No
es una ofensa, pero desde siempre se ha enseñado que no se debe responder una
pregunta con otra pregunta. Por esta ocasión haré una excepción a ese principio
para darle una respuesta al cuestionamiento más divulgado del momento: ¿Quién
ganó el debate? Y diré: ¿Bajo qué razones podemos afirmar que uno de los
candidatos salió vencedor?
Se
agradece a las autoridades electorales el diseño del nuevo formato que le dieron
al debate, porque sí hubo una mejoría a lo que estábamos acostumbrados. Una mejoría
pequeña, desde luego, pero evidente. Aunque también por ello quedó manifiesto que
aún le tenemos pavor a ser espontáneos, ágiles, fluidos y hasta épicos. Fue
claro que se volvieron a repetir esas interrogantes muchas veces machacadas,
las que se dicen de cajón, pero por momentos permitió que se asomaran las
personalidades de los candidatos.
Aplaudo
a los moderadores que hicieron un trabajo notable, ya que a pesar de las obvias
restricciones pudieron lanzar preguntas incisivas, mordaces, esas que muchos de
nosotros tal vez hubiéramos querido hacerles a los que pretenden gobernarnos. Como
“si su hijo fuera homosexual ¿le impediría contraer matrimonio con una persona
del mismo sexo?”, que le hicieron a Margarita Zavala.
Por
demás, fueron insistentes e incluso tercos cuando un candidato evadía la
interrogación. Por ello, creo, que ha sido el mejor debate entre los aspirantes
a la Presidencia que hemos tenido.
Sin
embargo, un debate no es igual a una partida de ajedrez donde las piezas van
desapareciendo y mucho menos los precedentes de éstas. No es la estrategia, ni
el argumento ni la chispa del que disputa lo que otorga la victoria. Pues el
debate es tan sólo un episodio de una guerra. Y no hay que perdernos o valernos
de los distintos juicios que muchos hagan de éste. Porque los que dan el
veredicto, en su mayoría, ya están comprometidos con tal o cual candidato. Por
ejemplo: es seguro que en la casa de campaña de López Obrador hayan dicho que
ganó él, y lo mismo pensarán quienes simpatizan con su proyecto, ya sean
ciudadanos de a pie, políticos, líderes de opinión, periodistas, analistas
políticos, intelectuales, empresarios, etcétera.
Nosotros
vemos un debate nada más para reforzar lo que ya sabemos, para despreciar lo
que nos fastidia. De tal manera, sólo una verdadera convulsión escénica puede
tener efecto electoral. No la hubo la noche del domingo.
ALGUNAS
OBSERVACIONES
“Partan
del México real, no del México maquillado”, pidió hace unos días Pedro Salazar,
director de Jurídicas de la UNAM, a los candidatos en el debate que llegaron al
Palacio de Minería con una encuesta publicada el miércoles pasado por el diario
Reforma que anunció unas elecciones no competidas. Ésta nos dice que el primer
lugar está firme y que la gran pelea es por los sótanos. Un dato: el 28% de los
encuestados cree que un gobierno dirigido por José Antonio Meade acarrearía
inestabilidad para el país, y lo relacionan con la frase “Es un peligro para
México”.
Con
esa información parece que la elección más importante en la historia reciente
de México, terminará siendo la más aburrida de todas. Eso se presume porque los
adversarios de Andrés Manuel siguen sin salir del punto de partida. Las
campañas de Ricardo Anaya y Meade, son campañas fallidas.
El
candidato del PRI fue en el debate el mismo palo que todos conocemos. No fue
capaz ni siquiera de hablarnos sin leer un texto de lo que podría ser uno de
los momentos más traumáticos de su vida: el asalto de su esposa. Si no tiene la
capacidad de comunicar sus emociones, ¿qué tipo de presidencia tendrá cuando
ese es un cargo que debe desempeñarse con pasión, coraje y amor?
Por
lo visto la imaginación y la naturalidad no son parte de su discurso. Es un
tecnócrata que tiene que apegarse a un libreto para poder hablar. Su vida no es
cuento de aventuras, sino un libro de políticas públicas. Muy bochornosos
fueron además sus empeños humorísticos. Definitivamente, su candidatura está
tan muerta como tan indefendibles son los abusos y delitos del gobierno de
Enrique Peña Nieto y del PRI.
