Hace
unos treinta años, en el centro nocturno Premier, Juan Gabriel salió al
escenario acompañado nada más de un pianista. Detrás de él caía un telón rojo.
Tomó el micrófono y anunció que estaba dispuesto a cantar lo que le pidieran
con la única condición de que no fuera suyo. “Ésta es la noche de las
complacencias”, dijo, y añadió que era su deseo pagar tributo a los “maestros
maravillosos” que lo habían precedido.
Durante
hora y media, el Divo de Juárez cantó a Álvaro Carrillo, Consuelito Velázquez,
Armando Manzanero, Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y a los otros. Los asistentes
se quedaron sorprendidos por su generosidad y el enorme dominio del repertorio.
Pero después de ese tiempo nadie aguantó más y un grito pidió lo que el
colectivo anhelaba: “¡Canta una tuya!”. Juanga
insistió en seguir con el tributo, pero al final el repudio del público por los
viejos ídolos pudo más: “No queremos a Lara, no queremos a José Alfredo. ¡Te
queremos a ti!”.
A
la sazón el telón se abrió para dejar al descubierto un mariachi que tocaba “Se
me olvidó otra vez”, y Juan Gabriel, dueño del momento, dijo: “Gracias por
esperar”. Así, la humildad de aquel joven de treinta y tantos años nos enseñó
que no hay nada más humano que reconocer la obra de los que dedicaron su vida
al servicio de los demás, y que cuando uno entrega toda su pasión en lo que hace
nos devuelve a cambio el corazón y el respeto del otro.
Espero
que del mismo modo en que el Divo dedicó aquella noche a honrar la memoria de
los que él llamó maestros maravillosos, todos aquellos hombres y mujeres que
han dejado este mundo por dedicarse al extraordinario
oficio de contar la vida diaria, se hayan ido, sino con el corazón de la
gente, sí con ese respeto que merecen.
No
conocí a Javier Valdez Cárdenas, el periodista al que acribillaron en una calle
de Culiacán hace apenas unos días. Pero un amigo suyo, también periodista, dice
que Javier era además de un buen hombre y una buena pluma, un gran intérprete
de la música latinoamericana y folclórica, que no había salido muy favorecido
en la foto de su propagada política de cuando jugó por una diputación y que en
la misma medida era tan valeroso como buen amigo.
CRUDA
REALIDAD
Javier
Valdez estaba amenazado y lo dijo hace quince días que llegó a la Ciudad de
México, según cuenta el sindicato del diario La Jornada. Si Javier se tratara
de un político influyente de seguro le hubieran asignado un ejército de
guardaespaldas para su seguridad, pero como solamente era un editor provinciano
las autoridades no movieron un dedo para protegerlo y lo dejaron a su suerte.
Por eso el 15 de mayo fue cazado a
las puertas de Ríodoce y recibió 12
disparos.
Con
cinco casos registrados entre marzo y mayo, México ocupa el primer lugar en
asesinatos de este tipo. Según el Comité de Protección a Periodistas (CPJ, por
sus siglas en inglés), es el país más letal hasta el momento incluso por encima
de las naciones en guerra como Siria e Irak, con un caso cada uno. Y dice la
misma organización que las muertes están relacionadas con el trabajo
periodístico de sus víctimas, ya sea por represalia directa o por quedar en el
fuego cruzado en una situación de combate.
México
ha sido durante varios años el país más peligroso para ejercer el periodismo. Tiene
al menos 80 decesos desde 2006 (año en que el ex presidente Felipe Calderón dio
inicio a la estrategia de combate frontal a los grupos del crimen organizado) y
más de 120 a partir de 2000. Y la organización Reporteros sin fronteras coloca a nuestro país como el territorio
más hostil para los comunicadores.
En
2016, 74 informadores fueron asesinados en todo el mundo de manera intencionada
o realizando sus labores, y las mayores incidencias se presentaron en Siria,
Afganistán y México.
Es
durante la administración de Enrique Peña Nieto que la prensa ha sido objeto de
los niveles más altos de violencia, según reporta la organización Artículo 19. Como dato: en los primeros
nueve meses de 2016 se contabilizó la execrable cantidad de 10 periodistas
asesinados, es decir, murió en promedio uno cada 30 días. Y en ese mismo
periodo hubo 300 agresiones directas.
