En
cierta medida, las elecciones de 2018 serán tremendamente influenciadas por la
multiplicidad de crisis internas de los partidos políticos. De manera muy
especial por la carencia de identidad partidista, en la cual todos están
desdibujados. Como en el caso de Morena, que no puede ser entendido como un
partido político sino como un movimiento personalista, populista, globalifóbico
y retrógrado, donde el ser militante es confundido con fanatismo político, por
lo cual terminan por convertirse en adoradores.
Además,
el partido de Andrés Manuel López Obrador es un espacio donde las ideas brillan
por su ausencia, lo único a los que se reducen es a las ocurrencias y la copia
de los clichés de la mafia del poder, donde, irónicamente, ellos también son la
mafia que sobornan y reciben sobornos, roban, desvían recursos públicos,
protegen a los criminales en los sitios que gobiernan y sobreviven dentro del
subsistema de partidos.
A
pesar de ello, “no tienen nada que temer. Vamos a respetar la diversidad
sexual”, justifica AMLO la alianza electoral con el Partido Encuentro Social
(PES), que desde sus orígenes es un instituto que ha defendido el modelo
tradicional de familia y que está en contra del derecho a decidir de las
mujeres. Quizá por ello tienen razón “Elenita” Poniatowska que protestó por esa
alianza y la feminista Marta Lamas, que en lugar de acudir al registro de
campaña de Claudia Sheinbaum, de Morena, fue al de Salomón Chertorivski, del
PRD.
De
acuerdo con la filósofa francesa Simone Weil, “los partidos son máquinas de
fabricar pasión colectiva”. Considerando eso podemos pensar que cualquier
organismo político está diseñado para buscar no el bien común, sino el poder
total. A la sazón, ¿qué podemos esperar de la alianza entre Morena y PES si son
dos militancias con profundas tendencias machistas, sexistas, homofóbicas, ultraconservadoras
y que han llevado temas como la interrupción del embarazo al orden religioso?
A
simple vista esa coalición más allá de prometer soluciones concretas a los
viejos dilemas de México, revela la pobreza moral e ideológica de quienes
buscan gobernarnos. Lo más preocupante es que la crisis interna de esos dos
partidos amenaza con instaurarse como esquema de gobierno en 2018.
JUARISTA
Y GUADALUPANO
Las
ciencias sociales definen ideología como un conjunto normativo de emociones,
ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están referidas a
la conducta social humana. Aparte, describen y postulan modos de actuar, ya sea
sobre la vida común de la sociedad o en varios sistemas específicos, como el
económico, científico, social, cultural, moral, religioso, político, etcétera.
Asimismo, proponen que toda ideología muestra una representación sobre la
realidad vigente a través de un punto de vista propio y particular, además de
proporcionar un programa de acción.
Basándonos
en lo anterior, ¿qué seguridad nos puede dar un político que para ganarse la
confianza de la gente toma dos ideales que por cuestiones históricas se oponen?
Como López Obrador que, en el anuncio de su posible gabinete, aseguró que en ser
“guadalupano y juarista no hay ninguna contradicción” (sic).
Si
nos apegamos a la historia veremos que esos son dos conceptos que se oponen
mutuamente y que jamás podrán comulgar para hacer el bien común. En principio,
son la causa de una guerra en el país que dejó centenares de muertos el siglo
XIX. Al tomar AMLO ambas banderas le grita al mundo que su partido y proyecto
de gobierno no se sostiene en una ideología firme, sino en golpes de ingenio.
Por
sentido común, es imposible ser juarista y guadalupano en la vida pública, tal
como lo pretende López Obrador. Ciertamente es válido en México tenerle fervor
a la Virgen de Guadalupe y adoptar todas las creencias religiosas que se quieran,
siempre que sea en el ámbito privado. En el público, México es juarista: un
Estado laico que otorga por igual el derecho a la libertad de culto.