Ricardo
Anaya, en cambio, pudo salir airoso de ese debate. Tuvo soltura física y
mental. Habló bien y de manera ordenada. No se duda que se preparó para el
momento. Logró bien combinar propuesta y ataque. Cuando lo enfrentaron, supo
qué decir y demostró ser un hombre que piensa y que no se da zancadillas con sus
propias palabras. Con datos en la mano logró ubicar los desvaríos e incongruencias
de López Obrador y con mucha inteligencia lo exhibió cada vez que éste se
negaba a responder las preguntas.
En
mi opinión fue el polemista más efectivo de esa noche, pero no digo que haya
ganado el debate ni que haya logrado el objetivo de quitarle unos puntos al
dueño de Morena, y menos superarlo. Lo que sí puedo casi asegurar es que se
mostró como el único adversario de AMLO.
Andrés
Manuel fue el mismo de siempre: el político intolerante que dice no pelear por
el cargo pero que lleva tres veces intentándolo. Llegó al debate pero sin
querer, pretendiendo solamente administrar su ventaja. Como pudo verse, habló
de lo mismo y reiterativamente. Cuando le preguntaban por qué había cambiado de
opinión sobre los políticos a los que antes calificaba de corruptos y ahora les
da buenas candidaturas en su partido, se negó a dar una respuesta. Ni siquiera
los defendió, como tampoco defendió sus propuestas ante los señalamientos de
sus oponentes.
Además,
nadie puede negar que es un tipo que carece de ingenio, pues en toda la noche
no dijo una sola idea fresca. Volvió a hablar de la mafia del poder, de
recuperar los valores espirituales, de que hay que barrer las escaleras de
arriba para abajo, de que es peje pero no lagarto, de la Cuarta Transformación,
en fin, se dedicó a replicar sus spots y lo que ha dicho durante más de una
década.
Lo
verdaderamente inquietante es su disposición para no escuchar a los demás y de
no respetar a quienes piensan distinto a él. A López Obrador le cansan y
aburren las voces que no son la suya.
¿SIRVIÓ
DE ALGO?
¿Sirvió
de algo el debate? No al menos para cambiar las tendencias del voto y llenar
nuestras expectativas. Sobre todo porque en cuanto a los temas más
trascendentales como la corrupción, la violencia y la impunidad, ninguno de
ellos logró dar soluciones reales, practicables y serias.
José
Antonio Meade no puede mostrarse como el candidato honesto cuando
indirectamente estuvo implicado en los escándalos de corrupción del gobierno
federal y del PRI. ¿Se puede así creer en sus propuestas del rescate del país?
De ninguna manera.
López
Obrador ofrece cambiar las reglas (las que le convienen), barrer la corrupción
(pero con el recogedor) y asegura que “si el presidente no roba los demás dejarán
de robar” (sic). Sin embargo, desprecia las instituciones, viola el Estado de
Derecho, no rinde cuentas a nadie, se rodea de los políticos más pillos de
México (llámese Elba Esther Gordillo o Napoleón Gómez Urrutia) y plantea la
amnistía para los narcos y criminales.
El
candidato del PAN sólo se comprometió a promover una iniciativa para la
creación de una Fiscalía auténticamente autónoma, que garantice el equilibrio
institucional, justicia y que no opere bajo las órdenes ni la voluntad de
nadie, ni siquiera del presidente.
Sabiendo
que la corrupción y la impunidad son el distintivo del sistema, lo que proponen
francamente nos queda a deber.
Ahora,
después del debate y de todo lo que se ha dicho al respecto, aquel candidato
que muestre cómo va a destruir ese monstruo, hablando de métodos, acciones,
fórmulas de compensación, nuevas leyes, organismos, sujetos y sanciones, para
él será mi agradecido voto.
PARA
MAGDALENA
EL
SECRETARIO del Trabajo, Óscar Ochoa Gallegos, inauguró recientemente la Semana
Estatal de Seguridad y Salud en el Trabajo 2018, con la que pretende unir
esfuerzos con los empresarios para la mejoría de las condiciones labores. Y
ayer logró dar un impulso importante para el empleo digno y de calidad con
empresas del sector turístico, donde se ofertaron 60 vacantes con salarios
entre 3 y 7 mil pesos mensuales. Sorprende que estas acciones se hayan dado a
escasos días de que Ochoa asumió el cargo y dio los resultados de dicha secretaría,
que en 2017 presentó un avance significativo en materia de justicia laboral,
confianza a la inversión y certeza jurídica. Excelente… ¡Chao!
@_MarioCaballero
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