Lo
que contaré enseguida pasó hace algunos años. Me lo contó una amiga a la que
por respeto llamaremos Mariela. Lo hizo no como un espacio de denuncia, sino
como una forma de desahogo. Por lo que diré que nunca creí tener ni la
pertenencia ni la oportunidad para hablar del tema, pero vale mucha la pena
retomarlo debido a la polémica que ha surgido al respecto en los últimos días.
Mariela
tocó la puerta de mi casa a eso de las once de la noche. Su semblante era de
espanto. Tenía el cabello recogido en una gruesa cola de caballo que le llagaba
a media espalda y el rostro pálido. Sus ojos verdes estaban perfectamente
delineados por unas ojeras que no eran de cansancio, sino por mucho llorar. Sus
brazos estaban lánguidos y había perdido mucho peso. Lo diré con toda
franqueza: su aspecto me hizo sentir impotente que apenas pude emitir palabra.
Mi
esposa que estaba terminando algunos quehaceres de la casa, se acercó a la sala
y nos ofreció una taza de café. En ese espacio tengo un viejo sillón azul donde
casi todas las noches me siento a leer. Mariela se sentó ahí, y con las manos en
el regazo me comenzó a relatar lo que desgraciadamente había sufrido los
pasados días.
Lo
que con mucho esfuerzo fue contando me hizo pasar de la tristeza al coraje. A ella
la conocía desde los doce o trece años y nunca la vi llorar, ni siquiera con un
dejo de preocupación. Era de esas adolescentes aplicadas en el estudio, una
buena hija y aunque de familia humilde no le faltaba nada. Y así fue hasta que
quince años más tarde un maldito taxista la violó.
Mariela
había salido del Instituto Tecnológico de Tuxtla Gutiérrez alrededor de las
siete de la noche, y como llovía prefirió pedir un taxi. Buscó el número entre
los contactos guardados en su teléfono celular y encontró el de ese taxista,
que para el colmo se decía amigo de la familia.
Éste
apareció a los diez minutos. “Por favor llévame a mi casa”, le pidió. Okey -respondió
el chafirete-. Nada más que tendremos que agarrar por el rumbo de Terán porque
hubo un accidente aquí por el crucero de la UNACH y hay mucho tráfico. Mariela
vivía en el barrio San Francisco, al lado sur de la ciudad.
Al
llegar a la intersección de la avenida central y la segunda oriente de la
colonia Terán, dijo: “También aquí hay mucho tráfico. Mejor seguiré unas calles
más adelante y de ahí doblo para salir al libramiento sur. Porque si seguimos
por aquí vamos a llegar a medianoche”. Tal cual, siguió el rumbo anunciado pero
nunca giró hacia el lado oriente, sino por el camino al antiguo aeropuerto.
“¿A
dónde me llevas? Por aquí no es”, le dijo Mariela. El taxista sacó una navaja y
le dijo que o se quedaba callada o se la cargaba la chingada. ¿Por qué me haces
esto? –dijo ella entre lágrimas. Siempre he querido tenerte, mamacita, y si no
es ahora no será nunca –contestó el agresor.
Condujo
el vehículo aproximadamente unos diez minutos más hasta que se encontró rodeado
de terrenos baldíos. Se estacionó. Apagó el motor. Y…
A
los pocos días de lo sucedido Mariela se enteró de que estaba embarazada. Del taxista
no volvió a saber nada más. Su pareja con quien había prometido casarse, la
dejó. Y su mamá, una mujer evangélica, lloró por la pena pero no permitió que
su hija decidiera por su propio futuro. “Ese bebé no tiene la culpa”, fue el
argumento que dio para impedir que ella abortara a un niño que era el producto
de un crimen. Por otro lado, su padre, un machista como los de antes, la culpó
de la violación.
“No
sé qué hacer”, me dijo aquella noche. Sin embargo, un par de días más tarde me
enteré de que había abortado y que estuvo a punto de perder la vida.
Por
falta de autorización legal, las clínicas y hospitales se negaron a
interrumpirle el embarazo. Así que cayó en las manos de una partera que le había
recomendado una amiga. Y en lugar de hacerse el procedimiento en un quirófano higiénico,
equipado con los instrumentos médicos necesarios para tal fin y atendida por
especialistas, casi se desangra en una habitación mugrienta donde dormían tres
perros.