LA
GUERRA
Hasta
antes de la guerra contra el narco, la libertad de expresión no había sido tan
castigada. Una de las peores represiones que se recuerde fue contra el
periodismo juvenil que se ejerció en El Excélsior
de Julio Scherer, que sufrió un atentado a manos del gobierno de Luis
Echeverría Álvarez, opresión nada más comparada con la que padeció el Diario de Madrid, en España, por el
régimen del dictador Francisco Franco. Eran los tiempos en que la represión venía
del Estado, y las guerras eran cosa ajena.
Sin
embargo, hoy los periodistas mexicanos no tienen que salir de su país para
vivir una guerra, porque la tienen en su propia casa. Esas ganas de querer
acabar con el narcotráfico hicieron que con el descabezamiento de las bandas
éstas se multiplicaran en pequeñas células que chocan entre sí por el dominio
de los territorios. Si antes eran dos o tres cárteles, en 2016 se contaron nueve
que se apoyan con otros 37 grupos para sembrar el terror en las comunidades, donde
asesinan, extorsionan a empresarios, cobran derecho de piso, controlan a la
policía y trafican droga, armas y gente con impunidad.
¿Cómo
sabemos esto? Por los reporteros que, por falta de garantías de seguridad, hoy escriben
con miedo, tanto que muchos ya se inclinaron por la autocensura.
¿POR QUÉ LOS
MATAN?
“Los
periodistas, como el combatiente sin relevo, vivimos y morimos con el uniforme
de campaña puesto y el fusil humeante entre las manos”, la frase de Manuel Buendía,
asesinado el 30 de mayo de 1984 por querer revelar una conspiración entre México,
el Vaticano y Washington para desestabilizar a Polonia, no podría ser más exacta
para describir la entrega -incondicional y apasionada- de quienes convierten la
tarea de informar en una auténtica guerra sin cuartel.
Lamentablemente,
no son valorados. Quizá por ignorancia o por indiferencia, la sociedad, las
estructuras del poder y los diferentes sectores sociales desconocen que sin
periodistas no hay democracia. Porque sin ellos no hay información, y sin información
no hay crítica, y sin crítica no hay gobierno y, por ende, tampoco democracia.
De ahí viene la importancia de su trabajo.
Mueren
porque quieren, escuché decir una vez. Porque meten las narices donde no los
llaman. ¿Es eso cierto?
El
miércoles pasado Peña Nieto dijo que “México tiene que distinguirse en el mundo
por ser un país democrático y defender la libertad de expresión”, y por otro
lado las autoridades declaran que “iremos a fondo en la investigación, pero el
asunto es muy complejo. Estamos trabajando en varias hipótesis”. Pero esto siempre
queda en el dicho. Así que ante la ausencia de investigaciones ministeriales, ellos
indagan por su cuenta, hacen la función que el Estado no hace y procuran justicia.
¿Es esto un error? ¿Es deber de los reporteros suplir el déficit de actuación
del Estado? Javier Valdez y todos los que lo precedieron creían que sí, y por
eso los mataron.
Javier
era solidario con las víctimas. En sus crónicas ayudaba a hacer visible el
dolor de las madres que perdieron a sus hijos, a veces hasta las acompañaba a
las fosas a reconocerlos. Ponía de manifiesto la actuación de los sicarios y
evidenciaba la indolencia del gobierno. Y pues no fue el único que hizo esta
faena. Muchos otros también lo hicieron y no por recibir la gloria, sino por
puro sentido humano.
CONSCIENCIA
COLECTIVA
Entendamos,
pues, que cuando un comunicador muere también muere un civil. Ayer fue Javier,
mañana puedo ser yo, o tú, o tus padres o tus hijos. El crimen organizado no
hace excepciones. Nadie está exento de un ataque.
Por
eso debemos crear una consciencia
colectiva que nos lleve a denunciar con más vehemencia los asesinatos de
informadores, soldados, policías, gente de a pie que tuvo la mala suerte de
estar en el momento y lugar equivocados. Debemos unirnos en un solo sentir.
Porque exigir al gobierno mayor seguridad para los periodistas no sólo es
cuestión de defender la libertad de expresión, también es asunto de justicia y
de moral de toda una sociedad, la nuestra.
Juan
Gabriel honró la memoria de sus ídolos cantando sus canciones. ¿Nosotros qué
haremos por ennoblecer a estos que con pluma y grabadora en mano son testigos e
escribidores de la historia? Clamar por
ellos, es clamar por nosotros.
O
si no, ¡bienvenida sea la autocensura! ¡Chao!
@_MarioCaballero
yomariocaballero@gmail.com
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