pablo cuenta que tuvieron
que salir corriendo y esperaron la luz de un nuevo día amontonados en una banca
del parque de la colonia.
Actualmente
Juan Pablo tiene 41 años de edad, tres hijos y un sueño frustrado. Es campesino
igual que su padre, igual que su abuelo. Infructuosos fueron todos los intentos
por salir adelante ya que sigue siendo parte de una larga generación de
campesinos en el ejido Emiliano Zapata, ubicado a unos cuantos kilómetros de
Arriaga, Chiapas.
Para
un periodista, lo primero que llama la atención al llegar a ese pequeño pueblo
es el silencio. No me refiero al silencio de la gente. Los “zapateños” pueden
ser todo, menos callados: en privado discuten, charlan sobre las vicisitudes de
la vida, preguntan y seducen con su buen humor.
Más
que una comunidad, Emiliano Zapata es un pedazo de tierra donde el murmullo
constante de las ciudades no los toca. El griterío de los medios de
comunicación, las redes sociales, las manifestaciones y las protestas nos cubre
a todos aunque no queramos. Ese coro no existe ahí. Son pocos los que logran
salir del pueblo en busca de mejores oportunidades. Quienes no se dedican al
trabajo del campo, son pescadores por necesidad. Y eso es lo que Juan Pablo no
quería para él ni para su familia.
Los
zapateños escapan del silencio a través del arte de la conversación. Creo que
nunca he comenzado pláticas tan espontáneas como en las polvorientas calles de
Zapata, como los lugareños llaman a su terruño. En mi experiencia, miran el
pueblo y su realidad con una honestidad admirable. Aquilatan lo que tienen que
aquilatar y lamentan mucho lo que tienen que lamentar. Saben que son habitantes
de una comunidad pobre, como muchas que hay en Chiapas.
Tan
acostumbrados estamos a la letanía sobre ellas, que no hay nada mejor que
escuchar. Eso hice con Juan Pablo, un campesino amable y muy lúcido con el que
tuve la oportunidad de charlar poco más de una hora en el patio de su casa,
alumbrados por un foco de luz amarillenta y tomando café con pan.
Juan
reconoce, antes que nada, que no importa cuán pobre seas porque en su tierra
nadie puede morirse de hambre. Si no tienes terrenos de cultivo o algún nivel
de estudios para conseguir un empleo en Arriaga, Tonalá o en Chahuites, Oaxaca,
por ser las ciudades más cercanas, puedes trabajar en la parcela de alguien y
te ganas unos pesos para pasar el día. Si ni siquiera eso, pues entonces te vas
a pescar al mar y llevas el alimento a tu casa.
Y
Aunque los niños estudien sofocados por el calor en escuelas viejas y ruinosas,
se educan. En Zapata hay un jardín de niños y una primaria. Pero las buenas
noticias terminan ahí. Contrario a las posibilidades de ganarse el alimento de todos
los días y tener la oportunidad de al menos aprender a leer y escribir, los
zapateños han sido sometidos durante décadas a la desigualdad, a la falta de
oportunidades, a continuar la tradición familiar de nacer y morir pobre.
Juan
no quería ser bombero y tampoco astronauta, como muchos niños dicen. Él soñaba con
ser maestro. Admiraba el respeto que su profesor inspiraba en la colonia, su
forma de vestir, de hablar y de comportarse. Dice que antes de que cambiara su
plaza a otra escuela, vivía en una casa con techo de cemento, con su portón de
lámina y ventanas de persianas. Así quería vivir cuando fuera grande, decía.
Pero no lo logró. Al culminar su educación primaria, se vio obligado a seguir
ayudando a su padre en la parcela. Nadie lo apoyó.
Cuando
nació su primer hijo, Juan tenía 19 años. Al cumplir los 21, con un segundo
bebé en puerta y algunas deudas, decidió ir en busca del sueño americano.
Consiguió que le prestaran veinte mil pesos y se fue. El pollero que según lo
iba a pasar para el otro lado lo abandonó en Tijuana. Sin dinero y con hambre,
tuvo que trabajar de franelero para poder regresarse a su casa.
No
llegó a pisar tierras estadunidenses, pero aun así podríamos decir que a Juan
Pablo le fue bien. Según datos de la Organización Internacional para las
Migraciones, el año pasado cerca de 300 migrantes murieron al intentar cruzar
la frontera, lo que representó un aumento del 40 por ciento comparado con 2016.
