Era
una habitación de muerte. Javier Domínguez se dio cuenta de eso en cuanto
atravesó la puerta. El piso de baldosas era de color blanco. Las paredes eran de
ladrillo encalado, marcadas aquí y allá de manchas oscuras que podrían haber
sido de sangre –ciertamente en esa habitación había sido derramada mucha
sangre. Del techo colgaban unas lámparas dentro de unas jaulas de alambre. En
medio de la habitación había una larga mesa de madera con dos personas sentadas
tras ella.
Javier, esposado con las manos a la espalda, fue arrastrado hacia esa silla que había estado esperándole. Su semblante no podía haber sido más desolador, más aturdido y agobiado de lo que estaba realmente. Y ese era su propósito. Pretendía causar lástima para que los golpes cesaran mostrando ese estado de desfallecimiento que adquieren las personas al ser sometidas a la peor de las torturas. Pensó en la esperanza de salir de ese sótano de la Agencia Estatal del Terror con vida. Y la probabilidad de que el hombre gordo de pantalones cafés, ahora sentado en la mesa, cumpliera la promesa de dejarlo libre era una entre cincuenta, y quizás eso fuera demasiado optimista.
En el estado en que se encontraba no tenía la intención de responder a los golpes o a los insultos, sólo permanecer alerta el mayor tiempo posible. Sus ojos y nariz hinchados y su labio inferior partido en dos podrían serle de mucha ayuda para aparentar ese aspecto de agonía; de igual modo la costra de sangre que bordeaba su boca. De algo que sí estaba seguro Javier, es que de salir de ahí, al hombre gordo de pantalones cafés, al alto y delgado autor de la golpiza y al otro, como un jurado, detrás de la mesa-, no los olvidaría jamás.
“Ten cuidado, hombre.
Sé más delicado, que no queremos que se rompa un brazo”, dijo uno de los hombres
de detrás de la mesa. Se oyó una risita burlona. Era la otra persona, la que no
decía nada, la que solo había estado mirando cómo le desbarataban la cara a
Javier; era al que llamaban el chilango. El chilango también era gordo, pero
dueño de una calva tan reluciente como un piso de mármol. Parecía el dueño de
una pulquería de esos que salían en las películas mexicanas en blanco y negro.
Y hasta podrías esperar oírle gritar con toda la fuerza de sus pulmones: ¿Dónde la otra? ¿Dónde la otra? ¿Dónde
chingaos sirvo la otra? Nadie quiere la otra, pinche pelón.
Por varios años ese
lugar fue utilizado por la Agencia Estatal de Investigaciones para hacer
interrogatorios. Enfrente de la mesa había una silla vacía, esperando a Javier.
Al lado de la silla había un carrito con ruedas. Y los objetos colocados encima
fueron cubiertos por una camisa sucia, así como hubiera hecho un escultor para
cubrir su trabajo sin acabar entre sesión y sesión.
Javier, esposado con las manos a la espalda, fue arrastrado hacia esa silla que había estado esperándole. Su semblante no podía haber sido más desolador, más aturdido y agobiado de lo que estaba realmente. Y ese era su propósito. Pretendía causar lástima para que los golpes cesaran mostrando ese estado de desfallecimiento que adquieren las personas al ser sometidas a la peor de las torturas. Pensó en la esperanza de salir de ese sótano de la Agencia Estatal del Terror con vida. Y la probabilidad de que el hombre gordo de pantalones cafés, ahora sentado en la mesa, cumpliera la promesa de dejarlo libre era una entre cincuenta, y quizás eso fuera demasiado optimista.
En el estado en que se encontraba no tenía la intención de responder a los golpes o a los insultos, sólo permanecer alerta el mayor tiempo posible. Sus ojos y nariz hinchados y su labio inferior partido en dos podrían serle de mucha ayuda para aparentar ese aspecto de agonía; de igual modo la costra de sangre que bordeaba su boca. De algo que sí estaba seguro Javier, es que de salir de ahí, al hombre gordo de pantalones cafés, al alto y delgado autor de la golpiza y al otro, como un jurado, detrás de la mesa-, no los olvidaría jamás.
Él era un periodista de
la localidad que nunca había estado de acuerdo con los métodos del gobierno salazarista.
Pero si para salir de esa habitación tenía que deshacerse en elogios y hablar
bien del gobernador, lo haría. Pensó en su madre. Pensó en sus hijos. Pensó en
el pago de la renta que vencería en tres días y que todavía no tenía para
pagarla. Llegaron a la silla frente a la mesa. El hombre alto y delgado le
empujó tan fuerte que Javier casi se cae.