DATOS
ESCALOFRIANTES
Durante
muchos años decenas de organizaciones feministas en el mundo han venido
luchando por el respeto a los derechos de la mujer. Y si bien han conquistado
que las mujeres tengan puestos importantes en el gobierno como cargos de
ministro en la Suprema Corte de Justicia de la Nación y obtenido la oportunidad
de participar en una elección, todavía existen a estas alturas de la vida
restricciones legales que les impiden decidir sobre su propio cuerpo.
En
la actualidad el aborto es considerado legal en casi todos los estados del país,
pero sólo en los casos de violación. Aunque en Guanajuato, Guerrero y Querétaro
nada más lo permiten cuando hay riesgo para la vida de la mujer. Y en catorce
de las treinta y dos entidades aparte del anterior se incluyen los casos en los
que existen deformidades fetales graves.
Tristemente,
las mujeres de México se enfrentan a dos grandes obstáculos: las necedades de
los organismos “Pro-vida” que defienden a ultranza el derecho a vivir de los
fetos sea cual sea su condición de salud y concepción, y el machismo rampante
que sigue imponiéndose no sólo en los hogares, también en el gobierno que en
buena parte sigue creyendo que el lugar de la mujer en la sociedad se limita a
la cocina.
Según
datos estadísticos, desde 2007, año en que el aborto se despenalizó en la
Ciudad de México, se han realizado casi 200 mil interrupciones de embarazo,
pero la cifra de los clandestinos es alarmante, pues se calcula que por cada
aborto legal se llevan a cabo cuatro en lo oscurito.
Un
reporte de 2009 hecho por expertos del Colegio de México, afirma que en todos
los estados de la República el aborto inducido se enfrenta a fuertes
restricciones, y advierte que detrás de cada aborto inducido hay un embarazo no
planeado, que para ese año se estimaron en un 55 por ciento del total de
embarazos en México. Lo grave es que esto se ha convertido en una causa común
de aborto que es ilegal en muchos estados.
Al
respecto, países como Alemania, Bélgica, Estados Unidos, Canadá, China, Nepal,
Singapur o Australia, por mencionar algunos, tienen todas las condiciones para
evitar embarazos no deseados, pero nada más en Chiapas ni siquiera el 30 por
ciento de la población tiene garantizados los servicios médicos, y más de la
mitad de las mujeres en edad reproductiva que tiene seguro social u otro
servicio médico, carece de las atenciones de salud adecuadas.
Ahora,
el 80% de la población chiapaneca vive en condición de pobreza y pobreza
extrema, según informes del CONEVAL, y en su mayoría apenas gana 20 pesos al
día y seguramente no los utilizará para comprar condones, sino comida.
De
tal manera, en Chiapas pueden acceder al aborto inducido en el caso de
violencia sexual, malformaciones congénitas o por peligro de muerte de la mamá,
pero ¿qué pasa con las mujeres pobres? Con aquellas que necesitan interrumpir
su embarazo debido a la falta de recursos para alimentar una boca más en casa.
Por
otro lado, a pesar de los avances en materia legal, las mujeres en México son criminalizadas
por el delito de aborto y el aborto inseguro sigue siendo la cuarta causa de
muerte materna en el país.
UN
CAMBIO CULTURAL
Para
que la interrupción legal del embarazo sea una realidad en todo México se
necesita un cambio cultural en cada uno de nosotros. No podemos seguir atados a
las viejas costumbres. Tampoco actuar conforme lo refiere la religión, el
sacerdote, el padrino, la tía o la abuela. Y hacer a un lado el machismo que
insulta, agrede, golpea, viola y destaza a las mujeres en terrenos baldíos.
Porque,
tú esposo, ¿estarías de acuerdo en mantener a un niño que es hijo del que violó
a tu esposa sólo porque el cura dice que si consientes el aborto te irás al
infierno? O, tú papá, ¿dejarías que tu hija eche a perder su vida por tener una
criatura que nació del abuso sexual? Tú diputado, tú senador, ¿seguirás anteponiendo
tu condición de macho para no legislar la despenalización del aborto y no poner
sanciones más duras a los delitos de violencia de género aunque eso signifique
la muerte de más mujeres?
Mientras
no haya ese cambio cultural y ese acto de consciencia sobre este fenómeno,
México continuará siendo un país atrasado, donde las mujeres mueren o ven
despedazados sus sueños sólo porque, como dijo la mamá de Mariela, “el bebé no
tiene la culpa”. ¡Chao!
@_MarioCaballero
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