Dos
años después, volvió a intentarlo. Sus primos Óscar y Santiago lo acompañaron
en la travesía. El primero de ellos murió ahogado en el río Bravo y el segundo fue
detenido en la frontera.
“A
mí me agarraron los de la policía fronteriza estando del otro lado. Éramos 15
personas los que logramos cruzar. El pollero nos llevó hasta una carretera
donde dos camionetas pasarían por nosotros para llevarnos a Arizona. Nos
escondimos entre los matorrales. Era todavía de noche cuando pasó la primera
camioneta. En esa se subieron ocho personas, yo me quedé con los demás a
esperar la siguiente. Media hora después el pollero nos dio la señal de que
saliéramos del escondite. Para nuestra mala suerte no era el carro que esperábamos,
sino una patrulla”, dijo. No pude evitar reír. Le dije que lo que me acaba de
contar sería cómico si no fuera tan trágico. Juan Pablo no le encontró la
gracia.
Dos
se escaparon –continuó-. Al resto del grupo nos subieron a la patrulla y nos
quitaron todo. Una muchacha que estaba con nosotros dijo que la violaron. No sé
si fue cierto. Capaz que sí. Y del pollero jamás volvimos a saber.
Otra
estadística dice que en 2017, el gobierno de Donald Trump aprehendió a 310 mil
531 migrantes en el cruce fronterizo de México y Estados Unidos. Irónicamente,
es la cifra más baja en 46 años, según reportes del Departamento de Seguridad
Nacional de ese país. Un año antes, esa cifra fue de casi 409 mil.
Hubo
un tercer intento. Por fin logró entrar al país de los billetes verdes.
Tuvieron que pasar cuatro años para que lo deportaran. Mientras tanto pudo
ganar algunos dólares que enviaba con regularidad a su familia. De ahí es que
tiene su casa propia, con techo de cemento y portón de lámina. Y nada más.
Antes
de despedirme le pregunto si lo volvería a intentar. Me respondió con un no
tajante. “Muchos de los que se van para allá piensan que se harán ricos. Mentira.
Uno sufre mucho. En la calle te avientan cosas, te escupen, te miran y se ríen
de ti y ni siquiera les entiendes. En varias ocasiones mis compañeros de trabajo,
gringos, me robaron el sueldo que acaba de cobrar. Y no puedes denunciarlos
porque el que sale perdiendo eres tú. Y eso no es todo: el 80 por ciento de lo
que ganas lo utilizas para sobrevivir y sólo el 20% mandas a tu familia. Y
siempre vives con miedo. Yo siempre he dicho que el sueño americano es muy
bonito cuando te lo cuentan, pero en la realidad es una mierda”.
Esa,
y no otra, es la situación real de los que buscaron mejores oportunidades de
vida en la tierra del Tío Sam. Si todos los gobiernos latinoamericanos
promovieran la reestructuración de sus políticas públicas a partir del derecho
a la igualdad, a una vida digna, con empleos también dignos y acceso a la educación,
salud y democracia, otra sería la historia.
NUEVO
RECTOR
Ya
hay nuevo rector en la Universidad Autónoma de Chiapas. La Junta de Gobierno optó
por dejar los destinos de esa valiosa institución educativa en manos de Carlos
Natarén Nandayapa, un investigador de tiempo completo, quien desde 2004 es miembro
del Sistema Nacional de Investigadores.
La
UNACH, ciertamente, requería de un verdadero unachense, de alguien ajeno a los
intereses de grupos que se confrontaron durante años por el poder.
Las
tres etapas pasadas dejaron muy en claro que las imposiciones no fueron buenas.
Al contrario, fomentaron el clientelismo, los compadrazgos y no supieron encauzar
las energías en beneficio de la comunidad universitaria. Por eso la mala oferta
educativa, los conflictos y los escándalos de corrupción que imperan en el
organismo.
Sin
duda, la tarea del abogado Natarén Nandayapa no será sencilla. No obstante,
aparte de haber sido elegido con libertad, tiene prestigio, una amplia
trayectoria como académico e investigador y conoce a la Universidad desde sus
entrañas. Su primera encomienda será convocar a la unidad, para que con ello se
logre recuperar la identidad e importancia de la máxima casa de estudios de
Chiapas.
Enhorabuena.
Llegó la hora de darle vuelta a la página y escribir una nueva historia. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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