Hablando
de credos, ¿qué comunión pueden tener Morena, cuyo líder se define como
guadalupano, y el PES que se rige bajo ideales evangélicos? O como pregunta el
apóstol Pablo en la segunda carta a los corintos: “¿qué relación puede haber
entre la luz y las tinieblas?”.
Desde
mediados del siglo pasado la comunidad cristiano-evangélica ha encontrado un
terreno fértil en el populismo conservador. En países como Estados Unidos, la
derecha política construyó alianzas con los cultos evangélicos para agrandar su
dominio electoral.
Por
eso durante las elecciones pasadas en el país norteamericano hubo un trueque
entre los líderes evangélicos y el hoy presidente Donald Trump: votos a cambio
de convertir los pensamientos e idearios evangélicos en ley. Empero, esa alianza
entre cristianos y Trump resultó demasiada cara para los inmigrantes, las
mujeres, los homosexuales, los estudiantes extranjeros, entre otras minorías,
que han sufrido marginación, maltrato, violencia y expulsiones.
En
México, los evangélicos encontraron un líder en la persona de Hugo Eric Flores
Cervantes, que tiene una larga relación de complicidades con gobernantes y ex
gobernantes de distintos partidos políticos, como Felipe Calderón (PAN),
Marcelo Ebrard (PRD) y Miguel Ángel Osorio Chong (PRI). Con el permiso del gobierno
fundó al PES, llevando a sus candidatos a los Congresos estatales y federal.
En
el populismo de AMLO, el PES halló un espacio de intercambio. Pero ¿puede un
católico guadalupano, como Andrés Manuel, tomarse una copa entre amigos con un
evangélico en un bar, o celebrar la Navidad, o el Día de Muertos, o hacer
homenaje a la Bandera Nacional, o, incluso (hay casos extremos), ir al cine? Difícilmente.
Pero por la cantidad de evangélicos, protestantes, metodistas y pentecostales
que hay en el país (alrededor de 10 millones), el líder de Morena tuvo que
abandonar su “honestidad valiente” para unirse a Encuentro Social, partido del
que hace unos meses decía: “por congruencia no podemos marchar junto a los
partidos al servicio del régimen”, y señalaba al PES.
Ahora,
sabiendo el número de votos que puede obtener Morena, defiende la alianza y
hasta afirma que “no hay diferencias de fondo, en lo político, en lo
ideológico” con ese partido y lo que representa. ¿Qué representa el PES? Es un
partido que nació en 2006 y que actualmente tiene 9 diputados en San Lázaro y
presume tener cien principios de acción, como estar en contra de la
discriminación en todas sus formas y ser un partido incluyente y tolerante.
Sin
embargo, se ha manifestado en contra de las uniones civiles entre parejas del
mismo sexo (¿eso es ser un partido que no discrimina?), como lo hizo la célebre
diputada Edith Martínez que comparó el matrimonio gay con los matrimonios entre
personas y delfines.
NO
LOS NECESITAMOS
En
esa crisis partidista, el PES es un partido que esgrima una agenda inútil
frente a las necesidades de los mexicanos, que tanto no procura garantizar los
derechos humanos como está alejada de la realidad de México. Tiene un programa
que ni por asomo propone soluciones a la inseguridad, la violencia, el impacto
del crimen organizado y la urgencia de aplicar una política económica eficaz
que nos favorezca a todos.
Si
somos una nación donde la separación de la Iglesia y el Estado es uno de los
pilares de la modernidad política, el partido evangélico Encuentro Social no es
nada para imponernos sus creencias, pero su alianza con Morena pone en riesgo
la permanencia de ese sistema.
Lo
interesante aquí es entender que lo que salga de la alianza Morena-PES es lo
que menos necesitamos. Porque aparte de la crisis interna que golpea a ambos
partidos, con esa unión AMLO ya dejó en claro que no le interesa el voto
urbano, joven y el de la clase media, sino el conservador. Que tampoco le
importa convertirse en un progresista en lo social, sino llegar al poder a como
dé lugar, así sea destruyendo el orden político establecido que todos debemos proteger.
¡Chao!
@_MarioCaballero
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