El fumador
empedernido quitó la camisa sucia de encima del carrito y dejó al descubierto
dos pinzas, un cuchillo, un martillo de uña, tres cinceles cortos y otros
tantos objetos que bien podrían haber sido utensilios de matancero. “No seas
estúpido, tapa eso. El señor Domínguez está aquí sólo para ayudarnos en unos
asuntos”, dijo el hombre gordo de pantalones cafés. El chilango, sentado a su
lado, se le acercó y le susurró unas palabras al oído. El gordo asintió esbozando
una ligera sonrisa. “Pero si ves que el señor Domínguez se pone sus moños e
intenta hacer alguna locura o hace algún movimiento raro como queriendo
escapar, puedes dispararle, pero sólo si es necesario. ¿Entendiste? Ahora,
quítale las esposas”.
El hombre alto y
delgado quedó parado en un rincón fumando como un poseso en gesto como de estar
esperando la orden de matar. El gordo de pantalones cafés le tendió una
cajetilla de cigarrillos a Javier, que rehusó con un “Quizás luego. Gracias”. Y
la cajita de color blanco y rojo quedó en el borde de la mesa. “Los hombres que
le hicieron eso señor Domínguez –dijo señalándole la cara con cierto cinismo-,
han sido castigados. No tan duramente como a usted, pero están pagando sus
culpas. Sabe, ellos son hombres honestos, leales, conformes con lo que les ha
tocado vivir, como nosotros. No como usted, ¿verdad, señor Domínguez?
“¿Cuál es el
problema? ¿Por qué tanta saña contra el gobernador Salazar? ¿Qué le hemos hecho
como para que usted se comporte de esa manera y nos acuse de delincuentes y
corruptos en sus artículos? Ya una vez hablamos de esto y quedó usted muy
formal de no seguir atacándonos, pero como que se olvidó del trato y siguió
escribiendo lo mismo. Pero está ocasión no será igual, no señor. Y como parece
que las palabras le entran en un oído y le salen por el otro, tendremos que ser
más drásticos para que esta vez no se olvide del nuevo pacto que haremos usted
y yo. Después de eso, podrá marcharse libremente”.
“¿Entendió?”, dijo el
hombre gordo. “Sí”, respondió Javier, tratando de fingir más su dolor porque
sabía que la promesa del hombre gordo en ese momento no significaba nada, lo
que de verdad importaba era lo que estaba en el carrito, las herramientas de
tortura bajo la camisa sucia. Y las manchas oscuras en las paredes, por
supuesto.
- ¿Prometes dejar de meter las narices donde no te importa y dejar de
hablar mal del gobernador, con tal de que todo en tu familia marche bien y no
haya motivo por el cual llorar?, preguntó el hombre gordo.
- Sí, lo juro, respondió Javier, prometo de verdad ya no hacer nada y si
quieren hasta me puedo largar del estado, pero por favor a mi familia no le
hagan daño que no tiene culpa de lo que yo hago. Lo prometo, de verdad, lo
prometo.
“De acuerdo”, dijo el
hombre gordo y dirigió la mirada hacia el chilango que le dio su aprobación con
un movimiento de cabeza. “Ahora puedes hacerlo”, dijo y el hombre alto tomó
unas pinzas largas, como de mecánico, y se las metió a Javier por la boca. “Es
sólo para que esta vez no se le vaya a olvidar su promesa, señor Domínguez,
sólo para que no se olvide”, dijo el hombre gordo.
En el primer instante
Javier hubiera jurado que le arrancarían la lengua, pero no fue así. El hombre
alto lo sujetó de los cabellos y tiró con violencia hacia atrás, poniendo la
cara de Javier con dirección hacia el techo. Los gritos de dolor fueron
ahogados por la pinza que buscaba aferrarse a una molar superior. Y el sonido
que se escuchó al ser arrancada la muela sonó como un “crahs” que se
interrumpió por un ruido más fuerte, el producido por el golpe que recibió
Javier en la cara contra la mesa de madera.
La sangre que salía de
la boca de Javier manchó su camisa, la mesa y la pared de su lado izquierdo,
que mostraba un largo hilo de sangre que tal vez llegó hasta ahí por la fuerza
del tirón que le dieron a su muela que por ahora yacía entre sus pies. Levantó
la cara y casi no podía ver por las lágrimas. Sintió que su nariz no estaba en
su lugar, el tabique, partido en dos, apuntaba hacia el Este.
EPÍLOGO
Javier
Domínguez, es un nombre ficticio de un hombre real, que experimentó la furia
del poder en el periodo de Pablo Salazar, donde todo aquel que se opusiera al
régimen y fuera detenido tenía tres opciones: Destierro, encierro o entierro.
Muchos pasaron este suplicio, pocos pudieron contarlo.
Twitter: @_mariocaballero
Blog: mario-caballero.blogspot.mx
Email: yomariocaballero@gmail.com
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